Los memes como manualidad digital

Fuente democrática de creatividad colectiva, los memes definen nuestra cultura digital a través de prácticas transformadoras.

Un grupo de mujeres haciendo manualidades de Navidad.. Stadskällaren, 1962

Un grupo de mujeres haciendo manualidades de Navidad. Stadskällaren, 1962 | Reinhold Carlsson, Arboga kommuns Fotoarkiv | Dominio público

El confinamiento nos ha permitido hacer muchas cosas con las manos: hemos buscado de forma desesperada pasatiempos que nos permitieran encontrar algo de paz ante tanta incertidumbre. Y ahí estaban los memes, la comida y las manualidades. La cocina goza de respeto intelectual, pero memes y manualidades son considerados pasatiempos fútiles incapaces de albergar una práctica transformadora. Pero ¿y si los memes son manualidades digitales que están configurando la cultura popular y el folclore del mañana?

Cada vez que alguien me ha preguntado qué tal nos había ido en el confinamiento, me veía obligado a usar una metáfora futbolística: estamos en mitad de la tabla. Por suerte, y aunque llevemos una vida precaria y nuestro casero haya decidido subirnos el alquiler durante la pandemia (hell yeah), los ingresos de nuestra unidad familiar no se han visto comprometidos a corto plazo y tenemos una cierta tranquilidad hasta final de año. Además, el teletrabajo fue una opción factible desde el primer momento. Salvo por dos pequeños detalles: sendos seres vivos de 3 y 6 años que viven en casa. Nuestras hijas.

Cualquiera que se haya enfrentado al confinamiento teniendo que compaginar crianza, teletrabajo y el mantenimiento de la intendencia doméstica habrá comprobado el reto que supone mantener la salud física y mental de todos los miembros de un hogar. Comer en casa mejora notablemente la salud pero aumenta el número de productos que hay que limpiar minuciosamente con un trapo con agua y lejía, la cantidad de loza que hay que fregar y los quebraderos de cabeza para configurar un menú saludable y nutricionalmente libre de culpas. Además, a esas edades las niñas no mantienen su atención en nada (ni siquiera en las pantallas) durante el tiempo suficiente como para que dé tiempo a hacer todo-lo-que-había-que-hacer.

Pasé las primeras semanas obsesionado con que no iba a ser capaz de mantener el ritmo de trabajo. Y tenía motivos. No conseguíamos dedicar más de quince horas por semana a estar delante del ordenador. Sumado a la ansiedad que me generaba la situación sanitaria, el tiempo que me tocaba estar con mis hijas no estaba siendo el padre más imaginativo del mundo. Por suerte, en las unidades familiares, como en los equipos, siempre hay alguien que te hace la cobertura, por añadir otra metáfora futbolística. Sofía, mi compañera de vida y madre de nuestras dos hijas, comenzó a hacer de las tardes un carrusel de actividades centradas en las niñas.

Yo no lideraba pero intentaba colaborar con todo tipo de eventos que iban desde siluetear nuestros cuerpos a tamaño real para luego vestirlos y tunearlos con distintas texturas y formas para trabajar la identidad (lentejas, purpurina, trozos de lana, plastilina), hasta producir mensajes a favor de la sanidad pública en una vieja sábana blanca que asumió su nuevo rol con bastante dignidad. También había experimentos gastronómicos en la cocina: masa para pizza, galletas, pan o bizcocho. Todas, además, en un horno portátil de esos en los que es un reto conseguir el punto de cocción y horneado exactos para este tipo de alimentos. Hubo otros de carácter científico patrocinados por el colorante alimenticio, un must de nuestra vida confinada. Y así pasaban los días y las niñas tenían un quehacer diario que servía de sintonizador emocional en una situación en la que a los adultos nos costaba mantener la compostura todo el tiempo. Dicho así, suena a elaboradas propuestas pedagógicas, pero en casa simplemente las llamábamos manualidades.

