El gato de Schrödinger visita España

De cuando Erwin Schrödinger publicó un artículo e impartió dos conferencias en España, y del sentido de la pregunta y la metáfora en la divulgación científica.

Capitol Cats, 1927

Capitol Cats, 1927 | Library of Congress | Sin restricciones de uso conocidas

En noviembre de 1932 la Revista de Occidente publicó un artículo de Erwin Schrödinger. Esta anécdota nos permite reflexionar sobre cómo trazar puentes entre ciencias y humanidades y sobre el sentido de las preguntas y las respuestas en la divulgación científica, así como reivindicar la importancia de la llamada «Edad de Plata» de la física española.

«“L’art c’est la nature vue au travers d’un tempérament.” ¿Rige también para la ciencia lo que en ella se dice del arte?» Con esta cita de Zola y la pregunta que lo acompaña arranca un artículo de Erwin Schrödinger que se publicó en la Revista de Occidente en noviembre de 1932.[1] Y si bien resulta pintoresco que un físico teórico se formule semejante pregunta, aún lo es más cómo la responde. A lo largo de más de veinte páginas, el creador de la mecánica ondulatoria razona desde distintos ángulos, con argumentos de diversa índole, que sí, que también la ciencia está «condicionada» por el medio cultural, como le ocurre –y nadie lo discute– al arte. De modo que Schrödinger presenta una enmienda a la objetividad. No es menos llamativo que este escrito se publicara en España el mismo año en que Schrödinger había expuesto su contenido en una conferencia en Berlín.

Parémonos primero en una de las consecuencias de la propuesta. Al enfatizar la culturalidad del quehacer científico, Schrödinger está sorteando la brecha entre ciencia y arte, así como entre ciencias y humanidades (si se me permite la distinción). Es una estrategia muy distinta de la más recurrente para ese efecto: divulgar, popularizar unos contenidos a los que en general se les presupone aculturalidad. La divulgación acostumbra, además, a echar mano de metáforas, de ejemplos ilustrativos y pedagógicos que sacrifican no pocas veces la verdad del asunto en aras de que el lego en la materia entienda algo, o al menos tenga la impresión de que entiende. ¿Quién no ha oído hablar del gato de Schrödinger? En 1935 el físico vienés escribió una especie de «confesión general», al hilo de un artículo previo de Einstein, Podolsky y Rosen, en la que enumeraba y discutía todos los puntos de la nueva mecánica que consideraba insatisfactorios.[2] Con el gato vivo y muerto a la vez trataba de ejemplificar el sinsentido de aplicar el principio de superposición de dos posibles estados de un sistema –fundamental en la nueva mecánica– a estados excluyentes como la vida y la muerte. Si bien en el submundo atómico uno podía permitirse ese tipo de licencias a falta de mejor explicación, en el mundo real no parecía muy sensato. Para Schrödinger, tomarla no solo como satisfactoria, sino también como definitiva equivalía a claudicar ante una física pragmática, desprovista de fundamentos filosóficos. Pero el poder de la divulgación es tal que ha convertido una parábola cuántica pensada por uno de los padres fundadores de la disciplina para evidenciar las flaquezas de la teoría en símbolo de una nueva lógica, de una nueva manera de pensar el mundo surgida de las entrañas de la materia. Schrödinger creía que los conceptos físicos heredados de los antiguos griegos –«partícula», «continuo», «discreto»– ya no bastaban para describir los fenómenos creados por las técnicas experimentales descubiertas en los siglos XIX y XX. Según él, no había que maravillarse ante una realidad fantástica y místicamente contradictoria, sino renovar y refinar las herramientas conceptuales para que apareciera nuevamente clara y distinta. El gato, pues, vino al mundo con la misión de mostrar que esas herramientas eran obsoletas, no para epatar al público no especializado.

Schrödinger en Santiago de Compostela, agosto de 1934

Schrödinger en Santiago de Compostela, agosto de 1934

Vayamos ahora al otro aspecto curioso de la conferencia que Schrödinger pronunció en Berlín en febrero de 1932. La rapidez con que hubo de traducirse y publicarse en la Revista de Occidente evidencia conexiones entre Alemania y España o, más concretamente, entre los editores de la publicación y el mundo cultural berlinés. Desconozco el enlace en este caso concreto, pero sí se sabe que, por ejemplo, Xavier Zubiri había conocido al físico vienés cuando acudió a sus clases de mecánica cuántica en Berlín dos años antes. También que Blas Cabrera, experto en magnetismo, gozaba por entonces de un prestigio internacional que le había llevado a coincidir con los físicos más relevantes del momento, Schrödinger entre ellos; desde 1928 formó parte del comité científico de los célebres congresos Solvay. De hecho, ese interés por la figura de Schrödinger debe enmarcarse en un interés más general por las ciencias que se plasmó, en los años veinte y treinta del pasado siglo, en la formación de los primeros grupos de investigación de física en España, así como en la visita de físicos de la talla de Sommerfeld, Einstein, Marie Curie o el propio Schrödinger. En los años veinte la Fundación Rockefeller consideró el empuje de la física española lo suficientemente significativo como para financiar la construcción de un Instituto de Física y Química con equipamientos de primer nivel, en el que trabajaron, antes de la Guerra Civil, los pioneros españoles en investigación en física moderna, liderados por el propio Cabrera, Miguel Catalán, Enrique Moles y Julio Palacios. Es la que se conoce como Edad de Plata de la física española, en correspondencia con la literaria (que se bautizó con la mirada puesta en el Siglo de Oro), y que suele situarse entre 1900 y el estallido de la guerra. Se trata de una época y unos personajes en general desconocidos hoy en día, incluso entre estudiantes y profesionales de la física en España. Probablemente esto no es más que la prueba de la eficacia del franquismo para borrar unas huellas que, por otro lado, apenas pudieron tener continuidad.

