Cerebros tentaculares, la tristeza de un ficus y los límites del antropocentrismo

¿Cómo podemos llegar a entender la idea de inteligencia en una planta o en un pulpo desde nuestra conciencia humana?

Modelo de un pulpo común, 1972

Modelo de un pulpo común, 1972 | American Museum of Natural History | Sin restricciones conocidas de derechos de autor

El conocimiento de la conciencia humana vive sujeto a una importante limitación connatural a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. La subjetividad de nuestra experiencia nos obliga a conjeturar sobre los pensamientos y sentimientos del otro, a los que solo tenemos acceso a partir de extrapolar nuestras propias sensaciones. En 1974, Thomas Nagel ya se preguntaba acerca de cómo podríamos conocer lo que siente un murciélago desde nuestra perspectiva única. Los últimos años nos han traído propuestas que dirigen esa reflexión a nuevas cotas de complejidad. ¿Cómo podemos llegar a entender la idea de inteligencia en una planta o en un pulpo?

Si te digo que estoy triste es muy probable que entiendas, o creas entender, a qué me refiero. En algún momento has sentido la misma emoción, alguien te enseñó que a eso se le llama «tristeza» y tienes más o menos claras las situaciones en las que se produce, los grados que puede alcanzar y las consecuencias que suele acarrear. Sabes que estoy triste porque tú has estado triste y porque te han hablado sobre la tristeza, has leído sobre la tristeza o has visto representaciones de la tristeza en películas o cuadros. Incluso si te dedicas a la neurociencia te atreverás a decirme que conoces los correlatos neuronales de mi tristeza y afirmarás que puedes identificarla mediante técnicas de imagen médica, lo que nos dará para debatir durante un buen rato sobre si toda esa tecnología te permite entender qué estoy sintiendo. Lo mismo sucede si te hablo a grandes rasgos sobre mi mente, mis sentimientos o mi pensamiento. Palabras abstractas y puramente simbólicas pero que, en cierta medida, tienes identificadas en tu biblioteca personal. Sabes que soy un ser pensante y que siente porque tú piensas y sientes con esa cosa indefinida e intangible que de alguna forma surge del cerebro. Deduces a partir de tu experiencia única e inaccesible lo que debe de estar sucediendo aquí dentro –ahora mismo me estoy señalando la calva– e intuyes que se están produciendo los procesos que me llevan a experimentar eso que llamamos subjetividad.

Cerebros por todos lados

Sin embargo, esta teoría de la mente, que no son más que conjeturas acerca de lo que otra persona siente o piensa, no deja de ser eso: pura conjetura. Suponemos demasiadas cosas con un importante margen de error, pero esa es la única herramienta de la que disponemos para entender la experiencia subjetiva en el otro. Pero ¿qué sucede cuando ese otro no es un ser humano? Thomas Nagel ya se preguntó en su momento qué se siente al ser un murciélago y llevó a muchos otros filósofos y pensadores a elucubrar teorías sobre el fisicalismo o los llamados qualia, cualidades subjetivas de la experiencia individual. Nagel habló del murciélago al no tratarse de un animal tan cercano a nosotros como un cerdo o un mono, pero tampoco tan alejado como un bicho palo o un escarabajo pelotero. En los últimos tiempos, en cambio, hemos presenciado la irrupción de un par de modelos que han querido estirar al máximo nuestras capacidades para ponernos en la piel –por decir algo– de otras criaturas u organismos. Nos referimos a ideas como la de la mente de las plantas o la de los ocho (o nueve) cerebros del pulpo que, en caso de no ser explicadas con una claridad meridiana, pueden dar rienda suelta al antropocentrismo más descabellado.