A la vez que participaba de las manualidades, me refugiaba en la memética. Con la excusa de que tenía que escribir sobre ello para eldiario.es o aprender para poder importarlo en los talleres de ZEMOS98, consumía y distribuía diariamente muchos memes. Me dediqué a tratar de documentar cómo se usaban las redes para afrontar lo que estaba pasando: el humor al inicio y con la pandemia ya avanzada, los memes sobre la supuesta falta de papel higiénico, las canciones, el uso creativo de los balcones, el aplauso como meme… De todas las fuentes de «desconexión», sin duda la más poderosa estaba siendo TikTok.

Ya conocía la herramienta y, de hecho, la había reseñado el año anterior. Pero fue durante la cuarentena cuando empecé a usarla intensamente. Y lo hice porque hubo algo en ella que conectó con lo que estaba pasando en nuestro entorno doméstico: los retos. TikTok es una máquina de fabricar memes audiovisuales. Su configuración está pensada para que, a partir de una canción o de un sonido, miles de personas repliquen y copien una coreografía o un juego. Así, y con un férreo control editorial, mi contribución a la estabilidad emocional de la familia pasaba por compartir a diario aquellos vídeos que, o bien pudieran ser graciosos y nos hicieran reír, o bien activaran un juego que consistía en tratar de copiar una coreografía que era tendencia en TikTok. Luego los enviábamos al resto de la familia en grupos de WhatsApp y pasábamos los días intercambiando retos relacionados con aspirar a la dignidad coreográfica (siguiendo bailes de moda) o con hacer el chorra (empurrando la cara en harina o emulando vídeos graciosos).

 

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Una broma que fue tendencia en TikTok y que traté de emular.

Sofía también trataba de articular todo lo que nos estaba pasando en casa con el vacío de la escuela mientras preparaba junto a otras socias de proyecto el lanzamiento de PLANEA, una red estatal sobre arte y escuela. En un momento en el que la escuela, con su modelo tradicional de enseñanza, estaba quedando en evidencia, las prácticas artísticas, especialmente aquellas que pueden considerarse ciudadanas o comunitarias, parecían tener todo a su favor para disfrutar de algo más que de sus cinco minutos de fama. Quizá se había abierto por fin una grieta en la que pudiera germinar una escuela que albergara otras metodologías, otras estéticas y otros agentes. Pero ¿qué metodologías, qué prácticas y qué estéticas reproducían todas esas manualidades en los hogares confinados, y qué pueden decirnos sobre las certezas, si es que las hay, de lo que pueden hacer las prácticas artísticas por la escuela?

En medio de toda esa situación en la que costaba articular reflexiones que fueran algo más que parches diarios para los distintos estados emocionales que transitábamos, un texto aterrizó en las redes generando un interesante intercambio entre nuestros compañeros de trabajo y en casa. El texto, titulado «Manualidades y apagones» y publicado el 24 de Abril de 2020, recogía un interesante debate que a priori parece muy específico del ámbito de la educación artística pero que quizá sea una cuestión mucho más amplia y transversal. En él, Rafael SM Paniagua describía la situación de mucha gente en relación a la cultura y el confinamiento:

Saturados de consumir simplemente lo que se nos ofrece y enfrentados a nuestro propio aburrimiento, tristeza o malas expectativas con el futuro, por todos lados hay personas confinadas, cualesquiera que sea su condición económica, recuperando su tiempo, experimentando, creando y compartiendo. Asediadas por la hiperexcitación o el aburrimiento, las masas se han puesto a hacer masa de pan. La gente se ha puesto manos a la obra. Las creaciones amateur inundan las redes. Muchas personas que no acusan la brecha digital están retransmitiendo sus fantasías y propósitos o asistiendo a cursos virtuales. Cosemos, dibujamos, cantamos, hacemos sonar nuestros instrumentos por la ventana, o escuchamos los que otras personas hacen sonar.

Para luego recoger el meollo del debate diciendo: «Es irónico que muchas de las personas que trabajan para la democratización del arte y la cultura no puedan soportar el hecho de que cuando una experiencia en ese sentido tiene lugar no se ajuste a sus propias recetas».

