Glasgow: ¿la última cumbre póstuma?

La cumbre del clima llega entre la urgencia de la crisis climática y la desconfianza en los resultados de las «conferencias diploclimáticas».

Turista ayudado a subir a la gran pirámide por hombres egipcios. Egipto, 1870-1880

Turista ayudado a subir a la gran pirámide por hombres egipcios. Egipto, 1870-1880 | Félix Bonfils, Library of Congress | Dominio público

La COP26 podría ser una cumbre decisiva. Se celebra en un momento en el que se ha avivado el debate social sobre la crisis climática y justo después de un informe particularmente duro de la comunidad científica. Así pues, Glasgow puede marcar el punto de inflexión entre continuar adquiriendo compromisos teóricos o hacer frente a la crisis con valentía.

El argot de las cumbres climáticas es ciertamente complicado. Llevamos años y años con reuniones multitudinarias, con declaraciones de buenas intenciones, con fotografías de apretones de manos y abrazos triunfales. También con caras largas, muecas de decepción y apelaciones trágicas a la acción inmediata. Y ahora, de repente, nos encontramos justo al borde de un acantilado, cuando nuestras piernas todavía se tambalean después de unos meses de vértigo pandémico. En Glasgow, la cumbre número 26 de las que organiza la ONU para llegar a acuerdos en la lucha contra el cambio climático (las famosas «COP»), la comunidad internacional se juega su credibilidad y –lo que es más preocupante– nuestro futuro. ¿Por qué es tan importante?

En primer lugar, se llega a Glasgow con la inercia del debate social sobre nuestra relación con la naturaleza y el entrelazamiento de la pandemia de la COVID-19 con la crisis ambiental. También se ha recuperado –por lo menos en parte– el espíritu de movilización colectiva que recorrió el mundo en 2018 y 2019, con Fridays for Future y Extinction Rebellion como protagonistas. Detengámonos un momento en esos meses previos a la pandemia. La cumbre que se celebró en Madrid –y que no hay que olvidar que debería haberse celebrado en Chile– tenía un significado especial. Nunca se habían visto manifestaciones por el clima tan multitudinarias; en algunas ciudades se pasó, en tan solo un par de años, de una concentración de unos pocos centenares de personas a marchas de decenas o centenares de miles de personas. «Climate was in the air», parafraseando la canción. Madrid era, pues, el puente entre la famosa cumbre de París, donde se llegó a un acuerdo fundamental en 2015, y la cita de Glasgow (que en un principio debía celebrarse en 2020), donde se desarrollarían las herramientas previstas en París y se iniciaría el camino post-Kioto. En Madrid, sin embargo, no se alcanzó ningún acuerdo relevante, y la sensación fue, de nuevo, de fracaso. Otra vez. O la próxima cumbre es capaz de recoger el espíritu de las movilizaciones ciudadanas y darle forma legal, articulando las herramientas necesarias y estableciendo su carácter vinculante, o la protesta social tendrá un motivo más para virar hacia la rabia y la desesperanza.

En segundo lugar, la cumbre de Glasgow se celebra después de que haya empezado a hacerse público el sexto informe del IPCC, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Las evidencias científicas sobre la realidad del calentamiento global son extraordinariamente sólidas desde hace años (solo hay que echar un vistazo a los titulares de 2014, 2007 o 2001, cuando se elaboraron los informes precedentes) y el consenso científico es abrumador (99,9%), pero es cierto que esta vez el tono del panel de expertos ha sido particularmente grave. Las temperaturas han aumentado en más de un grado desde la época preindustrial, y estamos muy lejos del margen de seguridad de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera (alrededor de 350 partes por millón; ahora tenemos 413). Además, la presencia de gases de efecto invernadero no deja de aumentar, incluso después de la pandemia, borrando cualquier esperanza –albergada por mucha gente, aunque sin ningún fundamento– de que la paralización de la economía mundial durante unas pocas semanas serviría para retardar de forma significativa la velocidad de la crisis ambiental. La crisis es sistémica y la COVID-19 ha producido alteraciones coyunturales. Las emisiones de los gases causantes del cambio climático se redujeron en España en un 18% durante 2020, y esto, en efecto, supone una bajada significativa. Pero al mismo tiempo resulta muy preocupante, porque significa que en un año en el que el país se quedó paralizado durante meses hay un 82% de emisiones estructurales que no dependen de si subimos a un avión, salimos a tomar una cerveza o vamos en coche al trabajo. Las acciones individuales siempre suman, pero el grado de transformación necesaria solo se puede lograr mediante cambios colectivos. Y será necesario subrayar lo evidente: confinarse no es luchar contra el cambio climático. La pandemia ha provocado y provoca todavía un enorme dolor en millones de personas, y es una tragedia sanitaria, pero también social y económica. Equipararla a una hoja de ruta climática sería apostar por el fracaso y el sufrimiento.

