La suma de todos los miedos

El pensamiento conspiranoico es espejo de nuestros terrores colectivos y alimenta la desconfianza en enemigos exteriores e interiores.

Obra teatral «A Bruxinha que era boa», de Maria Clara Machado. Río de Janeiro, 1958

Obra teatral «A Bruxinha que era boa», de Maria Clara Machado. Río de Janeiro, 1958 | Arquivo Nacional do Brasil | Dominio público

Desde hace siglos, las principales fobias y ansiedades de cada sociedad han encontrado un vehículo expresivo en esa clase de teorías descabelladas que, pese a surgir de los márgenes y apoyarse en datos cuando menos dudosos, acaban sumiendo a un buen número de personas en una verdadera fiebre conspirativa.

Frank Henry Little, más conocido por sus vecinos de Butte (Montana) como Frank Little, fue asesinado a sangre fría el 1 de agosto de 1917. Este carismático líder sindical se había unido años atrás a Industrial Workers of the World y acababa de organizar una huelga de trabajadores portuarios en Wisconsin cuando fue linchado y ahorcado por seis hombres a plena luz del día, sin que las autoridades hicieran demasiado por descubrir la identidad de los criminales. De hecho, todo aquel que ostentaba un cargo público en Butte (no así los 10.000 trabajadores que acudieron a la procesión funeraria) se encogió de hombros y musitó algo acerca de cosechar lo sembrado, hecho que llevó al escritor Dashiell Hammett a formularse una sencilla pregunta: ¿Y si todo el mundo en esta maldita ciudad estuviese corrupto?

El resultado de ese terrorífico fogonazo de inspiración fue Ciudad de pesadilla (1924), un relato corto que, en palabras de William F. Nolan, refleja como pocos la visión de «un mundo caótico, sin forma o diseño» que caracterizaba al autor, para quien la gente como Frank Little nunca podría tener una oportunidad real, pues la banca siempre ganaba. La pequeña ciudad del título era Butte en el primer borrador, pero acabó transformándose en la ficticia Izzard de cara a la versión final. Hammett volvería sobre la idea de una pequeña comunidad unida, cual modernas Sodoma y Gomorra, alrededor del delito en su exitosa Cosecha roja (1926), pero Ciudad de pesadilla tiene el honor de ser una de las primeras ficciones puramente conspirativas jamás publicadas. Su protagonista entra en la historia con la gallardía de un clásico héroe aventurero, pero su estancia en Izzard (donde todo el mundo a su alrededor parece saber algo que él ignora) hará de él un paranoico de tomo y lomo. Los últimos pasajes del cuento, en los que la ciudad parece consumirse en un fuego purificador, son tan catárticos como falsamente optimistas: Hammett sabía muy bien que por cada ciudad de pesadilla que se incendiase, otras diez ocuparían su lugar.

Dashiell Hammett - Nightmare Town

Dashiell Hammett – Nightmare Town

Ciudad de pesadilla era, pues, un compendio perfecto de los principales vicios y pecados de la Norteamérica de la Ley Seca, un contexto tan caracterizado por sus episodios de violencia, corrupción y transgresión cotidiana que la existencia de una ciudad concebida como inmenso fraude a buen seguro no resultaba tan descabellada. Como muchas otras ficciones conspirativas posteriores, su cometido era concentrar en una única narración todos los miedos y ansiedades sociales de su época, pues uno no tiene más que estudiar las teorías más salvajes y aparentemente marginales de cada momento para saber cuáles eran las pesadillas colectivas. El pánico a una infiltración secreta de agentes nazis en el Londres del Blitz llevó a Graham Greene a escribir El ministerio del miedo (1943), del mismo modo que el cine estadounidense de los años cincuenta parecía obsesionado con el pánico rojo (o la idea de que los comunistas habitasen ocultos entre «nosotros»). A raíz del magnicidio de John F. Kennedy, el pueblo estadounidense empezó a tiritar de miedo ante la idea no ya de un enemigo exterior, sino interior: la posibilidad de que su propio Gobierno estuviera conspirando entre las sombras, sospecha que el escándalo del Watergate no hizo sino acrecentar. Mientras tanto, regímenes dictatoriales como el de Franco habían logrado cimentarse sobre una pirueta puramente conspiranoica y convertir a los enemigos personales de su líder en enemigos de la patria. La trama judeo-masónica-comunista que supuestamente asolaba España desde tiempos inmemoriales era, así, otra suma de todos los miedos, solo que esta viajaba desde arriba (las altas instancias) hacia abajo (el pueblo llano).

