Arte en Marte: del optimismo del «Space Art» a la lógica capitalista del arte contemporáneo

Con sus obras, los artistas anticipan y prefiguran cuestiones fundamentales que apelan al futuro de la humanidad y su deriva.

Visualización de la primera imagen digital que el Mariner 4 hizo de Marte | NASA/JPL/Dan Goods | Dominio público

Visualización de la primera imagen digital que el Mariner 4 hizo de Marte | NASA/JPL/Dan Goods | Dominio público

A menudo, la intuición del arte ha sido clave para imaginar lo que luego la ciencia ha explorado y demostrado. Si el Space Art fue clave para formar una imagen del sistema solar mucho antes de que nos llegaran fotografías reales, el arte contemporáneo especula sobre este nuevo futuro de colonización interplanetaria que se nos presenta.

La humanidad siempre se ha proyectado hacia las estrellas, y el artista ha sido el médium a través del cual canalizamos el vértigo de lo desconocido y el deseo de poseerlo. El intermediario que, bien sea por observación directa o mediante la traslación visual de datos, traduce espejismos lejanos que fijan el imaginario colectivo. Los habitantes de las cuevas de Lascaux (Francia) fueron los primeros en dejar constancia de este interés en el universo sin tener ninguna certeza científica y, gracias a la destreza visionaria de los artistas, ha sido posible conocer el aspecto de Júpiter, la Vía Láctea, Kepler-1649c o Marte mucho antes de la invención de la astrofotografía o la fotografía digital.

Marte ha sido esa titilante estrella rojiza, extrañamente familiar y no demasiado lejana, que durante siglos ha cautivado a científicos y creadores por igual: de los garabatos de Christiaan Huygens a los «canales» de Schiaparelli y el primer «fenómeno fan» marciano, pasando por las primeras ilustraciones realistas de Léopold Trouvelot; todas ellas interpretaciones cósmicas de belleza cautivadora que han permitido hacer visible lo invisible.

Pero ¿por qué Marte? Marte es cercano; podemos llegar a él, como ha demostrado el Perseverance, en poco más de medio año. Además, nos recuerda a la Tierra por su tamaño, por sus días (duran apenas cuarenta minutos más que los nuestros), pero también porque somos capaces de reconocer en sus paisajes características similares; sus montañas, sus lagos (ahora secos), sus casquetes recubiertos de nieve, sus cráteres, valles y desiertos que evocan la belleza salvaje de los parajes naturales de Utah o Arizona. Su superficie es rocosa, no una bomba de gas como Júpiter, y aunque carece de nuestra oxigenada atmósfera por lo menos no está envuelto en una venenosa y densa como en el caso de Venus. A medida que el planeta Tierra se va deteriorando a causa de los estragos medioambientales provocados por la humanidad, Marte se vislumbra como un posible futuro no muy lejano.

Marte visto desde la luna Deimos | Lucien Rudaux, Wikicommons

Marte visto desde la luna Deimos | Lucien Rudaux, Wikicommons

Gracias al Space Art y sus retrofuturistas estampas a finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX, el ciudadano de a pie pudo construirse una imagen del sistema solar y de los planetas que lo habitan. Pero, además, el también conocido como «arte astronómico» se convirtió en una excelente herramienta de propaganda para futuras misiones espaciales.

Lucien Rudaux y Chesley Bonestell fueron dos de sus máximos exponentes. Por un lado, Rudaux, el abuelo del arte astronómico, publicó en 1892 Observaciones sobre Marte, cuyos dibujos revelan características del planeta como sus «mares» o los casquetes polares. Por otro lado, a Bonestell se le considera el primer artista espacial moderno, gracias a sus estimulantes y realistas dibujos. Su destreza le llevó a crear efectos especiales en Hollywood, y en 1944 la revista Life publicó una de sus ilustraciones de Saturno, causando un verdadero impacto en la opinión pública.

