Participo, luego existo

Life in a Day, producido por Ridley Scott, se autoproclama como el primer largometraje creado por usuarios de youtube.

El 23 de junio de 2003, Internet asistió al nacimiento de lo que para entonces se consideraba una revolución en el campo de la comunicación virtual. Se llamaba Second Life y estaba destinada a ser la gran red social; todos los usuarios que se preciaban de estar a la última abrieron su perfil en ella. La idea era buena: un mundo virtual que funcionaba como el mundo real, en el que grupos como U2 actuaban en exclusiva, se podrían comprar terrenos y contruirse casas, se desarrollaban campañas políticas y se lanzaban anuncios creados para la ocasión.

Hoy, a mitad de 2010, Second Life tiene 8 millones de usuarios, pero apenas unos 50.000 visitan asiduamente la comunidad. Según la revista Wired, el 85% de los perfiles creados en Second Life fueron abandonados por sus propios usuarios en menos de un año. ¿El motivo? No había nada que hacer, decía el artículo. Y era cierto: el avatar se limitaba a deambular por espacios vacíos, y sólo los que sabían algo de programación eran capaces de sacarle provecho y crear un objeto que luego trataban de vender. El silencio era absoluto, y la interfaz, en aquellos tiempos, todavía conservaba el aspecto vectorial de los primeros videojuegos, con figuras de ángulos duros.

Second Life todavía sigue existiendo y hay quien le augura un renacimiento en un futuro no muy lejano; sin embargo, tiene dos grandes competidores: Facebook, que ya alcanza los 500 millones de usuarios, y Twitter, cuyas cifras no son públicas pero que se estima en unos 18 millones de cuentas sólo en Estados Unidos (alrededor de 4 en España). ¿Cuál es su secreto? La participación.

Parafraseando a Descartes, el investigador norteamericano John Seely Brown dijo: “we participate, therefore we are”. En 2006, la “Persona del Año”, según la revista Time, era el propio usuario. Y en Youtube, empresa fundada en 2005, y cuyo lema es “retransmítete a ti mismo”, cada día se suben y se reproducen 2 mil millones de vídeos. Facebook, Twitter y Youtube comparten un mismo espíritu: es el usuario quien tiene todo el protagonismo, quien decide qué información quiere difundir y recibir. Y, sobre todo, quien distribuye esta información, llámesela noticia, vídeo o comentario. El usuario tiene múltiples opciones para llamar la atención, para hacerse oír, para tener, en definitiva, los 15 minutos de gloria que pregonaba Warhol. Y esto es a lo que aspira el usuario de las redes sociales: participar.

Y es que, además, según un curioso experimento llevado a cabo por el neuroeconomista Paul Zak, las redes sociales afectan al cerebro de igual modo que el enamoramiento, porque la interacción con los demás usuarios también libera oxitocina, la llamada “hormona del amor”. Al fin y al cabo, descubrir que el vídeo casero en el que tu hijo pequeño le muerde a tu hijo mayor ha sido visto más de 200 millones de veces debe de provocar un enorme orgullo. Porque de lo que se trata no es de construir avatares, personajes ficticios que actúan en nuestro nombre y deambulan por espacios virtuales, sino de que nosotros, con nuestro nombre y apellido, seamos las estrellas de la función.

Mucho se ha dicho acerca del peligro de las redes sociales, sobre todo del temor a que esta forma de comunicación sustituya la comunicación cara a cara. Puede que para ciertas personas sea así, y que se limiten a lanzar mensajes a la red y esperar una respuesta; sin embargo, también es cierto que Facebook, Twitter, Youtube y demás plataformas amplifican la comunicación, permiten tener varios altavoces y, además, se desarrollan en distintos lenguajes, tanto visuales (fotos y vídeos) como escritos (y aquí cabría añadir también los blogs, ya sean personales o profesionales, que son otro modo de participación). La información salta de uno a otro soporte, se publica en un microblog y de repente aparece en forma de vídeo; se reinterpreta (tomemos como ejemplo las decenas de vídeos basados en un fragmento de la película “El hundimiento”), cambia de significado. Se convierte en algo moldeable.

Kosmopolis no podía ser ajeno a esta realidad y en abril de 2010, se pusieron en marcha las redes sociales destinadas a difundir la información relacionada con el festival y a catapultar y amplificar contenidos literarios, ya sean otras webs, noticias, artículos o vídeos. A la web del festival se le ha añadido una página en Facebook y una cuenta en Twitter, y para desarrollar los temas del BookCamp, una de las actividades centrales de la jornada literaria, se ha creado un wiki. Próximamente se abrirán otras plataformas: la intención es amplificar al máximo los contenidos y, sobre todo, hacer partícipe al público de Kosmopolis.

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