Terraformar la Tierra, rediseñar el mundo

La emergencia climática nos obliga a aprovechar nuestra capacidad de intervención sobre los procesos planetarios y a orientarla a la reparación de los daños causados al planeta.

pikist.com | Dominio público

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El término terraformación hace referencia a la transformación de los ecosistemas de otros planetas o satélites para que puedan soportar una vida similar a la de la Tierra. Las inminentes consecuencias ecológicas de lo que se ha dado en denominar «Antropoceno» sugieren que en las próximas décadas tendremos que transformar la Tierra para que pueda continuar alojando de manera viable las formas de vida propias. Repasamos algunas medidas de ingeniería planetaria, como la nanotecnología, la ingeniería solar o climática, la eliminación del dióxido de carbono o la migración asistida, técnicas que de nada servirán si no van de la mano de un compromiso de cambio más profundo.

Durante la pandemia de Covid-19 asistimos a una proliferación de discursos (señalados por muchos como ecofascistas) que reforzaban la imagen idílica de una naturaleza que empieza a sanar y a abrirse paso cuando la actividad humana se detiene: los delfines vuelven a los puertos, los canales amanecen con aguas cristalinas, desciende la contaminación… «Nature is healing, we are the virus.»

La idea de que existe una balanza interna en la naturaleza (o de que, dejada a su suerte, esta regresa a un estado de equilibrio) tiene un largo recorrido, y durante mucho tiempo tuvo sentido puesto que en estadios previos al desarrollo tecnocientífico los únicos grandes cambios que podíamos percibir eran cíclicos, como el paso de una estación a otra. Sin embargo, mucho antes del final del siglo pasado se abandonó esta idea por su carga romántica y su inexactitud a la hora de describir lo que en realidad es caos o agitación dinámica perpetua: los ecosistemas son regularmente desestabilizados en ausencia de influencia humana, e incluso las zonas que aún se mantienen «salvajes» en el mundo están en constante cambio.

El motivo que me lleva a entrecomillar la palabra salvaje es que estamos ante una categoría filosófica y científicamente problemática. Para algunas personas, conecta cierto tipo de pensamiento ambiental con historias de colonialismo y genocidio. Pero más allá del debate en torno a si se trata o no de una construcción cultural, esa naturaleza virgen y prístina –si es que alguna vez existió– ya no puede encontrarse en ningún sitio. Hemos transformado el medio ambiente en su conjunto, y nuestro impacto (en tanto que agentes geológicos, que es a lo que remite el concepto de Antropoceno) alcanza todos los rincones del planeta. Por tanto, no podemos confiar en que se restablezca el equilibrio natural, porque no lo hará. Como sugiere Christopher Preston, «paradójicamente la naturaleza podría necesitar un grado considerable de manipulación humana para sobrevivir como tal en esta nueva época».[1]

Hasta ahora, esta manipulación no ha sido planificada, y ha tenido efectos devastadores en nuestro entorno y en el resto de formas de vida no humanas. Sin embargo, la emergencia climática nos obliga a actuar con una mayor responsabilidad y a aprovechar nuestra capacidad para intervenir en los procesos planetarios y, así, convertir las operaciones naturales más básicas en decisiones conscientes orientadas a la reparación de los daños causados sobre el planeta.

Esto nos sitúa en el terreno de la terraformación, también denominada ingeniería planetaria. Como afirma Benjamin Bratton:

El término terraformación suele hacer referencia a la transformación de los ecosistemas de otros planetas o satélites de modo que sean capaces de soportar vida similar a la de la Tierra, pero las consecuencias ecológicas inminentes de lo que se ha dado en llamar Antropoceno sugieren que en las próximas décadas deberemos terraformar la Tierra para que continúe siendo un huésped viable para sus propias formas de vida.[2]

El núcleo de esta propuesta es que la respuesta al cambio climático antropogénico debe ser asimismo antropogénica o artificial (en el sentido de intencional y diseñada). Esto incluye algunas soluciones climáticas naturales como la forestación o la agricultura regenerativa, pero estas no pueden ser la única respuesta al desastre actual. Son necesarias otras medidas.

Una de ellas consistiría en utilizar la nanotecnología para explotar la reactividad e inestabilidad que poseen los materiales a nanoescala. Son muchos los ambientalistas que se muestran reticentes ante la idea de manipular la materia a nivel atómico y molecular, como si existiese alguna razón ulterior por la que esas propiedades hubieran permanecido hasta ahora ocultas a la vista. Aunque algunas de estas dudas son razonables, es innegable que la nanotecnología podría contribuir enormemente a la sostenibilidad ambiental. En el ámbito de la energía, las nanoestructuras diseñadas por sus propiedades termoeléctricas pueden capturar el calor residual y convertirlo nuevamente en electricidad. También permite el desarrollo de tecnologías solares más eficientes capaces de alimentar baterías recargables más potentes y rápidas, o de paneles fotovoltaicos flexibles o incluso pintables que pueden aplicarse a cualquier cosa que se encuentre al sol, desde un coche hasta la puerta del garaje. Además, usados ​​como catalizadores, los nanomateriales pueden hacer que la combustión sea más eficiente y ayudar a descomponer los materiales de las plantas leñosas para lograr una conversión más rápida en biocombustibles. La lista es lo suficientemente larga como para no descartar la nanotecnología como una posible solución a algunos de los problemas planteados por el cambio climático.

