¿Quién salvó la red?

Entender Internet como bien común, implica garantizar a los ciudadanos el derecho a la libre expresión, a la privacidad y al acceso.

Pintores suspendidos en los cables del puente de Brooklyn, Octubre 1914.

Pintores suspendidos en los cables del puente de Brooklyn, Octubre 1914. Eugene de Salignac – NYC Muncipal Archives. Dominio público.

Nos estamos ahogando en visiones distópicas de Internet llenas de ataques a la privacidad, la libertad de expresión y la seguridad personal que eran impensables hace solo una década. Algún día, echaremos la vista atrás y nos preguntaremos: ¿quién salvó la red? Y nos acordaremos de que fue necesaria una combinación de brillantes educadores, hackers e innovadores, activistas globales y dedicados legisladores para proteger una de las creaciones humanas más importantes y prometedoras de todos los tiempos.

De repente, la red estaba ahí. Para quienes recuerdan una época antes de la red, hará unos veinticinco años, conectarse por primera vez fue como recibir un pasaporte para un nuevo mundo.

El número de páginas web era todavía tan pequeño que podías organizarlas por índices temáticos. Sentías que estabas contribuyendo a la grandeza cada vez que creabas una página web o publicabas un comentario. No solo estábamos explorando un nuevo mundo, lo estábamos creando juntos. Hoy en día, la gente está creando, subiendo y compartiendo información como nunca antes, pero la red es tan vasta que nuestras contribuciones individuales parecen una gota en el océano. Nuestras aportaciones son solo valiosas durante un rato, antes de ser inundadas por otras imágenes, sonidos e impresiones.

Cualquiera que llegue a la red por primera vez hoy se verá confrontado por su enormidad. ¿Cómo puede algo tan grande haber sido tan pequeño? Damos por sentado la existencia de Internet. No valoramos la suerte que representa que fuera diseñado para ser algo tan libre y tan abierto que cualquiera pudiera hacer una página web o enviar un correo electrónico, o que cualquiera pudiera describir una injusticia y tener oportunidades reales de ser escuchado en todo el mundo. No acabamos de entender cómo funciona, de dónde viene y por qué tenemos que protegerlo. Algunos de nosotros ni siquiera sabemos que hay Internet más allá de Facebook.

Como los océanos, la red está contaminada. Hemos permitido que todo tipo de grandes industrias y alcantarillados contaminen sus aguas. Y al igual que hacen los movimientos medioambientales por todo el mundo, ahora necesitamos aclarar de dónde proviene el daño, educar a la gente sobre lo que está en riesgo y trabajar en el desarrollo de los marcos regulatorios que permitirán proteger los delicados ecosistemas de la red.

Actualmente, hay mil millones de páginas web en el mundo. Pero cerca del 75% están inactivas y la mayoría del 25% restante apenas son visitadas por humanos. Ni siquiera sabemos si fueron creadas por humanos. Los robots ordenador han sido programados para aprovechar cualquier posible nicho de beneficio económico a través de la publicidad en línea, las páginas web con spam y la ciberocupación. Las empresas de publicidad nos rastrean y vigilan mientras navegamos, ralentizando nuestros movimientos. Los buscadores que utilizamos están controlados por algoritmos que favorecen el contenido de las páginas más populares (y las que más pagan) de una forma que perpetúa su éxito. No hacemos clic en los enlaces, no exploramos para buscar otras perspectivas.

Como consumidores, pasamos la mayoría de nuestro tiempo en línea usando aplicaciones gratuitas y redes sociales que nos animan a permanecer en recintos controlados, donde se puede rastrear nuestra actividad y mantenernos entretenidos con vídeos, sensacionalismo político, cotilleos y todo tipo de contenido goloso.

Todo el mundo debería tener acceso a Internet, ya que en las condiciones adecuadas la red estimula el crecimiento económico y el conocimiento. Es en ella donde las nuevas empresas despegan, donde la transparencia y la eficiencia de los gobiernos está creciendo. Es la plataforma más importante para la cultura global y la información, donde los discursos oficiales coexisten con las historias personales de la gente y donde una educación universitaria gratuita está disponible para cualquiera que tenga el tiempo y el interés. Es donde la gente se empodera para tomar mejores decisiones acerca de su salud y donde puede buscar consejo de sus colegas para prosperar en cualquier ámbito laboral. Ha hecho el mundo más pequeño, ha cambiado el equilibrio de poder entre los ciudadanos y los gobiernos y ha posibilitado las comunicaciones diarias entre fronteras.

Pero dependiendo de cómo se expanda, Internet podría llevarnos por caminos más distópicos. A las compañías de teléfono les gustaría vender el acceso a distintas partes de la red a distintos precios, ralentizando y acelerando el acceso a determinado contenido con fines comerciales. Los gobiernos que temen las influencias externas quieren crear sus propias versiones de la red, o al menos poder encenderla y apagarla a su voluntad. La censura está en auge y la vigilancia en nombre de la seguridad nacional no conoce límites. La información personal y los números de tarjetas de crédito se ven expuestos sistemáticamente por hackers que tienen en su punto de mira a los bancos, a los servicios comerciales y a varias bases de datos de gobiernos.

El informante estadounidense Edward Snowden le hizo al mundo un enorme favor en 2013 al demostrar que la vigilancia masiva de nuestras comunicaciones globales y nuestras ubicaciones es una realidad. Pero muy poco ha cambiado en consecuencia. Se nos ha hecho creer la cantinela de que la tecnología es neutral, que no tenemos nada que esconder y que se nos dan cosas gratis sin ningún compromiso. La privacidad por fin se ha convertido en una preocupación popular a escala mundial, pero mucha gente teme que ya sea demasiado tarde.

