Timothy Morton: una ecología sin naturaleza

Entrevistamos a Timothy Morton, filósofo y autor del concepto «Dark Ecology», que propone repensar la visión de la ecología, el antropocentrismo y el arte.

Timothy Morton

Timothy Morton | © CCCB, 2016 | Autor: Miquel Taverna

¿Sigue siendo el hombre la medida de todas las cosas? La actual crisis medioambiental hace patente la urgencia de abandonar la visión antropocéntrica y entender que no somos el punto final del planeta. Ante el paternalismo de ciertos movimientos ecologistas, la Dark Ecology reivindica la ironía y la fealdad para despertar conciencias.

Timothy Morton es un filósofo y experto en la literatura del período romántico. Su obra, provocadora y extremadamente personal, parte de una compleja matriz de temas y referencias —de Shelley a My Bloody Valentine, del budismo a las cadenas de ADN— a través de las cuales articula ideas sobre ontología, ecología o estética, entre otras. Junto con Graham Harman, Ian Bogost y Levy Bryant, forma parte del núcleo de la OOO, la ontología orientada a objetos, un movimiento filosófico promovido por Harman en 1999 que propone la reinterpretación marcadamente antiantropocéntrica de nuestra relación con el mundo, los objetos y las jerarquías. Morton utiliza elementos de cultura popular y un lenguaje lleno de giros poéticos e irónicos para deconstruir con acidez la crisis ecológica derivada del antropoceno, e introduce nuevos conceptos filosóficos, como el que llama hiperobjetos: objetos tan extensos en el tiempo y el espacio que son imposibles de señalar o detectar directamente, como pueden ser la biosfera o el calentamiento global. Lejos de las formas tradicionales de ecocrítica cercanas a la contracultura de finales del XX, la noción de Dark Ecology de Morton es una piedra de toque realista diseñada para romper la cúpula de cristal que todavía nos aísla mentalmente (en un esfuerzo por simplificar y paliar el sentimiento de culpa colectivo) de eso que denominamos entorno. Así, salvando las distancias entre la asimetría, la causalidad, la fenomenología, la coexistencia o la temporalidad, las teorías de Morton subrayan el trauma inherente a nuestra era, con la voluntad de despertar, idealmente, una conciencia que conduzca a una reevaluación del papel y el impacto de la humanidad sobre el planeta. Entre sus libros recientes destacan Realist Magic, Hyperobjects y Dark Ecology.

Cada verano, el gobierno catalán lanza una campaña contra los incendios, por motivos evidentes. Este verano, el eslogan era «En un incendio, no solo perdemos un bosque» e iba acompañado de la imagen de una muñeca quemada. Y son cosas como estas las que indican cuánto tenemos que cambiar nuestra manera de pensar. Porque si la única forma de transmitirle a la gente lo malos que son los incendios es recurrir a imágenes de niños muertos, parece que tenemos serios problemas. Como si, de por sí, un bosque no fuera pérdida suficiente. Hasta cierto punto, esta conciencia activa que trasciende nuestro interés personal está muy relacionada con lo que tú vienes comentando desde Ecology Without Nature. ¿Podrías hacer una breve introducción a tu propia idea de ecología y a la idea, por aquel entonces bastante radical, de sacar a la Naturaleza de la ecuación?

No me incomoda la idea de apelar al interés de cada uno si eso es lo que nos hace entender algo sobre el mundo no humano. Lo interesante, de hecho, es que el interés propio solo parece ser efectivo —por lo menos al hablar de ecología— en un marco temporal muy estrecho. Nos resulta muy difícil pensar en acciones que se rigen por escalas de cien, o mil, o vaya, incluso diez mil años. Suceden dos cosas: a esa escala, nada en particular sobre uno mismo parece significativo estadísticamente o de cualquier otra forma. Por otra parte, cualquier mínima acción que realicemos será importantísima, y posiblemente se amplifique, de aquí a diez mil años. De manera que se da una ligera paradoja: yo mismo no importo, pero todo lo que hago sí que importa. Así que se genera una pequeña brecha entre la persona que creo que soy y la persona que soy en realidad, en la medida en que afecto a otras entidades, humanas y no humanas. Por lo tanto, hay una paradoja muy interesante sobre la que reflexionar.