En tercer y último lugar, en Glasgow se dirime la esencia misma de las cumbres climáticas. Su función es teóricamente simple: limitar las emisiones de gases de efecto invernadero. Por el contrario, si observamos la evolución y la concentración de estos a lo largo de los últimos treinta años y superponemos las fechas de las cumbres, salta a la vista que, indefectiblemente, después de cada encuentro y resolución de la ONU, las concentraciones suben y vuelven a subir. Desde la primera COP se han emitido la mitad de todas las emisiones de gases de efecto invernadero de la historia. La conclusión evidente es que estas conferencias diploclimáticas –como muy acertadamente las calificó la exconsejera valenciana Elena Cebrián cuando explicó por qué no había asistido a la COP24 en Katowice–, cuyo objetivo es la reducción de las emisiones, han sido profundamente ineficaces. Con los compromisos actuales derivados del Acuerdo de París, que establece un límite de 1,5 ºC de aumento de la temperatura en 2100, llegaríamos a casi el doble: 2,7 ºC. Solo se salva un país, en un reciente análisis internacional donde suspenden, entre otros, la Unión Europea, EE.UU, Noruega, Canadá o Japón: Gambia. ¿De qué valen, pues? Son entonces más que comprensibles acciones como la de Extinction Rebellion el pasado 25 de octubre, cuando cortaron la Gran Vía de Madrid para exigir acciones decididas frente a la crisis climática y a la vez pedían que la COP de Glasgow fuera la última. ¿Para qué celebrar más si no sirven al propósito inicial?

Nos enfrentamos a un cruce de civilización, ante el que hemos construido una arquitectura legal e institucional insuficiente, de una precariedad ética y funcional pavorosa. La cultura del «blablablá» climático, como denunciaba Greta Thunberg, se ha apropiado de unas cumbres que han confundido el instrumento con el objetivo. Parece que únicamente importa continuar celebrándolas y aplaudiendo las exiguas victorias o acuerdos, para después incumplirlos. Y si es tan sangrante es porque hay una puerta de esperanza abierta, porque no todo está perdido. El mismo IPCC que nos dice que muchos de los impactos que vemos y que están por venir (aumento del nivel del mar, olas de calor, cambios en los patrones de las precipitaciones) son irreversibles, también explicita con total claridad que todavía es técnicamente viable limitar el calentamiento a 1,5 ºC y, en el peor de los casos, a 2 ºC. Que las decisiones que tomemos aquí y ahora, en esta década crucial, importan y determinarán todo lo que queda de siglo XXI y XXII. Como mínimo. Ninguna sociedad humana ha tenido esta capacidad de modificación del porvenir, y mucho menos la ha poseído de manera consciente.

Para hacer posible un futuro habitable y humano, tenemos que volver a imaginar. Dejar de vivir un presente póstumo, en el sentido en el que la filósofa Marina Garcés habla de aquel en el que todo se acaba. «Hemos ido viendo cómo se acaba el progreso: el futuro como tiempo de la promesa, del desarrollo y del crecimiento», sentencia. Tenemos que alejarnos de la fascinación por el apocalipsis, tan presente en la cultura popular hoy en día (solo hay que echar un vistazo a los catálogos de películas y series actuales). Frente a la autoimposición de una maldición que parecemos incapaces de romper y de un luto que nos hemos impuesto por adelantado, hay que reivindicar la necesidad de imaginar futuros distintos y, a partir de ahí, construirlos. Frenar el cambio climático obliga a transformar de raíz un sistema suicida y caníbal, pero eso son buenas noticias. El cambio costará y, sí, claro que habrá perdedores: los mismos que se benefician de la forma en la que están dispuestos los engranajes del mundo actual, acumulando riqueza y explotando países, personas y ecosistemas. El uno por ciento más rico del mundo consume y emite más que la mitad más pobre de la humanidad. Para el resto, para la inmensa mayoría, la propuesta no es vivir peor para detener el cambio climático; es convencernos de que el esfuerzo colectivo para frenar el cambio climático lo hacemos, justamente, para vivir mejor.

La COP de Glasgow ha de escoger a qué mundo quiere pertenecer. Si a una realidad póstuma y fósil que va parcheando compromisos y promesas con pintura verde o si, por el contrario, quiere dejar de preguntarse hasta cuándo será posible mantener de pie un andamio que se hundirá tarde o temprano y decidir hacia dónde echar a andar. Si decidimos colectivamente que el siglo XXI ha comenzado –ahora sí– y actuamos en consecuencia o si mantenemos el siglo XX con respiración asistida. Si alguna vez ha sido posible desengancharse del surtidor de petróleo, es ahora. «Hoy es siempre todavía», escribía Machado. Llenemos el hoy de significado y esperanza, ahora que todavía podemos.

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