La humanidad descentrada I

De la necesidad de considerar nuevas cosmovisiones orientadas a una resiliencia y a una posición más adecuada en este momento planetario.

Desde hace aproximadamente quinientos años, la cultura occidental se ha caracterizado, entre otras cosas, por situar al ser humano y aquello llamado «sujeto» en el centro del mundo. «Mundo» entendido en el sentido de lo conocido y donde se sitúa la Historia. Pero en las últimas décadas han aparecido una serie de voces y espacios que se preguntan si es razonable posicionar al humano en el centro de todas las cuestiones, incluso las más importantes, las éticas. Publicamos el primero de dos artículos que profundizan en nuevos modelos que consideran nuevas perspectivas para este momento planetario.

Podría parecer que hablar de ética está de moda, especialmente la ética en la inteligencia artificial. Llena cursos, charlas, artículos y sesiones en el marco de congresos de tecnología, mientras que las empresas tecnológicas crean sus propios espacios de pensamiento y evaluación o think tanks para desarrollar teorías y discursos sobre este asunto. A veces se trata de una ética orientada a resolver «potencialidades y contingencias», como ocurre ahora con el desplazamiento de decenas de miles de puestos de trabajo como resultado de estas tecnologías, es decir, como un efecto de la automatización, un proceso que en el fondo es anterior a lo que hoy en día incluimos bajo la etiqueta de «inteligencia artificial». Otras veces, esta ética se inspira en antiguas especulaciones de hace un siglo como, por ejemplo, la posible emergencia de la autoconsciencia en estas máquinas.

La ética de la que tanto se habla depende a su vez de las concepciones con las que describimos el mundo. Cosmovisiones, sistemas de creencias mediante las cuales tratamos de entender lo que sucede a nuestro alrededor. Y es que estas «éticas de la IA» se desarrollan con elementos culturales que arraigan en lo más profundo de la colectividad.

Uno de los temas centrales de la filosofía clásica se ocupa de lo que nos diferenciaba, en principio, del resto del mundo: la capacidad de consciencia y el razonamiento; percibir y comprender el mundo mediante los sentidos y la reflexión; e incluso tener consciencia de nosotros mismos (autoconsciencia).

En la tradición occidental, esta una de las bases sobre las que se ha establecido una clara distinción entre nosotros mismos, los que pensamos (humanos), y aquello que no piensa racionalmente (con esta etiqueta suelen clasificarse desde objetos como el dispositivo con el que lees esto hasta las plantas y los animales). En términos filosóficos, el primer elemento del binomio se suele designar, a grandes rasgos, como «sujeto» (término también aplicable al que observa algo en concreto), y el segundo, aquello que no piensa y/o no es como nosotros, como «objeto».

Estos principios, aunque parezcan complejos e inútiles, al mismo tiempo nos asisten en nuestro día a día en las relaciones entre personas o con la tecnología. Están enlazados con distintos campos de la filosofía, conocidos como la ontología, la epistemología y la fenomenología.

Vamos a tratar de no decir muchos «palabros» pero sí de establecer una base mínima para entendernos. La ontología intenta discernir cuál es la naturaleza de la realidad y de las cosas en un sentido muy amplio, aunque abstracto y profundo. La fenomenología, en cambio, se ocupa de la experimentación, de la percepción y de la toma de consciencia de los hechos y las cosas de nuestro entorno. Y la epistemología se centra en cómo adquirimos conocimiento del mundo y de nosotros mismos, e incluye la duda de si realmente tenemos capacidad de percibir la realidad y conocer la verdad de las cosas. En muchas ocasiones, estos tres campos se solapan en ciertos puntos. Y la ética es el campo de investigación de las diferentes propuestas de conducta y de qué es aceptable o inaceptable. Las propuestas éticas están sujetas a estas visiones del mundo y a estas interpretaciones de la realidad y de la sociedad.

A pesar de que parezcan campos alejados, inaccesibles para nosotros porque resultan crípticos, excesivamente abstractos o «inaplicables en el día a día», son los que desarrollan la vanguardia de gran parte de los modelos que explican el mundo, ligados en muchas ocasiones a la ciencia más empírica. Por ejemplo, el físico Niel Böhr que hace un siglo obtuvo el premio Nobel, fue uno de los fundadores de la física cuántica y describió el modelo de los átomos es menos conocido por su labor en la filosofía (de la ciencia), un campo donde introdujo algunas ideas esenciales como, por ejemplo, sobre el acto de la observación. Y es que ya nos debe de sonar eso de que, al observar algo, la misma acción de observar puede provocar una alteración de la realidad del objeto. Y más ahora que también se habla de la futurista computación cuántica.

