¿Pero cuándo comenzó el siglo XXI?

Los sistemas de representación audiovisual actuales hacen más complejo determinar qué eventos han marcado el inicio del nuevo siglo.

Un hombre y una mujer mirando un film de la guerra de Vietnam en la televisión, 1968

Un hombre y una mujer mirando un film de la guerra de Vietnam en la televisión, 1968 | Warren K. Leffler, Library of Congress | Sin restricciones conocidas de derechos de autor

El asesinato del archiduque de Austria en 1914 y el conflicto bélico mundial que desencadenó supusieron el comienzo del siglo anterior. Sin embargo, se hace difícil establecer el principio del siglo XXI a partir de un solo suceso. Aunque pensemos en la caída de la Torres Gemelas como fecha de inicio, su impacto no se puede entender sin la influencia de los sistemas de representación imperantes en nuestra sociedad.

Se ha convertido en un tópico decir que el siglo XX comienza en 1914, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo. El magnicidio es narrado con prosa y técnica de novelista por Christopher Clark en su magnífico ensayo Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914 (Galaxia Gutenberg, 2014). El primer terrorista sacó su bomba pero se quedó paralizado de miedo. El segundo sí pudo lanzar su explosivo, pero o bien rebotó contra la capota del vehículo o bien la propia víctima inminente pudo rechazarlo con el brazo. Gavrilo Princip, el tercero, no perdió su oportunidad: aprovechando que el chófer se había equivocado de camino y de que debía hacer retroceder el coche manualmente, se puso al lado del archiduque y le asestó dos tiros a quemarropa. Digamos que la Primera Guerra Mundial comenzó, entre otras razones, porque no se había inventado todavía la marcha atrás.

Escribe Clark que «Los asesinatos de Sarajevo, igual que el del presidente John F. Kennedy en Dallas en 1963, fueron un acontecimiento cuyo destello congeló a las personas y los lugares en un instante y las grabó a fuego en la memoria. La gente recordaba exactamente dónde y con quién estaba cuando se enteró de la noticia». Escribe también que el conflicto que comenzó aquel verano «movilizó a 65 millones de soldados, se cobró tres imperios, 20 millones de muertos entre militares y civiles, y 21 millones de heridos». Tanto por el impacto en la memoria personal de la población mundial como por las consecuencias geopolíticas, se ha convertido en otro tópico afirmar que, casi noventa años más tarde, fue el 11 de septiembre de 2001 la fecha de inicio del siglo siguiente. Si el XX comienza en 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el XXI tiene su pistoletazo de salida con otro atentado terrorista, que cambia la entidad y la escala de la víctima: del líder político y militar, único, individuo, al icono arquitectónico colectivo –las Torres Gemelas y cerca de tres mil personas. Entre sus efectos, la invasión de Irak y Afganistán, el ISIS, la guerra de los drones, las masacres de Madrid, Londres o París y un largo etcétera.

Aunque la Primera Guerra Mundial alterara por supuesto los sistemas de representación artística (recuérdese, por ejemplo, la magnífica exposición del Museo Thyssen ¡1914! La vanguardia y la gran guerra), la caída del World Trade Center afectó más rápida y radicalmente la percepción y la retransmisión de lo real, por el contexto tecnológico y mediático en que se produjo. Fue percibida, de hecho, ya en el momento en que estaba ocurriendo, como una fractura simultánea en el orden de la realidad y en el de la representación. O no exactamente en el momento en que ocurría, porque su visión estaba mediatizada por nuestros televisores. Y por las redacciones de las televisiones y las agencias de noticias. Y por los cámaras, realizadores, montadores. El Real Time, tan propio de nuestra época, en realidad nunca es «tiempo real»: no solo hay en su textura un retraso o una diferencia (por eso a menudo escuchamos a los vecinos celebrar el gol que nosotros todavía no hemos visto), sino que también está marcado por una construcción (una artesanía, tan veloz que se confunde con la retransmisión en riguroso directo, haciéndonos olvidar que todo es por naturaleza percibido indirectamente, mediatizado).

Asesinato del archiduque Franz Ferdinand de Austria, 1914

Asesinato del archiduque Franz Ferdinand de Austria, 1914 | Le Petit Journal, Bibliothèque nationale de France | Dominio públic

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Esa construcción, esa artesanía, esa técnica de representación audiovisual cuenta con su propia genealogía. Una genealogía que podría comenzar en 1955, cuando se inauguró Disneylandia, el primer lugar del mundo que nació simultáneamente como espacio y como programa de televisión. Como recuerda Michael Sorkin en Variaciones sobre un parque temático (Gustavo Gili, 2004), Walt Disney, con problemas para acabar de financiar las obras de su utopía multicolor, llegó a un acuerdo con la cadena ABC para emitir Club Mickey Mouse. Es decir, vendió su bien más preciado: su ratón famoso. Y dio a luz, en paralelo, a un parque temático físico, concreto, y un parque temático pixelado y ubicuo. Tal vez el primer paso hacia lo que se llamaría reality show fuera ideado en esos mismos años por otro visionario norteamericano, Hugh Hefner, como expansión multimedia de su proyecto más importante: la Mansión Playboy. Según Beatriz Preciado en Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en «Playboy» durante la guerra fría (Anagrama, 2010), la revista, la televisión y el cine fueron ventanas que permitieron que hombres situados a muchos kilómetros de distancia pudieran observar lo que ocurría en el interior de la casa más deseada del mundo. «El salón sirvió también como modelo para diseñar el plató donde se rodaría el programa de televisión Playboy’s Penthouse, que comenzó a emitirse en octubre de 1959 en el Canal 7 de WBKB Chicago», dice Preciado. Se trataba de una simulación de los encuentros de Heffner con sus amigos famosos. Eliminaba toda la dimensión de residencia femenina y burdel de la mansión: enfocaba solamente el ámbito heteropatriarcal y biocontrolador, que era al mismo tiempo un salón real y un plató televisivo.

