La emergencia de la voz

En un mundo de comunicaciones donde predominan la escritura y los formatos audiovisuales, la voz y lo sonoro cobran cada vez más relevancia.

Frances Densmore graba al Jefe de la Montaña Blackfoot para la Oficina de Etnología americana, 1916

Frances Densmore graba al Jefe de la Montaña Blackfoot para la Oficina de Etnología americana, 1916 | Library of Congress | Dominio público

El resurgimiento de los podcasts, el éxito de los mensajes de voz en Whatsapp o la posibilidad de hablar con las máquinas que nos rodean ponen de relieve la importancia que está adquiriendo la voz. Por otro lado, los archivos sonoros han encontrado en la red un gran aliado para desarrollar su vertiente más documental y ofrecer visiones más corales de la realidad. En este momento de voces múltiples, la literatura también se reivindica como un espacio donde leerlas, escucharlas y sentirlas.

Ocurre a menudo en estos primeros años del nuevo siglo. En libros fronterizos, como Missing (una investigación) (Alfaguara, 2011), de Alberto Fuguet, o El Interior (Malpaso, 2014), de Martín Caparrós, o Basada en hechos reales (Anagrama, 2016), de Delphine de Vigan, de pronto la prosa compacta se rompe, se deshace, y emerge una voz en fragmentos. Cuando Fuguet encuentra finalmente a su tío desaparecido, tras perseguirlo durante 157 páginas, durante otras tantas (hasta la 336) lo deja hablar en forma de monólogo poético. En el capítulo del libro de viajes que Caparrós dedica a «Pueblo Liebig», ensaya el verso para reproducir la voz de un personaje, don Balbino, que se confunde por momentos con la propia. En Basada en hechos reales, cuando la novela que reflexiona sobre la ficción se vuelve una versión libre de Misery de Stephen King (es decir, una novela de terror), la protagonista decide tomar notas oralmente en su teléfono móvil, de modo que los párrafos dejan paso a frases sueltas, apuntes que dicta una voz en la oscuridad progresiva.

En un mundo de comunicaciones en que predominan la escritura (e-mails, chats, tuits, whatsapps, informes, posts) y los formatos audiovisuales (documentales, series, vídeos profesionales y domésticos, películas, anuncios, trailers, videoclips), parece que regresa la voz. Una posible grieta en ese panorama visual se abrió en 2013 cuando WhatsApp lanzó la opción del mensaje de voz. Su uso no ha parado de crecer entre sus mil millones de usuarios. En paralelo se ha vuelto cada vez más normal, como tan bien retrató la película Her, hablar con las máquinas que nos circundan. Ellas, como Google Home Voice Assistant o Amazon Echo, no solo nos escuchan y nos obedecen, sino que también graban todo lo que decimos. Internet ya no solo recuerda todas nuestras escrituras o imágenes, también ha empezado a archivar nuestras voces. Esa emergencia se da en un contexto en que la radio no ha retrocedido ni un milímetro como medio de comunicación de masas, al tiempo que en los ámbitos artísticos y narrativos lo sonoro cobra cada vez más relevancia. Pienso en Radio Ambulante, plataforma de historias orales –de podcasts que ellos llaman «episodios». Pienso en Serial, el folletín radiofónico y documental que se ha convertido en un fenómeno de masas. O pienso en cómo ha cobrado máxima visibilidad el proyecto vital de Hans Ulrich Obrist, el comisario de arte que durante los últimos veinticinco años se ha dedicado a entrevistar sistemáticamente a curadores y artistas, a veces para revistas, otras como performances públicas, siempre con la conciencia de que la entrevista es una práctica artística y un documento. Una voz que se integra en un sistema de voces. En Breve historia del comisariado, al recopilar conversaciones con pioneros del diseño y la coordinación de exposiciones, Obrist se acerca al ámbito de la historia oral: «Debido a esta extremada falta de memoria en relación con las exposiciones, me pareció urgente empezar a registrar una historia oral».

El Premio Nobel de Literatura 2015 a Svetlana Aleksiévich ha supuesto la consagración artística de esta disciplina que cuenta, sobre todo, con prácticas académicas. En el prólogo de El fin del «Homo Sovieticus» (Acantilado, 2015), Aleksiévich deja claro que su apuesta por la hibridación de historia oral y tragedia clásica pasa por otro gran vector de nuestra época: la emoción. «A la historia solo parecen preocuparle los hechos, las emociones quedan siempre marginadas, no se les puede dar cabida en la historia», escribe: «Pero yo observo el mundo con ojos de escritora, no de historiadora». Y en La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 2015), añade: «No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma». Su propia voz desaparece. Sus libros son archipiélagos o constelaciones de voces ajenas. Predominan en ellos los monólogos y los coros, aunque a veces contengan diálogos en su interior. Si Aleksiévich habla, lo hace casi siempre en forma de entrevista (con un historiador, con un censor, consigo misma) o de extracto de diario (o de un cuaderno de notas), dejando clara la distancia de la mediación y su papel secundario en un proyecto que tiene como protagonistas a los supervivientes de las grandes tragedias de la historia soviética. Aunque, por supuesto, la autoría esté en cada palabra, en cada elipsis, en el montaje de ese artefacto complejo que funciona con la precisión de un reloj: «Las escucho cuando hablan… Las escucho cuando están en silencio… Para mí, tanto las palabras como el silencio son el texto».

Sus libros suponen la máxima expresión de la continuidad de la importancia de la voz en el tránsito del siglo XX al XXI. En una época como la nuestra en que todo puede ser archivado, desde los testimonios del exterminio nazi hasta las voces de otras masacres más recientes, pasando por la actualización de grabaciones realizadas en soportes anacrónicos o nuestros monólogos cotidianos en el espejo negro de Siri; en que las voces nos llegan, en la música, en la radio, en las páginas web, sobre todo digitalizadas, Aleksiévich y otros escritores y artistas nos recuerdan que también podemos escuchar leyendo. Tanto en pantalla como en papel. Y, sobre todo, que escuchar puede ser sinónimo de sentir. El mercado de los audiolibros aumenta. Lo que importa es seguir, de un modo u otro, leyendo.

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