El caso de los sentimientos de las plantas es paradigmático. Se trata de un hecho innegable desde la evidencia de la biología vegetal que las plantas tienen una actividad altamente compleja en su interacción con el entorno a través de sus múltiples receptores. Además, la actividad eléctrica que tiene lugar en las células vegetales sigue los mismos principios que la polarización de las células animales. Si a eso le sumamos la sensibilidad de las plantas a la luz solar, a los nutrientes del suelo o al agua, así como el movimiento que realizan para obtener aquello que necesitan, es normal que se acabe atribuyendo una inteligencia específica a estos organismos. El problema aparece cuando las analogías se convierten en sinónimos. Hablar de sentimientos en un ficus no es, ni mucho menos, parecido a lo que entendemos por sentimientos humanos, de la misma forma que decir que mi tomatera tiene algo así como un sistema nervioso es, si no se matiza adecuadamente, excederse en la comparación. Y qué decir de expresiones como el «cerebro de la planta», que lleva hasta los límites –y los hace estallar por los aires– la definición de este órgano. Esta idea de la neurobiología vegetal es, por tanto, un buen intento a la hora de hacer comprensible a ojos de la sociedad la complejidad de las plantas, pero puede acabar cayendo con gran facilidad en cierto antropocentrismo a la hora de plantear que todo funciona como nosotros funcionamos y como nosotros sentimos.

Pienso ocho veces, luego existo

El pulpo es una criatura fascinante desde cualquier punto de vista. Y eso incluye el de la neurociencia. Estos animales cuentan con una red de entre 100 y 500 millones de neuronas (un número similar al de los perros), de las cuales cerca de dos tercios están distribuidas a lo largo de sus tentáculos. Hablamos de millones de receptores en cada tentáculo y por lo general repartidos en sus más de doscientas ventosas por miembro, lo que los hace extremadamente sensibles a todo aquello que tocan. Además, sus extremidades tienen movimientos altamente complejos e independientes que requieren de un control muy eficaz. Por si fuera poco, distintos experimentos han demostrado que los pulpos tienen muy buena memoria y una gran inteligencia a la hora de resolver problemas como abrir cajas para conseguir el alimento escondido en su interior. Autores como Peter Godfrey-Smith (Otras mentes) o Sy Montgomery (El alma de los pulpos) han escrito interesantes obras que destilan verdadero amor por estos extraños seres. Y distintos grupos de investigación han recogido el guante de sus antecesores para adentrarse aún más en las características de sus sistemas nerviosos.

Una de las conclusiones a las que se ha llegado hace relativamente poco propone que nos olvidemos de la idea de que los pulpos tienen un cerebro por tentáculo y que funcionan de manera independiente entre ellos. Tiene sentido que, como afirma Tamar Gutnick y el resto de su equipo, en lugar de entender que cada una de las ocho extremidades tiene mente propia, es más correcto imaginarlo todo como una red interconectada que, en palabras de Gutnick, se parece más a un cerebro con ocho brazos muy inteligentes. Quien acostumbre a leer sobre divulgación neurocientífica podrá encontrar aquí un simpático paralelismo entre la hipótesis de los cerebros del pulpo y las propuestas que regularmente se emplean para rebautizar distintas partes del cuerpo, como «nuestro segundo cerebro»: el corazón o el intestino son, de momento, los principales candidatos porque cuentan con una elevada concentración de neuronas en sus superficies.

Bajo todas estas discusiones subyace una gran verdad: que la evidencia científica solo puede rebatirse con la evidencia científica, y que la manera en que comunicamos los avances en cualquier ámbito debe ser rigurosa y estar siempre abierta a la discusión; y alejada del clásico antropocentrismo, por favor. Porque no nos resulta difícil llegar a un consenso a la hora de definir palabras como inteligencia, mente o sentimiento debido a que la evidencia de lo que hay detrás tenga múltiples interpretaciones, sino a que estamos muy limitados por el lenguaje, y, con ello, por nuestra mente, para definir conceptos tan complejos. Y cuando digo «mente», ya sabes a lo que me refiero. O no.

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  • Saty Raghavachary | 05 junio 2021

  • Arie Berman | 06 junio 2021

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