Paniagua se refería a las críticas que provienen de quien lleva años tratando de convencer a estamentos institucionales de que la educación artística no consiste simplemente en hacer manualidades. Esta lucha ha tenido y sigue teniendo sentido para quien niega la transversalidad política y social que pueden ocupar la cultura y las prácticas artísticas en general, pero sobre todo en el currículum educativo. Pero tal como apunta Paniagua:

Quizá las manualidades no son el anacronismo metodológico de la educación artística que hay que criticar, sino la práctica material que inspira una ética del trabajo gozoso que hay que redescubrir (…). La educación artística o el trabajo cultural serían procesos complejos y elevados para los cuales las masas no estarían preparadas, pues andan como siempre con las manos sucias, embrutecidas por los memes que ellas mismas producen.

El texto activaba una conversación en la que se mezclaba nuestra comprensión por la defensa del arte como algo que debe generar pensamiento crítico con la intuición de que detrás de aparentes actividades banales hechas con las manos había mucho sobre lo que reflexionar.

Sofía me explicaba que entendía que el discurso antimanualidades está fundamentando en el hecho de que estas han restado espacio a otras prácticas artísticas en el ámbito escolar, un espacio ya de por sí escaso y tendente a la extinción. Además, las manualidades y su mala praxis han permitido identificar las prácticas artísticas con una serie de atributos que nada tienen que ver con el poder transformador del arte. Por otro lado, la negación de este fenómeno, en pleno confinamiento, como potencia colectiva y simbólica nos producía una incomodidad de la que no éramos capaces de desprendernos. Y en medio de esta conversación en la que digeríamos nuestra propia realidad a través del texto de Paniagua, Sofía enunció de forma visceral y espontánea la siguiente analogía que de alguna forma ponía en comunión nuestro sentir: «Es que los memes son manualidades digitales».

Algunas de las manualidades llevadas a cabo durante el confinamiento en casa de los Coca-González.

Algunas de las manualidades llevadas a cabo durante el confinamiento en casa de los Coca-González.

Los memes como manualidades digitales

La potencia de la analogía resonó automáticamente en mi cabeza y ocupaba mis pensamientos cada vez que abría TikTok o cada vez que hacíamos una nueva manualidad con las niñas. Lo compartí con mi amigo Fran y me dijo lo siguiente:

La analogía me parece audaz, pero me cuesta dar el salto de la manualidad al meme. Hay algo de la manualidad que a mí me gusta mucho y es el emplear algo de tiempo haciendo algo meticulosamente. Quizás el meme sea más rápido, más reproductivo. Yo admiro la inmediatez del meme y a la vez su capacidad para arrastrar en ocasiones un pensamiento más profundo, una inteligencia y una velocidad alucinantes. Pero lo que tiene la manualidad en sí es útil en tanto que es una tarea ardua que focaliza su atención, aunque no siempre tenga un gran significado o una intención comunicativa, como sí ocurre con el meme.

También lo compartí con mi amiga Maka, que me dijo lo siguiente:

Cuando comencé a estudiar la influencia de los memes y las culturas de internet en las protestas del 8M, comprobé en la práctica que los memes son manualidades. Manualidades adaptadas al entorno digital. No solo es que bebieran de los collages que se hacían (y pienso en Adbusters y en otras intervenciones sobre la publicidad), sino que algunos memes volvían a convertirse en collages pegados sobre un cartón en las pancartas que se pasearon el 8 de marzo. Estos «memes analógicos» ponen de relieve cómo el proceso de realizar un collage o un meme no tiene mucha diferencia. Los memes adaptan al entorno digital la filosofía punk del DIY, las tecnologías abiertas para que casi (aunque es un gran casi) cualquiera pueda acceder a ellas. El uso de elementos de la cultura de masas sirve a menudo como una suerte de código abierto del que se van tomando elementos que pueden ser fácilmente inteligibles para una gran mayoría.

