Cuando la creatividad dejó de ser (exclusivamente) humana

¿Cómo funcionan las inteligencias artificiales artistas? Analizamos el que parecía ser el último reducto de la creatividad humana.

James Montgomery Flagg con un maniquí, 1913

James Montgomery Flagg con un maniquí, 1913 | Library of Congress | Sin restricciones conocidas de derechos de autor

El desarrollo de inteligencias artificiales (IA) capaces de componer una melodía o pintar un cuadro surge del resultado de investigaciones que van desde el estudio de la mente humana y sus procesos creativos hasta el diseño de sistemas capaces de replicar los mecanismos cognitivos del cerebro del artista. Disciplinas como la neurociencia, la informática, la teoría del arte o la filosofía confluyen en un camino que nos lleva del descubrimiento de la chispa de la creatividad a su réplica en un sistema artificial. Un trabajo cuyo futuro nos hace plantearnos si el arte dejará en algún momento de ser considerado una actividad exclusivamente humana.

Pensemos en la Revolución Industrial. La incorporación de las máquinas en el proceso productivo demostró, como en tantos otros acontecimientos de nuestra historia, que la tercera ley de Newton es igualmente infalible en cuestiones ajenas a la física: toda acción sobre un cuerpo tiene como resultado una reacción de igual valor pero en sentido opuesto. Y a la acción de automatizar ciertos procesos repetitivos de las fábricas textiles vino una reacción ludita por parte de los trabajadores menos cualificados y que estaban encargados de desarrollar dichas tareas. El aumento de los beneficios del empresario llevó inevitablemente a la pérdida de muchos empleos, y eso cabreó a la gente, como es normal.

El paso de los siglos ha demostrado que este escenario ha ido repitiéndose en distintos ámbitos cada vez más alejados de aquellas tareas repetitivas que cualquiera podría hacer. Las máquinas se sofisticaron y nacieron los robots, y en ellos se centraron la mayoría de críticas de un neoludismo que clamaba en contra de la incorporación en nuestras vidas de las nuevas tecnologías. Sin embargo, todo apuntaba a que ciertos trabajos serían imposibles de replicar por estos engendros metálicos. La creatividad humana era, como la aldea de Astérix, ese pequeño reducto que el imperio tecnológico no podría subyugar.

Pero llegaron las inteligencias artificiales y la concepción de que hay algo puramente humano que no sabrá emular una máquina acabó por quedar obsoleta. Unas nos vencieron al ajedrez. Otras al go. Y otras se encargaron de demostrarnos que leer miles de artículos científicos para elaborar un diagnóstico médico puede hacerse en cuestión de minutos (aunque en esta vida no hay nada perfecto, querido Watson). Cada ámbito de la creatividad humana se veía invadido por IA que día a día lo iban haciendo mejor. Incluso el mundo del arte, máxima expresión de la autorrealización humana, descubría con sorpresa cómo los ingenieros llegaban con sus libretas y empezaban a anotar sus pasos con renovada curiosidad.

Motor de la locomotora Prussian Class S 10

Motor de la locomotora Prussian Class S 10 | Daniel Mennerich | CC BY-NC-ND

Así nacieron las inteligencias artificiales artistas. Sistemas complejos que, mediante técnicas de aprendizaje, redes neuronales o algoritmos genéticos, empezaron a imitar el trabajo de pintores, escritores o músicos. Para tal fin, sus diseñadores y programadores tuvieron que comprender cómo funciona el cerebro de un creador y en qué se basa para obtener sus resultados. Un objetivo que les llevó a la necesidad de trabajar en colaboración con neurocientíficos y teóricos del arte. Todos juntos se hicieron la pregunta esencial: ¿cómo surge la inspiración artística?

De ahí extrajeron un factor común que serviría tanto para escribir un cuento como para pintar un óleo o componer una melodía: que el artista se alimenta de la obra de otros artistas. Parafraseando a Picasso, los buenos artistas copian, los grandes roban y las inteligencias artificiales categorizan en bases de datos. Así que pusieron a sus IA a recopilar el máximo de información disponible sobre su ámbito de creación. A Shelley, una IA escritora de cuentos de terror, la atiborraron con obras de clásicos como Poe y de escritores más contemporáneos como Stephen King, además de toda obra de terror disponible en línea libre de derechos e incluso una colección de 150.000 historias del canal de Reddit Nosleep. A Flow Machines, una IA música, le dieron una ración de 13.000 canciones clasificadas por estilos. Y a The Next Rembrandt le presentaron 168.263 fragmentos pictóricos de las 346 pinturas del autor del que toma el nombre.