En los años setenta, ochenta y noventa fueron proliferando los programas de cámara oculta y las series documentales, como An American Family (1973), Cops (1989) o The Real World (1992), que conducen hacia la explosión de la telerrealidad en el estricto cambio de siglo. Concepción Cascajosa Virino y Farschad Zahedi, en Historia de la televisión (Tirant Humanidades, 2016), explican que su emergencia «como género dominante de la televisión norteamericana coincidió con la incorporación de elementos de competición». Aunque Expedition Robinson sea un programa de origen sueco, estrenado en 1997, y Big Brother se emitiera por primera vez en Holanda en 1999, fueron sus versiones estadounidenses las que marcaron el inicio de la primera edad dorada de la telerrealidad, en el año 2000. CBS sigue emitiendo Survivor y Big Brother hasta el día de hoy.

En 1999 también se emiten las primeras temporadas de The Sopranos y de The West Wing, las obras que inician una fase sin precedentes de extraordinaria calidad y mayor presencia de las series en la esfera narrativa de nuestras vidas cotidianas. De modo que el impacto global de la caída de las Torres Gemelas se alimentó de unos sistemas de representación que, a partir de la matriz narrativa tradicional de los telediarios, se estaban nutriendo de los aportes de dos nuevos grandes géneros: la telerrealidad y la teleficción inteligente y compleja. En el nuevo panorama de gran atención global a los medios, para seguir las noticias y las consecuencias del 11-S, esos dos ámbitos fueron creciendo sin parar. Hoy en día encontramos canales enteros consagrados exclusivamente a los programas telerreales y a las series de televisión de calidad, que se retroalimentan con las redes sociales, cuya esencia es la transmisión en directo de los vaivenes de la subjetividad, el intercambio de información y la discusión de las ficciones compartidas.

Impacto del avión en la torre sur del World Trade Center, 11 de septiembre de 2001

Impacto del avión en la torre sur del World Trade Center, 11 de septiembre de 2001 | Robert J. Fisch | CC BY-SA

Éric Sadin habla en su interesantísimo ensayo La humanidad aumentada. La administración digital del mundo (Caja Negra, 2017) del «fin de la revolución digital» y de la instauración de una «antrobología»: es «a comienzos de la segunda década del siglo XXI, cuando podemos fechar el epílogo de la revolución digital iniciada en los albores de los años ochenta. Esta revolución estuvo marcada por un movimiento expansivo de digitalización de objetos industriales y de protocolos de gestión de informaciones. Fue un movimiento de propagación e infiltración exponenciales, que hoy se ha consumado en un milagro de una interconexión integral». El píxel es cada vez más real y la realidad está cada vez más pixelada. Nuestro propio cuerpo es híbrido: tenemos más conciencia de nuestro teléfono móvil, que sentimos cómo vibra en nuestro bolsillo incluso cuando nos lo hemos dejado en la mesita de noche, que de nuestro brazo o de nuestros hombros. Ya no hay movimiento ni deseo ni acción que no sean cuantificados, archivados, rastreados en esa dimensión paralela y digital que ocupa el lugar de la sombra de cada ser humano (donde en el pensamiento mágico se encontraba el alma, ahora se encuentran nuestros datos).

Dice Sadin que hemos pasado del «sujeto humanista al individuo algorítmicamente asistido» y que eso supone «la agonía definitiva del antropocentrismo moderno». Estoy de acuerdo: del «pienso, luego existo» hemos pasado al «estoy conectado, luego soy». Del hombre como centro del mundo hemos pasado al hombre como nodo de una red. Tal vez por eso el gran tic de nuestra época sea el selfie: porque en el inconsciente colectivo hay una gran resistencia a aceptar esa agonía. Una agonía que coincide con el cambio climático y la conciencia del antropoceno. Con la Revolución Industrial comenzó una nueva era geológica, caracterizada por la transformación radical que el hombre ha hecho de la Tierra. Paradójicamente o no, como humanidad somos más relevantes (más bárbaros) que nunca, al tiempo que cada vez somos menos importantes como sujetos.

Recuperemos ahora la pregunta inicial: ¿cuándo comenzó el siglo XXI? Si seguimos el patrón del siglo XX, la respuesta es sencilla: el 11 de septiembre de 2001, cuando se produjo un evento mundial capaz de generar cambios drásticos, simbólicamente parecidos al magnicidio de Sarajevo en 1914. Pero, si buscamos nuevos patrones para los nuevos tiempos, la respuesta deja de ser automática. El 11-S no hubiera ostentado el significado que ostenta sin la creación previa de un sistema de representación que tiene en 1999 su gran fecha simbólica: el año del estreno de Gran hermano, Los Soprano y Matrix (que es por cierto el año en que Kevin Ashton propuso en el Auto-ID Center del MIT el concepto «internet de las cosas»). Y si dejamos de lado el atentado de Nueva York, todavía encontramos otros dos años clave que tal vez sí signifiquen el nacimiento del siglo: en 1992 se firmó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y en 2016 el Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno pidió formalmente que la Unión Internacional de Ciencias Geológicas confirmara la existencia de esa nueva era. La nuestra.

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