«La Naturaleza es un concepto planteado desde un prisma antropocéntrico. Está diseñado para los humanos, así que no es directamente relevante para hablar de ecología.»
Timothy Morton

En cuanto a la ecología, desde hace tiempo defiendo que la Naturaleza es una especie de concepto planteado desde un prisma antropocéntrico. Está diseñado para los humanos, así que no es directamente relevante para hablar de ecología. De hecho, por varias razones, emplearlo puede llegar a ser desastroso. En primer lugar, porque separa el mundo humano y el no humano mediante una pantalla estética más bien arbitraria. Es un poco como si todo lo humano estuviera detrás de la pantalla de nuestro ordenador —aunque hay ciertos no humanos que decidimos incluir en nuestro espacio social, desde luego—. En el patriarcado más anticuado se les llamaba cattle («ganado»), o chattels («bienes»). También incluiríamos a las mujeres en esa categoría, claro. Y bueno, lo típico: mascotas, plantas, productos de la agricultura, etc. Todo lo demás es la Naturaleza, y se supone que está apartada, está lejos de este espacio humano que nos gusta considerar exclusivamente humano y antropocéntrico. En otras palabras: está en mi ADN, está debajo del asfalto, está por allí, a lo lejos, que diríamos. Más allá de la sierra, en algún lugar. Así que la Naturaleza tiene esa cualidad irreductible de estar en otro lugar y ser otra cosa. Y también se caracteriza, sin ser del todo estática, por estar presente de manera más o menos constante, por estar siempre ahí. Esto, claro, no es cierto, porque si tienes en cuenta la ciencia más elemental, si consideras la teoría de la evolución, puedes ver cómo las formas de vida, que en esencia son lo que constituye la Naturaleza, lo que la biosfera es realmente, incluyendo los estratos rocosos, las formas de vida nunca están presentes de manera constante, ni siquiera en sí mismas. Por lo que esa noción tampoco funciona muy bien.

La otra cuestión es que la Naturaleza no es solo una idea. Es algo inmanente al espacio urbanizado, así como al espacio filosófico, mental y social. Es inmanente a las ciudades existentes y a la forma en que gestionamos nuestras relaciones, tanto entre nosotros mismos como con lo no humano. Tomemos la noción de aire acondicionado, por ejemplo, que consiste en poco más que canalizar vectores de aire no deseado hacia otro lugar. Pues bien, resulta que, a escala planetaria, «hacia otro lugar» es siempre el mismo lugar; sencillamente vas moviendo un tipo de contaminación de un sitio a otro dentro de un mismo sistema, no estás haciendo otra cosa. Y, en definitiva, lo que haces es desperdiciar energía. De manera que hay casos en los que el concepto de Naturaleza tiene gran impacto. Y si lo comparamos con otras cosas, ese es un ejemplo muy, muy pequeño sobre el impacto de la Naturaleza en el espacio urbanizado. No es que el aire acondicionado sea trivial, pero hay fenómenos más drásticos que podríamos asociar con este concepto. Así que no solo no es un gran concepto, sino que está arraigado de manera tóxica en el espacio social.

Sacar a la Naturaleza de la ecuación también conlleva dejar atrás la antigua distinción entre lo natural y lo artificial. Hay otra palabra que usamos con mucha frecuencia para aludir a la artificialidad, que es «sintético». Pero, como me dedico a la música y trabajo con sintetizadores a diario, tengo una pequeña cruzada personal para hacerle entender a la gente que síntesis no significa necesariamente eso. Por lo menos, no como lo concebió Bob Moog. Él usó el sentido literal de la palabra griega síntesis, entendida como combinación de cosas y procesos que crean otros nuevos, lejos de las connotaciones de artificialidad que se le suelen achacar. En ese sentido, la idea de síntesis de Moog es similar a tu noción de mesh («malla»), otro punto clave de tu teoría, con el que abordas las interconexiones, las relaciones y las imbricaciones. ¿Podrías explicar esto en relación al antropoceno?