Será en este momento cuando se manifieste el potencial del Space Art: un arte capaz de estimular la imaginación de una sociedad agotada tras una larga guerra mundial, ofreciendo una visión de futuro estelar y, al mismo tiempo, capaz de preparar el terreno y reprogramar una nueva mentalidad de cara a la inminente carrera espacial. La NASA comprende entonces las posibilidades que brindan estas creaciones y su capacidad para crear un imaginario colectivo, que trasciende lo tangible, que elimina barreras aproximando las innovaciones y descubrimientos científicos a la gente común. Ilustradores como Luděk Pešek, David A. Hardy o Ron Miller se convertirán en intérpretes de esos hallazgos, y el Space Art ayudará no solo a suscitar el interés del público general, sino que también será una excelente herramienta de recaudación de fondos. A partir de este momento, artistas y científicos trabajarán codo con codo para trasladar en sugerentes imágenes tanto las investigaciones presentes como las futuras.

Dando un salto al presente, el arte y la fotografía contemporánea han seguido con franco interés las vicisitudes de la exploración planetaria, cuyos resultados han inspirado numerosas obras y han servido a su vez como vehículo para visibilizar ciertas problemáticas del presente. Fotógrafos como Vincent Fournier o la pareja estadounidense formada por Nicholas Kahn y Richard Selesnick encuentran en la parafernalia espacial y los paisajes marcianos la materia prima para sus futuristas y simulados mundos.

Kahn & Selesnik crean una suerte de cuentos visuales, donde lo terrorífico y lo sublime se dan la mano. En su proyecto Mars: Adrift on the Hourglass Sea (2010), dos mujeres astronautas deambulan por la superficie del planeta y van encontrando los restos de una civilización anterior. Por otro lado, el fotógrafo francés Vincent Fournier, tras tener acceso a espacios altamente controlados como el Centro de Entrenamiento de Cosmonautas Gagarin en Moscú (Rusia) o la Mars Desert Research Station en Utah (Estados Unidos), recrea con sus fotos escenarios asépticos de hangares y panoramas marcianos en los que la figura humana se inserta como un viajero perdido en la inmensidad.

Thomas Ruff, fotógrafo alemán heredero de la estética conceptual que, junto a Andreas Gursky, Candida Höfer y Thomas Struth formó parte de la Escuela de Fotografía de Düsseldorf, donde se acuñó la Nueva Objetividad, utiliza los archivos públicos de la NASA y los somete a saturaciones y desaturaciones del color, los comprime para ofrecer nuevas perspectivas o los renderiza en 3D. En su serie ma.r.s (2010) manipula y se reapropia de las fotografías en blanco y negro proporcionadas por la nave espacial Mars Reconnaissance Orbiter. Ruff reflexiona sobre el papel de la fotografía en la era digital y afirma que aunque las fotografías «parecen reales, son completamente ficticias». Para el artista, «la visión tiene poco que ver con nuestros ojos y más con nuestro cerebro. El cerebro es el que ve, no los ojos».

Otros creadores conceptuales no solo se han reapropiado de archivos e imágenes de Marte, sino que directamente han llevado sus obras hasta el mismísimo planeta. Es el caso de Damien Hirst, que participó con una pequeña pieza a modo de paleta de colores que adjuntó a la sonda espacial Beagle 2, lanzada por la Agencia Espacial Europea en 2003. Considerada perdida y destruida desde su aterrizaje, en 2015 la Mars Reconnaissance Orbiter detectó que la nave seguía en la superficie de Marte, y que la pieza de Hirst permanecía intacta, convirtiéndose así en la primera obra de arte que llega al planeta.

Como en las cuevas de Lascaux, los artistas se anticipan y prefiguran con sus obras las cuestiones fundamentales que apelan al futuro de la humanidad y su deriva. Cuando las agencias gubernamentales empezaron a investigar seriamente las condiciones que permitirían a los humanos vivir más allá de las fronteras terrestres, y empresas del sector privado, como SpaceX, hicieron público su proyecto de colonizar Marte, la comunidad artística se mostró menos interesada en el éxito de estas misiones que en observar una nueva historia de la colonización en el imaginario cultural. Ya llevaba tiempo especulando acerca de las consecuencias devastadoras del cambio climático y la huida hacia adelante de una humanidad que se revuelve contra la extinción, reflexionando acerca de las desigualdades de una futura colonización y de lo que supondría un éxodo interestelar.