Sofía, a su vez, completa hoy su reflexión de entonces añadiendo otras dos variables que cruzan crianza y clase social:

Entiendo el debate que se produce en el contexto de la educación artística, pero si analizamos lo que ha ocurrido con las manualidades durante el confinamiento podemos ver que han sido de las pocas actividades que se han hecho al servicio de las criaturas. Han respondido a una necesidad de hacer algo constructivo en un momento en el que todo eran incertidumbres, pero también creo que era una forma de ensayar la normalidad que había quedado suspendida. Como ocurriera durante el 15M, si pensamos las plazas como hogares confinados, allí se trató de emular una sociedad que de alguna manera recogiera las ausencias que los gobiernos estaban ignorando, y todo tenía una estética de pancarta, de maqueta, de plastilina. Nadie cuestiona por este motivo el potencial político de lo que allí se gestó. Me parece peligroso que, al no poder revestir estas actividades manuales de los hogares de un relato intelectual, automáticamente las descartemos; sería caer en un análisis profundamente elitista y clasista. El discurso también puede ser un privilegio. Cuando escucho críticas a las manualidades, no puedo evitar hacer una analogía con los memes: no hay una autoría clara, hay una arqueología poco sofisticada pero que permite resignificar lo cotidiano, son efímeros y tanto unas como otros están basados en la copia. Es probable que lo que estábamos haciendo en casa no haya servido más que para salvaguardar la salud mental y emocional de nuestras hijas en un momento en el que no había ninguna otra institución en la que apoyarse. Las manualidades nos han mantenido cuerdas, conectadas, sanas. En medio de una pandemia y una crisis sanitaria, es todo lo que se le puede pedir al arte.

Paniagua terminaba su texto apelando a la cultura como bien común para defender que «memes y manualidades» forman parte de ella:

La cultura es un bien común, no porque expertas en Historia del Arte como Estrella de Diego se empeñen en que así sea. Para comprender mejor lo que nos pasa en un tiempo en que se nos emplaza a estar confinados, quizá podamos recordar lo que nos pasaba cuando estábamos de verdad emplazados. El pensamiento colectivo de las plazas ocupadas –donde todo era sospechosamente manual y artesano–, sintetizado en declaraciones como la de la Comisión de Cultura de la AcampadaBCN, planteaba de un modo muy claro y preciso que «la política cultural no es la cultura» y que «las instituciones públicas no hacen la cultura, sino que gestionan los recursos públicos destinados a la cultura (…). La cultura tiene que ser libre y plural, y las políticas culturales tienen que reflejar, fomentar y garantizar esta libertad y esta pluralidad», pues de ella participamos todas las personas con nuestro pequeño folclore cotidiano».

Los memes como folclore digital

Memes y manualidades comparten procesos de producción, tal como apuntaba Maka. Pero la precisión de Fran es correcta: aunque uno pueda compartir una manualidad en Instagram, esta nace para ser un pasatiempo doméstico mientras que el meme es en sí mismo un dispositivo narrativo que rara vez se entiende fuera de un contexto social donde tiene una función comunicativa. Sí es cierto que comparten con las manualidades una especie de espíritu de usar y tirar. Y a pesar de esta evidente fugacidad, hay instituciones que se han planteado qué suponen con respecto a la cultura. Por ejemplo, la Biblioteca Nacional de España lleva varios años guardando memes por su valor documental para el futuro.

El colectivo Sal Viral (formado por Regina Rivas y Alicia Adarve) publicó el año pasado un libro titulado Folclore digital y política en España. En él hicieron una selección de más de 3.000 memes que habían recopilado, principalmente acerca de la XI legislatura. En su texto inicial defienden la idea de que el meme forma parte del patrimonio:

El meme de internet se ha convertido en un elemento muy utilizado que forma parte de conversaciones hasta llegar a convertirse en un lenguaje usado por la sociedad red de manera habitual, un lenguaje más allá de lo normativo que es capaz de «contar momentos destacados de la historia de España del siglo XXI y, por tanto, de la sociedad», parafraseando a Beatriz Barrio Rodríguez en su artículo «¿Son los memes patrimonio cultural?».