Hablando trivialmente, la conciencia ecológica significa darse cuenta de que todos los seres estamos interconectados de alguna forma, pero luego hay que desentrañar qué significa esa interconexión. Por ahora, el sintagma que estoy usando para lo que designa la conciencia ecológica es «lo real simbiótico». ¿A qué me refiero? Pues a las relaciones ecológicas que se describen mejor en términos de simbiosis, que es muy interesante porque supone siempre una contingencia frágil, inestable, en la que es imposible determinar cuál es la entidad dominante. La simbiosis puede fracasar por múltiples motivos: tener un exceso de flora intestinal puede causarme problemas. Y  una carencia, también. Ahí se da un sistema dinámico. La simbiosis está presente en lo más profundo de mis células: mis mitocondrias poseen ADN propio porque son básicamente simbiontes, son bacterias que han evolucionado para vivir en formas de vida que respiran oxígeno, cuando crearon su propia catástrofe ecológica llamada oxígeno, hace unos tres mil millones de años. Y si rebautizáramos ese momento, podríamos decidir llamarlo el bacterioceno, porque se parece mucho a lo que sucedió con el antropoceno: las consecuencias involuntarias de la respiración bacteriana, es decir el oxígeno, generaron contaminación para las bacterias de ese medio. Así que se vieron obligadas a evolucionar y, de ahí en adelante, los seres aeróbicos pueden respirar. Lo interesante de este fenómeno es que, en cierto modo, el bacterioceno ocurre ahora. No es que sucediera y terminara en una franja de tiempo lineal. Empezó, es una catástrofe (por lo menos para las bacterias) y vivimos en esa catástrofe. El antropoceno está ocurriendo dentro de esa catástrofe mayor que podríamos llamar el bacterioceno. Los humanos, por lo tanto, no son los únicos que, si empleamos tus palabras, «sintetizaron» algo al crear interrelaciones, en este caso entre elementos químicos. Las bacterias también lo hacían, por lo que no es válido sostener que solo los humanos creamos medios. Tampoco es válido sostener que los humanos somos artificiales mientras que las bacterias son naturales. De manera casi irónica, lo que ambos estamos diciendo es que, en cierto modo, todo es artificial. Pero cuando todo es artificial, no es posible mantener la distinción entre la Naturaleza y lo artificial, hay que modificar la noción de artificial, y no basta con imaginar que significa algo así como «ilusión» o «constructo» o algo que tiene sentido desde la perspectiva de otra entidad.

«No es válido sostener que solo los humanos creamos medios. Tampoco es válido sostener que los humanos somos artificiales mientras que las bacterias son naturales.»
Timothy Morton

En cualquier caso, el antropoceno no es más que el nombre que le hemos puesto al hecho de que actualmente haya materiales fabricados por los humanos que recubren la corteza terrestre, como por ejemplo asfaltos de toda clase, que los geólogos están empezando a abordar como un nuevo tipo de mineral. Y todo tipo de plásticos, que desde cierto punto de vista también constituyen un mineral nuevo. Y los radionúclidos, en particular el carbón. Hay una fina capa de carbón en la corteza terrestre. Se empezó a asentar hacia 1784, tras la patente de la máquina de vapor, que permitió el surgimiento de la sociedad industrial, tanto la capitalista como las demás. Y es un fenómeno global. Siempre se busca echarle la culpa a un grupo determinado de personas, lo cual da lugar a todo tipo de problemas y paradojas. Por ejemplo, uno podría decidir culpar a los estadounidenses porque tienen el mayor impacto y porque fueron quienes empezaron a popularizar cosas como el aire acondicionado. Pero resulta que ser el primero cronológicamente no implica por necesidad ser también el primero desde un punto de vista lógico. A todos nos gusta el aire acondicionado. A la gente en India y en China le gusta. ¿Estamos defendiendo que no deberían tener aire acondicionado, o que no son aptos para tenerlo, porque por alguna razón son menos artificiales que los estadounidenses?

Tú defines el antropoceno como un concepto verdaderamente anti-antropocéntrico. ¿Podrías explicarlo?

El concepto alude a la manera en que nuestra forma de ser como especie impacta lo real simbiótico. Todo lo que está enterrado en la corteza terrestre es, en buena medida, accidental. No cavamos fosas y enterramos materiales para decir «esto será la mar de bonito de aquí a doscientos mil años». Simplemente lo hicimos. Pasó, nada más. Y aunque esa capa sea antropomórfica, porque la forman los humanos, no es antropocéntrica, porque no tiene que ver con hacer a los humanos los amos y señores de todo. En realidad, lo que viene a decir es que los humanos son la especie entre las especies, que resulta que han hecho algo muy, muy clásico. Resulta que han desatado el calentamiento global y, en consecuencia, una extinción masiva —la sexta en la historia del planeta—. Ese no es un concepto antropocéntrico, sino al contrario, nos aleja de la creencia de que los humanos somos el centro de todo.