Teniendo una buena librería de referentes a sus espaldas, la IA artista recibe su encargo. Un cuadro. Un relato. Una canción. Y es ahí donde entran en funcionamiento los algoritmos con que han sido programadas –su código genético– para desarrollar el resultado óptimo o, lo que es lo mismo, la obra finalizada. De la misma forma que un autor humano, las IA realizan prueba tras prueba comparando los resultados con las obras que conocen en función de distintos parámetros. Con ayuda humana o de forma independiente van acercándose a su objetivo hasta que consideran que han llegado a la última iteración. Y una vez acabada la etapa creativa, plasman el resultado en el medio escogido.

Creativity

Creativity | Mark van Laere | CC BY-NC-ND

Es poco menos que alucinante observar el resultado del trabajo de estas IA, pero no debemos olvidar algo fundamental: estas artistas no crean por un impulso vital o por una necesidad. Su arte no nace de una poética concreta o de una propuesta que ha ido refinándose con el paso del tiempo. Son capaces de imitar el proceso creativo de la mente humana, pero, al fin y al cabo, no dejan de cumplir las órdenes para las que han sido programadas. Hemos logrado automatizar la creatividad y modelizar sus diferentes partes, pero aún nos falta replicar ese impulso que hay detrás del primer paso del artista.

Tal vez con la llegada de la singularidad este paradigma cambie por completo. Una vez las IA sean capaces de automejorarse y trasciendan nuestras capacidades, esa sensibilidad artística de la que adolecen hoy en día podrá surgir de manera natural en sus entrañas de silicio. Las IA no harán arte porque se las haya programado así, sino porque les apetecerá crear. Sentirán el impulso de quien necesita escribir para expresar una emoción o del que, si no pinta, siente que acabará marchitándose irremediablemente. Dentro de su pirámide de Maslow particular, llegarán por la vía rápida a la cima de la autorrealización.

Lo interesante de ese acontecimiento estará en ver cómo seremos capaces de reaccionar ante estas nuevas formas de expresión. Entendemos las obras de arte –o al menos parte de las mismas; ahí tenemos las habituales polémicas asociadas al arte contemporáneo– gracias a que somos seres humanos y nuestras mentes se construyen sobre un andamiaje común. Compartimos, por así decirlo, una misma base conceptual que, por mucho que difiera en función de nuestra formación en bellas artes o teoría de la estética, se encuentra alojada en espacios similares: nuestros cerebros. Si el arte es un reflejo de la realidad, todas las creaciones artísticas existentes hasta la fecha han sido filtradas por el mismo tipo de mente, la mente humana.

La llegada de una nueva hornada de IA artistas y autoconscientes, por el contrario, nos ofrecerá algo nunca visto antes: arte concebido por mentes no humanas a partir de sus propios impulsos creativos. Y ante esta situación solo se me ocurren dos escenarios posibles. En el caso más pesimista, seremos incapaces de comprender el arte concebido por una IA. Nuestra capacidad de recepción estética se vería sobrepasada. Sin embargo, aún hay espacio para la esperanza. Tal vez en el futuro sigamos compartiendo esquemas cognitivos con unas IA que, a fin de cuentas, han nacido de nuestra forma de comprender el mundo. En ese caso, puede que asistamos a nuevas formas de expresión que estimulen nuestras mentes como nunca antes ha sucedido. Obras que dejen en evidencia cualquier síndrome de Stendhal habido y por haber gracias a la intensidad del goce artístico causado. Tal vez, y solo por llevar la contraria a tantas distopías existentes, el futuro no depare un alzamiento violento de las IA, sino una revolución llena de belleza y arte. Inteligencias artificiales que no quieran destruir, sino solo construir. A fin de cuentas, si una inteligencia supera las capacidades humanas, no es descabellado imaginar que también deje atrás uno de los mayores defectos de la humanidad, ¿no?

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