Un ejemplo de ello es la obra de Vibha Galhotra, cuyo trabajo oscila entre lo tradicional y lo tecnológico. Galhotra explora el impacto del comportamiento humano en el Antropoceno y sus consecuencias devastadoras. Profundiza acerca de la lógica capitalista que ve en la migración interplanetaria una forma de escapar de la inevitable catástrofe ecológica. Sus esculturas e instalaciones poseen una elegancia formal con reminiscencias a la cultura tradicional india. En su serie Life on Mars (2020) utiliza imágenes de la superficie del planeta obtenidas de la NASA que convierte en murales cosidos a mano formados por ghungroos (pequeñas campanas metálicas que llevan los bailarines clásicos indios y pakistaníes). Galhotra juega con procesos de construcción, deconstrucción y reconstrucción mezclando realidad y ciencia ficción.

La obra de artistas como Halil Altindere o Janet Biggs analiza conceptos como el de refugiado espacial en paralelo a las crisis migratorias en nuestro planeta. El artista turco crea una semi-utopía felliniana con el corto titulado Space Refugee (2016-2018), protagonizado por Muhammed Ahmed Faris, el primer astronauta sirio en visitar el espacio (miembro de la Soyuz TM-3 en su viaje a la estación espacial Mir en 1987), que se convirtió en un ávido opositor del presidente sirio Bashar al-Ássad y que ahora está refugiado en Estambul. En el filme, millones de sirios que han abandonado su tierra natal buscan refugio en los asentamientos de Marte. Faris contempla la posibilidad de un mundo mejor en un planeta vacío y desprovisto de las complejidades de la política nacional.

Por otro lado, la fotógrafa, performer y videoartista estadounidense Janet Biggs es conocida por sus filmes de paisajes imponentes y cuasi sobrenaturales en zonas inhóspitas o políticamente comprometidas. En su pieza a modo de miniserie Like Walking on Mars (2018), combina imágenes de la Mars Desert Research Station en Utah (centro que se utiliza para simular las condiciones de vida en Marte), con escenas de un campo de refugiados yemeníes en Yibuti, de emigrantes etíopes, de observatorios en las Islas Canarias y de la grabación en vídeo de un rover en Marte. El tema siempre es el mismo: el movimiento humano, la búsqueda, el desplazamiento y el reasentamiento; la población etíope expulsada por la sequía, los yemeníes escapando de la guerra y el hambre; la destrucción de la Tierra por parte de la humanidad que nos impulsa a colonizar Marte.

¿Se repetirán las dinámicas sociopolíticas de la Tierra en las nuevas colonias marcianas? ¿Serán los asentamientos de Marte unas arcas de Noé para superricos, o, como en Desafío Total (Paul Verhoeven, 1990), ¿derivarán en una fantasía segregadora donde solo las clases más desfavorecidas tendrán su parcela extraterrestre, dejando la Tierra para unos pocos privilegiados? Siguiendo la máxima de Jameson «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo», cuya esencia viene recogida en el denominado «realismo capitalista» de Mark Fisher (Realismo Capitalista, Caja Negra, 2018), todo parece indicar que en esta nueva carrera espacial liderada por empresas privadas se acentuarán las desigualdades sociales y económicas en una suerte de capitalismo que se expande más allá de nuestra atmósfera.

El candor de los hombres y mujeres de las cuevas de Lascaux y el optimismo de los ilustradores del Space Art han sido sustituidos en cierta manera por un arte contemporáneo incapaz de imaginar un futuro que no sea un reflejo o una repetición infinita del presente y sus condiciones socioeconómicas. Es el arte quien señala que el verdadero conquistador de mundos es el capitalismo, y no la humanidad.

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