Lo cual nos lleva a tu postura sobre la ironía, me parece. ¿Podrías explicar la relación entre la conciencia ecológica y la ironía?

Hay varios tipos de ironía. Uno de ellos implica conseguir una velocidad de escape de los fenómenos que consideras irónicos. Y otro tipo supone darte cuenta de que estás atrapado en esos fenómenos de manera inextricable. Ese es el tipo de ironía del que hablo. La ironía de la conciencia ecológica va cuesta abajo, no cuesta arriba. Desde nuestro antropocentrismo, nos gusta pensar que la ironía significa trascender algo, cuando en realidad significa haberse dado cuenta de que estás encerrado en algo, y de que tienes una conciencia asombrosa de ello, y de que no puedes hacer gran cosa con esa sensación de encierro.

El tipo de ironía que ejemplifica la conciencia ecológica es lo que la crítica literaria llama ironía romántica. No tiene nada que ver con el amor romántico, sino con la poesía romántica. En la poesía romántica desarrollaron una clase de ironía muy interesante en la que el yo lírico del poema se da cuenta de que es un personaje del poema. O un personaje del poema da cuenta de que es el narrador del poema. Un fantástico ejemplo de esto sería el fenómeno cinematográfico del noir, en el que, por ejemplo, el detective descubre que él mismo es uno de los criminales. Para mí, el mejor ejemplo probablemente sea la película Blade Runner de Ridley Scott, en la que Deckard, el detective, reconoce que es uno de los replicantes a los que está persiguiendo e intentando matar. La conciencia ecológica funciona así por consecuencias involuntarias. Es como si un buen día nos despertáramos («nos» equivaldría aquí, aproximadamente, al patriarcado blanco occidental que se guía por nociones desarrolladas durante la modernidad, sobre todo en Europa y Estados Unidos) y nos diéramos cuenta de que tenemos un arma homicida en la mano, y de que debemos de haber cometido algún asesinato, aunque no sepamos muy bien de qué se trata. Así que se parece un poco al noir porque implica entrar en un bucle, y en particular desde una mirada histórica ese bucle tiene que ver con el deseo de los humanos de trascender sus condiciones materiales. Ese deseo, al que denominamos el Neolítico, acabó desencadenando una mayor profundización en las condiciones materiales del llamado antropoceno. Lo curioso es que ese modelo de agricultura que yo asocio estrechamente al desarrollo del concepto de Naturaleza (que empezó en Mesopotamia pero también en Latinoamérica, China, Indonesia, África y otras partes del mundo alrededor del año 10000 a. C.) fue diseñado para permitir que la gente lidiara con un calentamiento global moderado, también conocido como holoceno, que es el período previo al antropoceno. Y, como consecuencia de la logística que empezó a funcionar, o a operar, como un programa informático, que es la logística todavía hoy vigente, ese tipo de agricultura acabó creando tanta gente que hizo falta una industria para sustentarla, y así es como desembocamos en la sociedad industrial. Esa logística también contribuyó mucho al advenimiento de un calentamiento global más nocivo, así que podríamos afirmar, con una ironía un poco mordaz, que: «para evitar el calentamiento global, los humanos empeoraron el calentamiento global». Ese es el bucle en el que nos encontramos.

«Para evitar el calentamiento global, los humanos empeoraron el calentamiento global.»
Timothy Morton

Desde una mayor profundidad, creo que la mera existencia tiene un toque irónico, como podemos atisbar al reflexionar sobre las formas de vida. Porque los seres ecológicos, como las formas de vida, nunca coinciden netamente con cómo son, siempre contienen un extra, otra vuelta de tuerca, una especie de factor X que no coincide con lo que son como especie, y así funciona la evolución. Esa pasmosa falta de coincidencia entre lo que los seres parecen y lo que son se debe al hecho de que todo, en general, es así. Esta opinión responde a que soy un ontólogo orientado a objetos y creo que las cosas son tal y como son, nunca tal y como aparecen. Las cosas son una especie de contradicción andante y viviente cuya apariencia está anclada inseparablemente a su ser, pero sin embargo es distinta. Hay una brecha irónica entre una cosa y su apariencia que no se puede ubicar en ningún lugar, ni dentro ni en la superficie ni en las profundidades de la cosa.