El pensamiento conspiranoico necesita siempre un marco de Ellos contra Nosotros para funcionar correctamente. Toda conspiración, desde los rumores de una mano negra rosacruz tras los acontecimientos de la Revolución Francesa hasta el actual movimiento antivacunas, está protagonizada siempre por una élite minoritaria que manipula de forma perversa e interesada a una mayoría mucho menos poderosa y, a no ser que despierte y se organice cuanto antes, mucho más dócil. Esta lucha desigual contra los desarrolladores secretos del Nuevo Orden Mundial equivale, en la práctica, a declararse en rebeldía contra todo aquello que huela a versión oficial, pero lo más fascinante, al tiempo que pavoroso, de los tiempos que nos ha tocado vivir es que esa rebeldía proviene, en ocasiones, de las más altas instancias. Al igual que el franquismo, el trumpismo fue muy hábil a la hora de aglutinar todos los miedos de su carismático líder en una misma masa uniforme: las élites globalistas, a las que se culpó directamente de mantener un «Estado Profundo», o un poder supragobernamental por encima incluso de la Casa Blanca. Si en los tiempos del Watergate la gente miraba a Washington con recelo, Donald Trump consiguió que un porcentaje sorprendentemente alto de la población creyese en lo que el experto en conspiraciones Jesse Walker bautizó como una «conspiración benévola»: el convencimiento de que el presidente de los Estados Unidos estaba trabajando sub rosa para ayudar a quienes lo necesitan y acabar con el reinado oscuro de ese Estado Profundo que, por supuesto, nunca fue más que una fórmula para demonizar al rival político.





Hablamos, por supuesto, de QAnon, probablemente la teoría de la conspiración más representativa de finales de los 2010 y principios de los 2020. Según una encuesta llevada a cabo por la NPR a finales del año pasado, un alucinante 17% de la población estadounidense cree que «un grupo de élites adoradoras de Satán están intentando controlar la política y los medios de comunicación mientras se dedican al tráfico de menores». El 37% de los encuestados declaró que no estaba seguro, mientras que un 12% añadió como guinda del pastel su apoyo a otra teoría completamente salvaje y, de alguna manera, íntimamente relacionada: que muchas de las masacres de los últimos años han sido, en realidad, fraudes protagonizados por actores y actrices profesionales. Las mismas élites satánicas que controlan el Estado Profundo estarían interesadas, pues, en acabar con la Segunda Enmienda a través de diferentes teatrillos encaminados a llamar la atención sobre los peligros de las armas de fuego.

Lo que esta encuesta pone de manifiesto es, a decir verdad, el inmenso poder de seducción que la conspiranoia ejerce sobre un porcentaje cada vez más alto de individuos que, durante un periodo histórico especialmente tenso y confuso, decide abrazar un populismo antisistema que sospecha por principio básico de cualquier versión oficial. En España también estamos observando cada vez más cómo la extrema derecha aprende a sincronizar sus discursos de odio con el pensamiento conspiranoico: en el fondo, se trata de instrumentalizar aquello que las teorías de la conspiración siempre han hecho mejor que nadie y asustar a la población con sumas de todos los miedos cocinadas expresamente para alimentar la desconfianza en enemigos exteriores e interiores. Ciudades imaginarias como la Izzard de Hammett siguen actuando como espejo que deforman nuestra realidad, pero ahora sus principales artistas no son autores preocupados por el modo en que el sistema ahoga sus promesas de progreso, sino demagogos interesados en pescar votos gracias a una generosa dosis de pánico conspiranoico.

Necesitamos, por tanto, creer en un posible renacimiento de la ficción conspirativa como herramienta para detectar y amplificar males presentes en nuestra sociedad, o como arma idónea para luchar contra la monopolización ultra de la mente conspiranoica. Autores como Thomas Pynchon, William S. Burroughs, Robert Anton Wilson, Margaret Atwood o Umberto Eco marcaron el camino: en lugar de dejar que el miedo y los discursos de odio construyan relatos con marcado interés electoralista, reclamemos la ficción conspiranoica como el territorio donde deberíamos denunciar ese asalto a la imaginación paranoica, donde abajo es arriba y cualquier pensamiento descabellado tiene cabida, pues nadie pretende que choque más adelante de forma traumática contra el muro de la realidad.

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