Contra la complejidad

Las soluciones tecnológicas a menudo obvian la complejidad de los problemas sistémicos con los que se enfrentan.

Dos mujeres utilizando un conmutador. Halmstad, 1962

Dos mujeres utilizando un conmutador. Halmstad, 1962 | Järnvägsmuseet | Dominio público

La creencia de que se pueden resolver los problemas complejos de la sociedad de manera simple a través de la tecnología ha arraigado con fuerza. Si bien esta tendencia tecnosolucionista se muestra ineficaz para ofrecer soluciones, sí que modela nuestra visión del mundo. Así pues, el diseño de las tecnologías digitales también suprime nuestra capacidad para imaginar otras realidades.

La crisis del COVID-19 ha puesto de manifiesto un masivo fracaso sistémico, social, ecológico, político y económico. Aunque las causas y consecuencias de esta crisis sean muy complejas y profundas, se nos ha dicho hasta la saciedad que puede resolverse, una vez más, con una aplicación. Este enfoque técnico para resolver problemas se conoce comúnmente como tecnosolucionismo. El tecnosolucionismo tiende a simplificar y a ocultar las diversas realidades simultáneas que desencadenan y conforman los problemas específicos que pretende solucionar: simplemente no puede con los problemas. Aun cuando se ha demostrado que el tecnosolucionismo no funciona a la hora de solventar acontecimientos extremadamente complejos, como es el caso de la pandemia global actual,[1] a menudo se adopta activamente como única respuesta posible a una situación crítica. Por otra parte, a pesar de que este enfoque tecnosolucionista para tratar realidades extremadamente complejas pudiera favorecer a corto plazo una estabilidad sistémica por el hecho de evitar situaciones de colapso inmediatas, elude tener en cuenta el complejo conjunto de acontecimientos causantes del origen del problema, lo cual representa un riesgo de empeoramiento real. A mi parecer, el ejemplo que expongo a continuación ilustra claramente esta noción.

Igloo White fue una operación militar de las fuerzas aéreas norteamericanas que intentó automatizar las actividades bélicas durante la guerra del Vietnam. Dicha operación se inició en 1967 y se prolongó hasta 1972 y su coste fue de entre 6.000 y 6.700 millones de dólares.[2] El Infiltration Surveillance Center (ISC), que estaba emplazado en Nakhon Phanom (Tailandia) y que era el edificio más grande del sudeste asiático en 1968, actuó de centro de gestión de alta tecnología punta de Igloo White. El ISC interceptó y analizó miles de sensores situados a lo largo de la Ruta Ho Chi Minh, vía principal de abastecimiento para las fuerzas militares norvietnamitas. Estos sensores encubiertos estaban diseñados para detectar la presencia de personas y de vehículos que circulaban por la ruta, mediante la captura de temperatura corporal, movimiento, sonido e incluso el olor de la orina. Por el simple hecho de percibir actividad humana, el ISC calculaba sus coordenadas y las enviaba a las patrullas de los cazas de la fuerza aérea que, a su vez, los redirigían automáticamente al objetivo para detonar las bombas. Oficialmente, Igloo White fue reconocida como una operación militar de notable éxito al haber destruido el 90% del abastecimiento enemigo y resultando en aproximadamente 13.000 refugiados civiles[3] durante los más de cuatro años de control de la guerra por medios electrónicos. Sin embargo, la realidad del campo de batalla rebatió esos argumentos: raramente se localizaron los equipamientos destruidos y los soldados norvietnamitas desarrollaron contratácticas para confundir a los sensores norteamericanos, lo cual resultó en una considerable descarga de grandes cantidades de material explosivo en terreno baldío.[4] En muchos sentidos, Igloo White no reconoció, o se negó a reconocer y a integrar el complejo conjunto de particularidades que formaban parte de la realidad de la guerra que estaba intentando ganar, resultando no sólo en una de las más dolorosas derrotas en la historia militar de los Estados Unidos, sino también dejando atrás un importante número de víctimas y la destrucción de enormes extensiones de paisajes naturales. En mi opinión, Igloo White es un muy buen ejemplo histórico de cómo las estrategias tecnosolucionistas, como argumenta Paul N. Edwards refiriéndose a la guerra del Vietnam, «se justifican estadísticamente», aunque generan «una brecha enorme entre un discurso oficial de éxito aplastante y las pesimistas valoraciones de los observadores independientes».[5]