¿Puedes hablar de la noción de ecología oscura? Después de sugerir una ecología que no necesita la Naturaleza, reformulaste el concepto mismo de ecología, que el imaginario colectivo sigue vinculando a la Naturaleza, el activismo hippie, la hipótesis de Gaia de Lovelock, etc. Tu ecología es muy distinta, no solo porque elimina la naturaleza, sino porque no intenta convertirlo todo en un bello cuento de hadas. Es sucia y viscosa y retorcida.

Habitualmente lo «bello» es un concepto escalado desde el antropocentrismo. Si consideramos las observaciones de Immanuel Kant sobre la belleza, se hace evidente que intenta escalar el concepto para que los humanos, y en concreto un perfil de humano determinado, probablemente el burgués, puedan tolerarlo. Así que con eso se desestiman muchísimos aspectos de la experiencia de la belleza. Cuando se incluye a seres no humanos en la experiencia de la belleza, se concluye que ninguna escala en particular es la correcta, o la mejor. Cuando entendemos que la escala humana es solo una entre muchas otras, podemos considerar la escala del conejo, o la del cocodrilo, o la escala de la biosfera, o muchas otras escalas y prismas, sin que ninguno de ellos sea el principal. Cuando llegas a estas conclusiones, cuando te das cuenta de esto, no es que la belleza se desvanezca o deje de existir, pero sí adquiere un toque de asombro, o de rareza, o hasta de asco, que no se puede borrar del todo. Así que no es que la acción ecológica tenga que ver con embellecer las cosas, esa es la pega de una estética pintoresca de la Europa de mitad y finales del siglo XVIII. La conciencia ecológica, en realidad, no tiene que ver con expandir la conciencia humana para incluir a seres no humanos, al menos no sin que esa conciencia misma se vea radicalmente desestabilizada.

¿Podrías hablar de algunas de las influencias en tu imaginario, provengan de la ficción, de la teoría o cualquier campo?

Una influencia serían las ciencias de la vida. Leo y pienso mucho sobre las ciencias de la vida. En concreto, me esforcé mucho por entender la evolución. Hará unos diez años leí todo Darwin con mucho cuidado, tratando de entender qué es lo que realmente decía. Y luego, en términos de estudios humanísticos, supongo que lo que me ocurrió fue que tuve una formación deconstruccionista, en la línea de Heidegger y Derrida. Y sin perder de vista la deconstrucción, acabé por retroceder hacia la ontología orientada a objetos, que, en cierto modo, mantiene la herencia deconstruccionista, en la medida en que nuestro objetivo es cuestionar lo que desde la deconstrucción se llama la metafísica de la presencia: la idea de que existir es estar constantemente presente. Esa idea, como trataba de explicar antes, está arraigada en el espacio social y se corresponde aproximadamente con la idea de Naturaleza, que es una de las razones por las que tenemos problemas tan graves (y la Tierra también). Se podría decir que la deconstrucción y la ontología orientada a objetos, además de un compromiso con todas las corrientes del pensamiento teórico de izquierdas, como el marxismo o el anarquismo, son el trasfondo de pensamiento que respalda este método particular de filosofía ecológica.

Dark Ecology es un proyecto internacional de arte que explora la relación entre los seres humanos, los objetos y la naturaleza, así como las ideas actuales sobre la ecología.

Acabas de mencionar que estamos atrapados en un bucle, imagen que desempeña un papel importante en tu descripción de nuestra crisis ecológica. ¿Es suficiente ser conscientes de ello? ¿Es la conciencia una forma de acción, o cada individuo debe actuar, o es que el bucle es irremediable? En otras palabras, ¿es demasiado tarde? A fin de cuentas, tú sostienes que vivimos en «la vida después de la muerte».

Tú mismo has dado en el clavo, has nombrado el binomio que debemos deconstruir. Me refiero a la diferencia entre ser activo y pasivo. Una de las cosas que necesita la política ecológica es una teoría de la acción totalmente nueva, que no se base en una concepción de la actividad derivada sobre todo del cristianismo neoplatónico. Un concepto del cristianismo neoplatónico que, para colmo, afecta a todo tipo de dominios discursivos que jamás se imaginarían ser teístas. El marxismo, por ejemplo, y su teoría contemporánea del acontecimiento, están profundamente vinculados a teorías neoplatónicas de la actividad, difundidas por una vertiente tóxica de hegelianismo. Para mí, se trata en esencia de un fallo interno del marxismo que debemos corregir, no de un rasgo al que tengamos que acostumbrarnos.