Además, vivimos en un momento en el que dos grandes procesos históricos globales, cuando no globalizados, están intensificando un debate que afecta a lo más profundo de nuestras convicciones colectivas. Estos dos grandes procesos son, en primer lugar, la revolución, la adopción y la posterior normalización de lo digital y cibernético, que son las nuevas y ya no tan nuevas tecnologías que han hiperconectado diferentes partes del mundo, a diferentes personas distanciadas geográficamente, diferentes tipos de máquinas y, a estas alturas, incluso «cosas» en un sentido amplio. En este contexto, hace varias décadas se abrió un debate sobre lo que es real en relación a lo que es percibido y vivido. Un debate provocado sobre todo por las interacciones y las interfaces cibernéticas (cuando lo digital se llamaba así) que no parecían en absoluto reales porque no eran tangibles. Matrix, la saga de las hermanas Wachowski, por ejemplo, diseminó en la cultura pop parte de estas capas más reflexivas sobre el mundo y lo real.

En segundo lugar está la crisis climática. Aquello que denominábamos «cambio climático» o «calentamiento global» en este momento ya se encuentra en un estado de desencadenamiento de repercusiones visibles en más puntos del planeta y se hace patente para miles y miles de personas. Hasta la fecha había sido una idea que parecía abstracta porque la gran mayoría de nosotros no podía experimentarla. Este megaproceso conlleva también la intensificación de otro debate sobre el papel del ser humano en el mundo.

La explotación del entorno natural, si buscamos una conexión desde las interpretaciones que hemos hecho del mundo y de aquello que no es humano, tiene que ver con el hecho de que nos consideramos más «avanzados» que otros seres. Avanzados en las coordenadas de otro sistema que explica el mundo afirmando que el universo tiene un plan o un diseño intrínseco que conduce a una mejora y una sofisticación continuas. Y a pesar de que no acabamos de entender cómo podría concluir este plan, no son pocos los espacios culturales y sociales (incluyendo, hoy en día, el mundo corporativo) que sitúan al ser humano en la cúspide, un núcleo determinante del universo. Desde la teoría histórica de cambios secuenciales en proceso de mejora constante se le llama «progreso». Si esto se combina con otra creencia, de origen en parte espiritual o religiosa judeocristiana, según la cual el ser humano fue creado a imagen de un ente divino creador y según la cual la naturaleza está a su disposición, encontramos un refuerzo de la idea de que la posición del hombre (y de la mujer) está en el centro del universo en términos éticos y «ontológicos».

Estas perspectivas y estos modelos de visión del mundo que continúan muy vigentes, con las mutaciones y los barnices de la actualidad, ahora parecen cuestionados por un número creciente de colectivos, así como por espacios de investigación y pensamiento que ensayan y exploran nuevas formas de explicar el mundo; aunque no necesariamente como una reacción a los dos grandes fenómenos históricos que citaba, sino como una respuesta a inercias y debates vivos en el propio mundo de la filosofía. Actualmente parece que se estén situando como la vanguardia en espacios de las artes digitales, en la arquitectura y en diversos campos del diseño, las ciencias sociales y las ciencias en general.

¿Dónde podemos encontrar los hilos de estas experimentaciones, críticas y nuevas visiones en el campo del pensamiento? Las palabras clave son las siguientes: los neomaterialismos y las ontologías planas, dentro de las cuales tiene cabida la ontología orientada al objeto (a la cual se suele hacer referencia como «OOO» y que no debe confundirse con el mundo de Hora de aventuras), la Teoría del Actor-Red, el realismo especulativo (muy vinculado a la OOO), las Post-humanidades y los ciberfeminismos (que se hacen eco de las teorías queer), que sintonizan incluso con los movimientos decoloniales.

Se trata de una serie de expresiones, experimentaciones e incluso corrientes que se cuestionan qué significa ser humano, o si el humano se encuentra en el centro del universo y en la cúspide de las relaciones con cualquier elemento del mundo. O bien qué es la realidad en un momento de desconcierto e incertidumbre profundos. Corrientes que cuentan con poco menos de dos o tres décadas, si nos atenemos a cuando se supone que comenzaron. En algunos círculos son vistos como movimientos «postantropocéntricos», pero algunos expertos en estos campos en ocasiones hablan, con mayor humildad, de «antropodescéntricos», porque consideran que el ser humano está «descentrado» en el universo; sin perder de vista el hecho de que nos pensamos desde nosotros y no podemos experimentar qué es una planta o «ser una app», como mucho podemos imaginárnoslo. Por tanto, pueden suponer una ruptura con el antropocentrismo al que estamos acostumbrados desde hace medio milenio y desde donde hemos construido la base psicológica y de relaciones, interacciones y transacciones con nuestro entorno, incluida la naturaleza.

La progresiva relevancia que adquieren es una expresión del deseo de transacciones necesarias. Sobre todo porque a los viejos modelos y cosmovisiones cada vez les cuesta más encajar en el mundo actual, en las distintas realidades sociales y planetarias. En este sentido, y en el proceso de búsqueda de nuevas fórmulas, puede ser interesante profundizar con más detalle en estas corrientes y nuevos modelos para tener en cuenta nuevas perspectivas orientadas a una resiliencia y a una postura más sostenible en este momento planetario.

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