Esquema de funcionamiento de la operación Igloo White

Esquema de funcionamiento de la operación Igloo White | CC BY-NC-ND 4.0

La influencia del tecnosolucionismo va más allá de la reducción de la actividad social y política y, de hecho, erosiona nuestra capacidad de imaginarnos como parte de un ecosistema más extenso. Al distar mucho de ser entidades neutrales, nuestros aparatos cotidianos llevan intrínsecamente y conducen a una visión del mundo particular que, inevitablemente, produce y reproduce ciertas realidades y excluye a otras. Según el libro The Social Construction of Reality, publicado en 1966, la realidad es un proceso sofisticado y subjetivo que se ve afectado por múltiples eventos contextualizados, como son la experiencia, la interacción, el lenguaje y la herencia personal y social.[6] La mayor parte de nuestras transacciones cotidianas se ejecutan mediante dispositivos electrónicos integrados en sistemas masivos de máquinas interconectadas. Sin embargo, dicho ecosistema en red expansivo sólo es accesible mediante interfaces tangibles e «intangibles», como son las pantallas, los teclados y las interfaces de uso gráfico que comprenden elementos interactivos como son los clicables o desplazables. A la larga, lo que hace esta amalgama de interfaces y de posibilidades interactivas ­­–y de limitaciones– es mediar (y dictar) nuestra relación con el mundo, influyendo profundamente en la construcción de nuestra realidad. Según un estudio recientemente publicado, en 2020 cada ciudadano pasa de promedio 3,1 horas al día utilizando aplicaciones instaladas en su móvil inteligente[7] y alrededor de 7 horas delante de la pantalla.[8] El diseño de un objeto cualquiera lleva inscritos los valores sociales e intereses que responden a una ideología específica: la del grupo humano que la ha creado dentro de su contexto socioeconómico.[9] Gran parte de nuestras tecnologías digitales cotidianas están diseñadas y desarrolladas por unos pocos (aunque afecten a muchos) en el corazón de Silicon Valley, la cuna del capitalismo tecnopatriarcal. Un sistema se diseña con la intención de controlar todos los procesos que lo afectan para obtener el resultado deseado (aunque el sistema puede transformar esos procesos externos, a veces de manera inesperada). En ese sentido, la mayoría de dispositivos, plataformas digitales y apps que utilizamos en nuestra vida cotidiana dan cabida a poca o ninguna negociación y, por ende, anulan la posibilidad de modificar sus sistemas, puesto que ignoran la multiplicidad de sensibilidades que los conforman (es decir, los usuarios, la naturaleza), lo cual diluye enormemente su potencial de imaginar modos alternativos de estar en el mundo. A mi parecer, esta reducción de experiencias y de visiones del mundo generada por nuestras tecnologías está lastrada con unas consecuencias dramáticas: cuanto más se distancia nuestra concepción de la realidad de su contexto físico (y condición), más se homogeneiza nuestra imaginación y más se agota nuestra capacidad de reaccionar (habitar) con coherencia en nuestros fértiles ecosistemas.

¿Cuáles son las actuales empresas y discursos que definen, diseñan, desarrollan, producen, implementan y activan la ideología tecnoreduccionista a escala global?

«Grandes datos. Grandes tecnologías. Grandes resultados» (Alliant); «Tecnología fragmentada» (Lotame); «Cuando la experiencia cuenta: para marcas, para personas, para siempre» (Acxiom); «Personaliza la trayectoria de cada cliente con transparencia» (Epsilon); «Personalización de las escalas de segmentación sinfónica» (AnalyticsIQ); «CALIBRAR ES ATESORAR.» (4Info); «Convertimos la conducta del cliente en oportunidades financieras» (Cignifi); «El poder de predecir» (Rocket Fuel); «Nuestros datos te permiten conocer a tu cliente tan bien como a tus amigos» (Woveon); «DATOS VERDADEROS. RESULTADOS FIABLES.» (Merkle Inc.); «INGENIERÍA DE PRIVACIDAD Y LIBERTADES CIVILES» (Palantir); «Damos sentido a la medición» (Comscore); «Entre en la mente de su cliente» (GFK); «Una empresa de fusión de datos globales que utiliza la ingenuidad para lograr el bienestar de las ciudades, los ciudadanos y las corporaciones» (Sensen networks); «LA EXPERIENCIA LO ES TODO» (Ansira).

Esta selección de jerga incomprensible pertenece a Ultimate solvers,[10] obra que estrené en julio de 2020, a modo de compendio de una serie de eslóganes, identidades de marca y material gráfico de apoyo que se emplea en algunas de las principales corporaciones que prescriben panaceas tecnológicas para anunciar sus servicios. Se trata, curiosamente, de empresas que tienden a desplegar un lenguaje bastante preciso para definir lo que en realidad hacen de forma muy ambigua. Sin embargo, estas corporaciones entienden, precisamente, cómo beneficiarse de las realidades que sus tecnologías crean y de las cuales se alimentan. Finalmente, es inevitable preguntarse cuáles serán las implicaciones a largo plazo para resolver los problemas sistémicos de alta complejidad con tecnosoluciones reduccionistas. El futuro no se augura brillante.

Texto incluido originariamente en SYSTEMS, una publicación de la Science Gallery del Trinity College de Dublín.


[1] Morozov, Evgeny (2020). «The tech “solutions” for coronavirus take the surveillance state to the next level». The Guardian, 15/04/2020.

[2] Wikipedia (2020). «Operation Igloo White». Última modificación 1 de junio de 2020.

[3] Edwards, Paul N. (1996). The Closed World Computers and the Politics of Discourse in Cold War America. Cambridge, MA: The MIT Press.

[4] Edwards, Paul N. (1996). op. cit.

[5] Edwards, Paul N. (1996). op. cit.

[6] Berger, Peter L., Luckmann, Thomas (1966): The Social Construction of Reality. Nueva York, NY: Doubleday.

[7] 2020 Mobile App Evolution Report Overview. App Annie, San Francisco, CA: 2020.

[8] Screen Time: UK vs US vs The Rest Of The World Compared. Business Fibre, UK: 2019.

[9] Feenberg, Adam (2002). Transforming Technology: A Critical Theory Revisited. Nueva York, NY: Oxford University Press.

[10] Moll, Joana (2020). «Ultimate Solvers». 7 de julio de 2020.

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