No hay tanta diferencia entre la conciencia y la acción. De hecho, es curioso, porque podría decirse que la conciencia es una especie de quantum de la acción, un grado cero de la acción. Cuando tomas conciencia de algo, formas parte de ello en cierto sentido físico, así como en un plano más etéreo. Incluso cuando no se trata de algo cercano a ti. El arte puede servir de ejemplo para ilustrarlo. Cuando piensas en tu pieza de música favorita, o en tu instalación favorita, o en lo que sea, la instalación o esa composición musical no están ahí stricto sensu, y sin embargo tú te has visto afectado por ellas, al visualizarlas. El arte tiene una causa y efecto no locales. Lo que hace es alterar directamente el principio de causa y efecto, como intento demostrar en mi libro sobre la causalidad, titulado Realist Magic.

Esto está en consonancia con las teorías contemporáneas de la ciencia, basadas en la filosofía de Hume, que hace hincapié en la idea de que la causalidad es un mecanismo rector que opera bajo las apariencias. Y Kant desentraña por qué eso es así: porque la realidad no deviene tal hasta que no la accede otra entidad. En el caso de Kant, es el sujeto trascendental. Y en el caso de Hegel, es el espíritu. Y en el caso de, digamos, Heidegger, es el Dasein. Y en el caso de la ontología orientada a objetos es absolutamente cualquier entidad. Hemos acabado con el control del copyright antropocéntrico sobre quién accede a la realidad, y hemos acabado con la idea de que el pensamiento, en particular el pensamiento humano, es el principal o el único verdadero modo de acceso. Por lo tanto, creo que la conciencia no es tan solo una precuela a la acción. Creo que es un tipo de acción y que, en realidad, necesitamos ampliar el significado de la noción de acción y perfilar el significado de la noción de conciencia. Una y otra tienen mucho más en común de lo que se pueda pensar.

La otra cuestión es que a los intelectuales les encanta ser anti-intelectuales y darle de palos al pensamiento. Lo hacen hasta los más teóricos. De hecho, este ramalazo autodestructivo es muy común entre intelectuales. Y nos gusta decir cosas como: «¿Cuándo vamos a dejar de tener esta conversación para ponernos por fin a hacer algo?», olvidando, claro, que tener esa conversación ya es hacer algo. Y olvidando que la verdadera acción también implica una especie de autorreflexividad. Lo que en algunos marxismos se llama «praxis» tiene un lado de conciencia reflexiva y teórica. Así que soy reacio a decir que me dedico solo a concienciar, como si concienciar fuera un trámite de menor importancia que tienes que hacer antes de pasar a lo importante.

Has colaborado mucho con artistas. El arte es un gran espacio de libertad que, por un lado, es muy inclusivo pero, por el otro, también puede anular la capacidad de acción, la agencia, precisamente porque, como dirían algunos, «solo es arte». La paradoja reside en que, en ese sentido, colaborar con artistas puede ser visto como una estrategia contraproducente para lograr cambio real, pero al mismo tiempo es una manera muy interesante de llegar a grandes públicos y difundir teorías en un sentido muy amplio.

Por supuesto que nunca es solo arte. Por lo demás, la idea de que solo sea arte no es problema mío ni del artista, es un problema de ideología social que tenemos que arreglar, y una de las maneras de arreglarlo es defender que la dimensión estética, que es donde en verdad ocurre el arte, es de hecho la dimensión causal. De manera que el arte interviene y altera directamente el principio de causa y efecto. Por eso es muy, muy importante. Y bueno, si nos fijamos en un artista como Olafur Eliasson, que según la convención estaría haciendo una obra apolítica, enseguida se percibe que, en el fondo, su arte es profundamente político, porque transforma literalmente el espacio social. Puede que no te guste cómo transforma el espacio social, pero es político en la medida en que lo está haciendo. A mí me encanta colaborar con él en esa labor en las formas en las que me es posible, porque creo que nuestro espacio social no es bueno. En concreto, no es bueno para los seres no humanos.