Pero la dictadura no borró el rastro de la otra Edad de Plata. Unamuno y Ortega y Gasset son dos de sus representantes más conspicuos. El segundo, fundador de la Revista de Occidente, probablemente tuvo mucho que ver con la selección y publicación del artículo con el que hemos comenzado este texto. El primero, Miguel de Unamuno, muchas veces es recordado por el «que inventen ellos», con el que se sacudía la manía de admirar el desarrollo científico y tecnológico que venía de Europa, especialmente de Alemania. No creo que se pueda decir que Unamuno fuera anticientífico ni que estuviera atrincherado en posiciones de literato modernista. Sencillamente atacaba el papanatismo con el que se recibía cualquier invención técnica y la fe en una ciencia omnisapiente. En cualquier caso, ambos autores merecieron la atención de Schrödinger, el físico humanista, y este citó a ambos en más de una ocasión. Y, de hecho, tenemos constancia de que coincidió con ellos en sus visitas a España en 1934 y 1935.

Zubiri en Berlín (Harnack Haus), 1930 | © Fundación Xavier Zubiri

Zubiri en Berlín (Harnack Haus), 1930 | © Fundación Xavier Zubiri

En efecto, seguramente debido a sus contactos españoles, Cabrera y Zubiri, Schrödinger recibió en 1934 una invitación del secretario de la Universidad de Verano de Santander, el poeta Pedro Salinas (otra pluma de plata), para participar en la segunda edición, que iba a celebrarse ese mismo año.[3] Schrödinger aceptó y en su respuesta a Salinas le propuso tratar el mismo tema que en su conferencia de 1932. No era mala idea, pues la Universidad Internacional Menéndez Pelayo reunía expertos de distintas disciplinas con vocación de interdisciplinariedad. Sin embargo –y no sé por qué no prosperó la propuesta de Schrödinger– finalmente se limitó a impartir un curso «clásico» de mecánica ondulatoria, pero con el gato ya asomando las orejas en algunos comentarios críticos. Tanto le gustó la costa cantábrica que decidió volver al año siguiente junto a su mujer Annie, y juntos dibujaron un gran ocho con su BMW en la red de carreteras de la España de la Segunda República, con centro en Madrid (donde impartió más cursos y conferencias). Visitaron, entre otras ciudades, Valencia, Alicante, Granada, Sevilla y Salamanca.

En Santander, durante su primera estancia, Schrödinger coincidió con Ortega y Gasset y con Unamuno.[4] En el caso del profesor de Salamanca, a quién se homenajeó por ser el 1934 el año de su jubilación, y que fue el protagonista de la Universidad durante las dos semanas de estancia de Schrödinger, nos consta que dijo una frase que luego el físico austríaco citaría en más de una ocasión: «Si un hombre nunca se contradice será porque nunca dice nada.» Aparece, por ejemplo, en un capítulo decisivo de su librillo ¿Qué es la vida?.[5] Se trata de una frase que encaja muy bien con la postura crítica que el controvertido físico adoptó respecto a su propia creación, la mecánica ondulatoria, y que anima a pensar más allá de la objetividad imperante. Unamuno detestaba la divulgación que relega la pregunta, la duda, a un segundo plano, a una mera función metodológica. Algún intento de evitar eso lo hallamos en los escritos de tono más divulgativo de Schrödinger. Si la ciencia es, supuestamente, la pregunta, la duda, ¿cómo es posible que la divulgación consista básicamente en respuestas?

[1] Schrödinger, Erwin (1932). «¿Está la ciencia natural condicionada por el medio?». Revista de Occidente 113: 125-159.

[2] Schrödinger, Erwin (1935). «Die gegenwärtige Situation in der Quantenmechanik». Die Naturwissenschaften 23: 807-812, 823-828, 844-849.

[3] Sánchez Ron, José Manuel (1992). «A man of many worlds: Schrödinger and Spain». En: Michel Bitbol y Olivier Darrigol (ed.). Erwin Schrödinger. Philosophy and the Birth of Quantum Mechanics, 9-22. París: Frontières.

[4] Janés, Clara (2015). «Humanismo y ciencia. Erwin Schrödinger y José Ortega y Gasset». Revista de Occidente 408: 63-81. Janés, Clara (2015). «El saber y el mar. Xavier Zubiri y Erwin Schrödinger». Eu-topías. Revista de interculturalidad, comunicación y estudios europeos 10: 23-33.
[5] Schrödinger, Erwin (1983). ¿Qué es la vida? Barcelona: Tusquets. Original en inglés de 1944.

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