Salomé Cuesta, profesora de la Universidad Politécnica de Valencia, también colabora con un texto en el libro de Sal Viral y en él refuerza la idea de que los memes son folclore digital:

La investigación desarrollada por el colectivo Sal Viral sobre folclore digital se inscribe en el modo de actuar de la cultura digital contemporánea en tanto que «cultura participativa», donde productores y consumidores de memes estarían contribuyendo a fomentar la autorreplicación de objetos digitales condensando nuevas narrativas (…). Los memes recopilados contribuyen a definir los rasgos y particularidades de nuestra cultura digital: la creación de significados a partir de nuevas estructuras visuales/textuales donde las personas construyen a su alrededor, casi de forma orgánica, comunidades-red por la necesidad de crear sentido en torno a los acontecimientos. Los memes forman parte del tejido de la esfera pública, en la que se propagan y fluyen de forma anónima e imparable, de modo que constituyen un fenómeno de índole social que contribuye en el desarrollo de nuevas tradiciones y sensibilidades culturales (…). Según Limor Shifman, debemos entender «los memes de internet como folclore posmoderno; valores y normas compartidos que se construyen a través de artefactos culturales como son imágenes retocadas o leyendas urbanas». Ya no podemos pensar el «folclore» solo como lo viejo, lo amateur, lo rústico, es necesario considerar las manifestaciones culturales que devienen de la relación entre las prácticas de las experiencias cotidianas en conexión con la tecnología (gifs animados, hashtags, imágenes retocadas con efecto purpurina, etc.) (…). De modo que la próxima vez que recibas un meme y dudes entre reenviarlo a tus grupos, modificarlo, etc., piensa que, mientras continue mutando y en circulación, estaremos contribuyendo a difundir y crear nuevas formas de folclore digital.

 

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Un meme-pancarta en una manifestación feminista el 8M de 2018.

Los memes (y la memética como fenómeno) son una fuente realmente incontrolable y multidireccional de creatividad popular. A través de la imitación, la parodia o la sátira, entre otros, conforman una herramienta contestataria a la vez que suponen un reto a la hora de deconstruirlos. Aparentemente sucinto, incluso si presentan mucho texto (guiño-codazo para insiders), suelen ser unidades visuales complejas que contienen varias capas, distintos códigos de lectura e incluso interpretaciones en disputa. Los memes no son buenos o malos per se, son campos de batalla donde se libran debates de profundo calado social y político. Los hay que funcionan en el contexto de un pueblo y los hay que son mundialmente entendibles, los hay para determinados contextos académicos o activistas y los hay para machistas y racistas. Los memes son mutantes y mutables y debemos prestarles atención, analizarlos y entender que forman parte de nuestro acervo cultural.

Y así es como quedan ligados en mi experiencia (pero también en mi acervo teórico) los memes como manualidades digitales y por qué conforman una parte esencial del folclore contemporáneo y de la cultura entendida como ligazón social. O dicho de otra forma, remezclando a Sofía: las manualidades, los memes y las pizzas caseras nos han mantenido cuerdas, conectadas, sanas.

Las personas que aparecen mencionadas sin su apellido aparecen así por familiaridad y por el absurdo que supondría tratarles con distancia periodística tratándose de personas cercanas. Sin embargo, considero que son personas autorizadas para hablar del tema y por eso despliego aquí quiénes son desde un punto de vista más formal:

Sofía es Sofía Coca Gamito, miembro de ZEMOS98 desde 2005 y coordinadora regional en Andalucía de PLANEA, la red de arte y escuela promovida por la Fundación Carasso.

Fran es Fran MM Cabeza de Vaca, artista sonoro, profesor de secundaria durante dieciocho años en institutos públicos y actualmente responsable del proyecto comunitario del Departamento de Educación del Museo Reina Sofía.

Maka es Macarena Hernández, activista, experta en comunicación política digital y autora del Trabajo de Fin de Máster «Ni michismi ni fiminismi, la influencia de los memes y la remezcla en el discurso contrahegemónico de los feminismos en el 8M».

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  • Amalio Rey | 16 septiembre 2020

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