«El arte es una buena táctica, porque, en lugar de aguantar una pancarta y quejarme delante de un banco, esto es mucho más similar a la táctica anarquista de ocupar —sencillamente planteas una forma distinta de habitar el espacio social—.»
Timothy Morton

Trabajo con muchos arquitectos y también con muchos compositores. Ahora mismo estoy colaborando con Jennifer Walshe en proyectos relacionados con lo que a mí me gusta llamar hiperobjetos. Y he colaborado con Björk, compusimos una pieza juntos. He trabajado con una artista lituana llamada Emilija Skarnulyte en una instalación que presentó en Vilna el año pasado, para la que yo di una conferencia y la ayudé a pensar algunos de los fundamentos conceptuales de la propuesta. He colaborado con Haim Steinbach, un contemporáneo de Jeff Koons que de alguna forma se enamoró de la ontología orientada a objetos y quiso que le ayudara a entenderla mejor. Hemos colaborado en un par de cosas.

Así que hay muchos proyectos en marcha. Me alegra mucho y me parece que, en fin, es una buena táctica, porque, en lugar de aguantar una pancarta y quejarme delante de un banco, esto es mucho más similar a la táctica anarquista de ocupar —sencillamente planteas una forma distinta de habitar el espacio social—.

Gran parte de la crisis ecológica que atravesamos guarda una relación directa con nuestra forma de pensar, que dio lugar a lo que tú llamas la «agrilogística», una de nuestras maneras de interactuar con el medio ambiente. Y ya es demasiado tarde. Vivimos en ese más allá, de acuerdo, pero me pregunto si podemos conseguir pequeños cambios ajustando nuestra forma de pensar sobre estos temas. Puede que sea demasiado tarde para mí, que crecí pensando en la Naturaleza como cosa, como escenografía, pero, ¿qué podemos hacer para cambiar la perspectiva de las generaciones futuras? Por ahora he tenido bastante éxito contándole el mundo a mi hijo de tres años sin mencionar la Naturaleza o ciertas ideas que creo que están en el centro del problema, aunque pronto, cuando empiece a hacer preguntas más complejas, me pondrá contra las cuerdas. ¿Qué consejos puedes darme?

Creo que no deberíamos presionarnos en exceso porque, como dijo Wittgenstein, «las explicaciones tienen en algún lugar un final». Y el fracaso es consustancial a explicar las cosas. El fracaso es consustancial a actuar sobre las cosas, porque es consustancial a la mera existencia. Las cosas siempre contienen algún tipo de tara interna que, al final, conduce a su autodestrucción. Así que en verdad no hace falta nada más. ¿Qué hacer, qué consejos? Bueno, una parte de mí admira a Trevor Horn, el compositor musical de los ochenta, y siempre me ha gustado su acercamiento a lo que se llama un muro de sonido, en el que cada instrumento, desde el más pequeño triángulo hasta el bajo más potente, es audible más o menos al mismo volumen, al menos en una especie de ilusión acústica. ¿A qué me refiero con eso? Creo que me refiero a un muro de acción ecológica.

«Los hiperobjetos son cosas tan grandes en el tiempo y el espacio que no las podemos tocar, no las podemos entender en su totalidad, solo podemos ver fragmentos borrosos.»
Timothy Morton

Hay que valorar las cosas pequeñas y hay que valorar los grandes asuntos, así que ahora mismo es muy importante asegurarse de que los humanos hacemos una transición de los combustibles fósiles hacia la energía solar y eólica, etc. Ahora mismo es muy importante enfadarse por la extinción masiva. También sería muy bueno implicarse en cambiar el espacio social para que sea menos misógino y más respetuoso con los seres no humanos y los pueblos originarios. Pero bueno, también hay cosas muy sencillas, como quitarse los zapatos.

Cuando se publicó Hyperobjects, escribí a la gente que más había nutrido mi visión sobre esos temas. Los hiperobjetos son cosas tan grandes en el tiempo y el espacio que no las podemos tocar, no las podemos entender en su totalidad, solo podemos ver fragmentos borrosos. Cosas como el calentamiento global, o la biosfera, por ejemplo. Son enormes físicamente, pero en realidad, en cierto modo, son abarcables. Una de las formas de tomar conciencia de que estás viviendo en un planeta, sin tener que emplear el concepto de Naturaleza, es quitarte los zapatos y sentir la alfombra, o el parqué, o el cemento. O quizá la hierba. El día en que se publicó mi libro, invité a todas las personas que habían contribuido a mi manera de pensar a que lo probaran. Y recibí muchísimas respuestas maravillosas sobre lo reveladora que podía ser, de alguna forma, una acción tan simple.

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