La mirada sin límites

Altar de Pérgamo (Museo de Pérgamo de Berlín).

Altar de Pérgamo (Museo de Pérgamo de Berlín).

Vivo en un panóptico perfecto. Desde la terraza de mi apartamento en el último piso de un edificio de Montevideo al que me he mudado después de una ausencia de 34 años, veo toda la ciudad. No hay edificios alrededor que me molesten, vivo en un barrio de casitas bajas y muchos árboles.

Desde mi teléfono móvil iPhone miro mi correo decenas de veces por día. Gracias a él, a Skype y a Twitter, esta ubicuidad total me permite estar al tanto de lo que pasa en Suecia, donde he vivido todo el exilio, y de los países y ciudades donde tengo los amigos que me importan, como Damasco y Gaza. Estoy totalmente conectada y mi presencia virtual se siente a menudo más entretenida y es más interesante que la que vivo en la cotidianidad de la vida real.

Cuando empecé a jugar a entretenimientos virtuales como UltimaEverquest y World of Warcraft, noté muy pronto que las emociones y sentimientos que se despertaban en mí eran difíciles de emular fuera del juego. La adrenalina,que alcanzaba niveles peligrosos cuando un monstruo me perseguía; la lucha, la sensación de pérdida cuando mi avatar moría o era herida, todas esas sensaciones eran infinitamente más poderosas dentro del juego que fuera de él. Incluso el erotismo virtual llegaba a niveles de comunicación y abstracción que superaban a menudo los encuentros en la vida real.

Pero yo también sé que esa extrema virtualidad que vivo me hace vulnerable a desencuentros y a la desaparición del cuerpo y su dimensión sensual y sensorial. Los místicos medievales como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila alcanzaban el éxtasis a través de la oración y de la sugestión, y siempre querían trascender los límites del cuerpo, huir de la cárcel de los sentidos, disminuir las señales que marcan el hambre, la sed, la libido. Hoy son los juegos o simulaciones los que nos hacen acceder a la dimensión posthumana.

Tomemos algunos ejemplos. En la película Matrix, los héroes se conectan a máquinas y a bases de datos que les permiten adquirir instantáneamente los conocimientos o habilidades requeridos para pilotar aviones o hablar idiomas desconocidos.

El altar del Museo de Pérgamo en Berlín muestra en un inmenso relieve la lucha entre los dioses y los gigantes; la lucha se representa en un muro plano y nuestro ojo puede ver hasta los detalles más insignificantes de los cuerpos en movimiento. Así se presentaban también los mapas del mundo del Medioevo: la tierra era plana y tenía un final, el llamado cabo Finisterre. El territorio más al norte de España no era una metáfora: la tierra terminaba allí y el mar que la rodeaba acababa en un abismo del que no se salía. También en los desopilantes cómics de la serieDiscworld, del escritor británico Sir Terry Pratchett, la tierra era plana. Además, se sostenía en el lomo de cuatro elefantes, que a su vez estaban encima del caparazón de una gran tortuga, llamada Gran A’Tuin.

En ese mundo plano controlado por un ojo omnividente también pensaba el científico británico Jeremy Bentham quien, a finales del siglo XVIII, diseñó una cárcel modelo, llamada panóptico, en la que todos los internos serían controlados por un ojo gigante. Esta idea sería luego la gran metáfora de George Orwell en su novela 1984.

El teórico Michel Foucault también usó el panóptico como metáfora de la sociedad en su libro sobre cárceles Vigilar y castigar, una obra en la que definió nuestra sociedad moderna como una sociedad en la que la normatividad implica la aceptación intrínseca de la disminución de los derechos individuales, el derecho a la subversión y el derecho a disentir.

Las grandes estructuras de la sociedad europea medieval fueron el castillo y el convento, dos modelos de producción y de control que creaban vínculos de vasallaje y de interdependencia. El feudalismo combinaba la descentralización más perfecta con uncomplejo sistema de relaciones de obediencia y la centralización total en la figura del rey, en torno al cual giraba el mundo.

La crítica literaria y cinematográfica uruguaya Alicia Migdal escribe así sobre el panóptico presente en buena parte de las películas producidas por Hollywood, como en la trilogía cinematográfica sobre Jason Bourne: ”Bourne, el agente amnésico, fue programado tanto para reaccionar ante cada estímulo peligroso como para pensar estrategias. El personaje deberá deconstruir esa máquina en la que lo convirtieron para volver a saber quién es y no solo aquello que es, es decir: una máquina de prever y de matar. En ese viaje hacia lo profundo de su identidad deberá enfrentar la totalidad del panóptico que lo construyó. Irá descubriendo que tal panóptico existe, que él fue formateado por ese sistema y que su progresivo conocimiento debe actuarhacia atrás. Desandando el camino, teniendo toda la información en su campo visual y conceptual, Bourne llegará al corazón de su identidad, que es también el corazón del sistema. La trilogía vertiginosa es esa deconstrucción del panóptico. Podemos pensar también de qué manera diferente se encarna el tema en la película alemana La vida de los otros, en la que el control del Estado se encarna a través del ojo real del funcionario de la Stasi que vigila personal y físicamente a la pareja de amantes, y de cómo esa personalización lo compromete emocionalmente y lo conduce a la muerte, haciendo fracasar, en parte, su función”.

La vigilancia y el control no se reducen a las máquinas y pantallas que controlan nuestro espacio y que pueden determinar nuestra posición en un mapa virtual de creciente complejidad. Además de los satélites que circulan alrededor de nuestro planeta y que envían información de tormentas, terremotos o accidentes de tráfico, hay una vigilancia y un control ejercidos por estados que aplican lo que el filósofo italiano Giorgio Agamben llama el ”Estado de Excepción”.

Según Agamben, el estado aplica leyes que fueron promulgadas en caso de guerra y de represión a tumultos. Estas leyes, que reducen los derechos civiles de los ciudadanos y que dan al estado potestades totales, se convierten en leyes permanentes, y el estado genera una situación de alerta también permanente.

En una corta estadía en Cuba, hace unos años, descubrí que el estado no necesitaba máquinas sofisticadas ni artilugios de vigilancia para controlar la vida de los ciudadanos, pues los Comités de Defensa de la Revolución se han convertido en centrales de información y de delación en las que las vidas de los que viven en Cuba y de sus visitantes son monitoreadas de cerca. En conversación con pescadores y taxistas, todos me decían: ”En este país hacemos el amor como locos y bebemos y fumamos porque son los únicos lugares en donde el Estado no nos puede controlar”.

Esta noche haré que mi avatar transgreda todas las leyes de los mundos virtuales: trepará montañas, combatirá dragones y hará el amor con ternura y pasión, como el amor debe hacerse en los mundos virtuales y en los otros.

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