Los riesgos son infinitos cuando consideramos que Internet atraviesa casi todos los aspectos de nuestras vidas. Llevamos encima el móvil allá adonde vayamos, nuestros hogares están repletos de “cosas” que se conectan a Internet, incluidos los altavoces y los sistemas de electricidad. Nuestras ciudades también se están volviendo más “inteligentes”, con cámaras de vigilancia que detectan movimientos, coches que se conducen solos y sortean obstáculos, y un cuerpo de policía que intenta detener los crímenes antes de que se cometan. Hasta el aire que respiramos está contaminado por la huella de carbono de los servicios globales de Internet.

Todo el mundo está implicado en lo que pasa. Incluso los cuatro mil millones de personas que todavía no tienen acceso a Internet pronto verán sus huellas dactilares registradas y almacenadas en bases de datos en línea, de propiedad gubernamental y controladas por las grandes empresas. Los datos biométricos de más del 90% de la población adulta de India se añadieron a una base de datos nacional en línea antes siquiera de que hubiera una normativa que regulara cómo emplear esos datos, si la gente necesitaba dar su consentimiento, y cómo gestionar el uso indebido.

En casi cualquier ámbito, resulta evidente la lentitud de la regulación de derechos en comparación con la velocidad del cambio tecnológico. Ni el propio Internet tiene un documento fundacional o una constitución. El inventor de la red, Sir Tim Berners-Lee, sostiene que deberíamos tener una “Carta Magna para la red” que se pusiera en práctica a escala global. Ya hay bastante gente que ha hecho propuestas semejantes durante los últimos años, de manera que los investigadores del Berkman Center for the Internet & Society de Estados Unidos acaban de terminar un estudio que compara 30 intentos de redactar una “constitución digital”.

Los tres principales derechos que aparecen en todos los documentos son:

  1. La libertad de expresión
  2. El derecho a la privacidad
  3. El derecho de acceso a Internet

La existencia de una Carta Magna o unos estatutos populares de Internet, además de la declaración de Internet como derecho humano, serían útiles para plantear un discurso global, pero necesitamos que suceda mucho más. Para bien o para mal, los países siguen el ejemplo de otros países. Necesitamos que los estados democráticos que crean en la libre expresión prediquen con el ejemplo y dejen de perpetuar un doble rasero en lo referente a la vigilancia masiva y la dirigida a individuos que no han sido acusados de ningún crimen. El derecho a la privacidad debería ser válido para todo el mundo, siempre.

En todas las sociedades, necesitamos que los legisladores luchen por la neutralidad de red, que es el principio por el cual todo el contenido en línea se debería mostrar en igualdad de condiciones respecto al resto. En un estudio que examina las regulaciones relativas a la neutralidad de red en distintos países, Chris Marsden, de la Universidad de Sussex, afirma que es crucial orientar las empresas de Internet móvil en la dirección adecuada. En junio, un tribunal federal de Estados Unidos dictó que Internet debe ser tratado como un bien público, igual que el agua o la electricidad, algo a lo que todo ciudadano del país debería tener acceso.

Necesitamos que las organizaciones de derechos del consumidor de todo el mundo luchen para que se implementen estándares de protección de datos y para que se protejan los derechos individuales. También necesitamos que se expliquen con transparencia los algoritmos que afectan a nuestras vidas —en la banca, en las noticias en línea y hasta en Facebook—. No hay ningún aspecto de la expansión digital sobre el que podamos bajar la guardia como ciudadanos y consumidores.

Una explosión en el número de propietarios de teléfonos móviles representa la promesa de conectar a mucha de la gente más desfavorecida del planeta (el 80% de África sigue sin tener acceso a Internet), pero muchos gobiernos se han dado prisa para obligar al registro individual de las tarjetas SIM, lo que complica la comunicación privada. Mientras tanto, cuesta imaginar que la próxima gran innovación de software o la próxima gran plataforma web vaya a ser creada desde un teléfono móvil. Con independencia de dónde esté, la gente necesita tener acceso a ordenadores y a una alfabetización digital. Por suerte, los movimientos de la sociedad civil de todo el mundo están empezando a incorporar la lucha por los derechos digitales, en paralelo a sus luchas por los derechos de las mujeres, de los estudiantes, de libertad de prensa, de paz y casi de cualquier otra causa.

La red es un gran elemento democratizador, pero siempre y cuando persistan divisiones digitales, también puede acabar reforzando prejuicios sociales e injusticias. Las políticas TIC adoptadas a escala internacional para favorecer un acceso a Internet más rápido y asequible, bajando los impuestos al sector tecnológico y estimulando la competición entre las empresas de telecomunicaciones, tienen que estar escritas de forma respetuosa con los derechos humanos (véase la Declaración Africana de Derechos Digitales), y tienen que apoyar especialmente a las mujeres y a los ciudadanos de zonas rurales para conseguir acceso a la red. Todas esas medidas deben ser compartidas y discutidas en público.

Valga todo esto para decir que hay esperanza para Internet. Necesitamos prevalecer frente al mal comportamiento que amenaza con dañarnos y debemos proteger las partes de la red que son más importantes para nosotros. Durante demasiados años, Internet ha sido algo que usábamos, no algo sobre lo que aprendíamos en el colegio. Todo el mundo tiene que aprender que tenemos el deber cívico de proteger la red y hacerla un espacio mejor.

Necesitamos participar en las expresiones en línea del idioma local, en las noticias, la literatura, la música y la cultura, y seguir luchando por un Internet más rápido y asequible para la gente que todavía no ha llegado a él. La red representa la televisión, el periódico, la biblioteca y el archivo global de nuestro pasado y nuestro futuro. Todos somos responsables de ella y, tal y como en su día la creamos, ahora también podemos arreglarla.

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