Otra de las medidas consistiría en la gestión de la radiación solar, usando la tecnología para enfriar artificialmente el clima, lo que a su vez incrementaría la capacidad de reflexión de la Tierra, que devolvería al espacio una cantidad significativa de la energía que recibe antes de que se incremente la temperatura del globo. Esto recibe el nombre de ingeniería solar o climática. Las vías para llevarla a cabo son múltiples (y algunas aún demasiado especulativas): colocar millones de espejos diminutos en la órbita terrestre para reflejar la luz solar antes de que alcance la atmósfera; pintar de color blanco grandes porciones de la superficie terrestre; modificar genéticamente los cultivos comunes para hacerlos más reflectantes; inyectar aerosoles en la estratosfera; aumentar el brillo de las nubes rociando agua salada a través de boquillas especialmente diseñadas para flotas de embarcaciones de movimiento lento…

El problema de esto es que se limita a mitigar uno de los efectos del dióxido de carbono pero no elimina su principal causa: la emisión de gases de efecto invernadero. Si queremos restaurar la atmósfera a concentraciones aceptables de carbono, será necesario no solo reducir las emisiones actuales sino también perseguir lo que ya se ha emitido. La eliminación del dióxido de carbono puede lograr esto. Existen varias formas de hacerlo: plantar más árboles, generar floraciones masivas de fitoplancton en los océanos o acelerar artificialmente el proceso de mineralización por el que el dióxido de carbono se convierte en piedra. Otra es el secuestro y eliminación de carbono mediante árboles artificiales a una escala suficientemente amplia como para producir cambios significativos. Sin embargo, esta medida presenta algunos problemas (necesidades de manufactura, transporte, energía, agua…), por lo que debería combinarse con biocombustibles que permitan una emisión negativa, es decir, secuestrar más carbono del que se emite y reducir así las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

En relación a las especies perjudicadas por el cambio climático, se propone la migración asistida o reubicación planificada: favorecer el desplazamiento de todas aquellas especies cuyos ecosistemas presentan condiciones adversas (sea o no por causa humana), entendiendo que tenemos la obligación moral de rediseñar o intervenir en la naturaleza para ayudar a los animales no humanos y reducir o eliminar su sufrimiento, tal como sugieren Catia Faria [3] y Eze Paez,[4] entre otros. Si nos preocupan los animales no humanos –y deberían preocuparnos si juzgamos la sintiencia como un criterio básico de consideración moral– necesitamos estar preparados para fabricar ecosistemas más propicios.

Todas estas medidas pueden dar a entender que la terraformación consiste únicamente en un conjunto de intervenciones tecnológicas más o menos sofisticadas. Sin embargo, no se trata de una «tecnología» ni de un artefacto que surge de una caja de herramientas junto con la genética y la robótica, sino de una variedad de prácticas entre las que se incluyen las diversas relaciones del ser humano con la naturaleza y entre sí. Como afirma Holly Jean Buck:

En lugar de ser simplemente tecnologías emergentes, tanto la geoingeniería solar como la eliminación de carbono son prácticas que combinan aspectos de infraestructura y de intervención social. No debemos encasillarlas en el ámbito de la tecnología, donde solo tiene cabida la opinión experta; debemos verlas como proyectos, programas y prácticas sobre los que la sociedad civil puede decidir.[5]

Por tanto, se trata de un proyecto que requiere un compromiso expresamente político y que no sustituye en modo alguno la necesidad de un cambio sistémico o de medidas económicas contra un capitalismo que es, en gran medida, responsable de la actual crisis ecológica. Entenderlo de otro modo supondría caer en la trampa del solucionismo tecnológico.

Por supuesto, la terraformación no es un proyecto al uso: el daño de una mala ejecución no se mide en costos u oportunidades perdidas para invertir en otras cuestiones, sino en peligros ecológicos. Es comprensible que despierte ciertos recelos por los numerosos riesgos que entraña, pero esto no es más que otra razón para empezar a debatir sobre el tema (extendiendo la discusión al conjunto de la sociedad en lugar de relegarla a comités de expertos); no podemos permitir que las corporaciones culpables de la devastación ecológica se apropien de este discurso para justificar alguna forma de capitalismo verde, ni esperar hasta que sea demasiado tarde y nos encontremos en un punto de no retorno.

[1] Chistopher Preston, The Synthetic Age: Outdesigning Evolution, Resurrecting Species, and Reengineering Our World (The MIT Press, 2019)

[2] Benjamin H. Bratton, The Terraforming (Strelka Press, 2019)

[3] Catia Faria, «Muerte entre las flores: el conflicto entre el ecologismo y la defensa de los animales no humanos» en Más allá de lo humano (Bartlebooth, 2018)

[4] Eze Paez, «A Kantian ethics of paradise engineering», Analysis 80 (2):283-293, 2020.

[5] Holly Jean Buck, After Geoengineering: Climate Tragedy, Repair, and Restoration (Verso Books, 2019)

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