Una historia secreta: la informática femenina

No han sido pocas las mujeres que han participado activamente en el desarrollo de la computación, por eso merecen ser recordadas.

Tres de las integrantes del equipo de Adele Katz que trabajó en la ENIAC (circa 1942-1945).

Tres de las integrantes del equipo de Adele Katz que trabajó en la ENIAC. Philadelphia, Pennsylvania, c. 1942-1945 | Wikimedia | Dominio público

Hay que remontarse hasta la primera mitad del siglo XIX para dar con la pionera de la informática, Ada Lovelace, y a fechas muy recientes para llegar a la hacker y activista feminista Jude Milhon, fundadora del movimiento ciberpunk. Por el camino, no han sido pocas las mujeres que han participado activamente en el desarrollo de la computación, desde Rózsa Péter hasta el equipo de talentosas jóvenes encabezado por Adele Katz, pasando por Grace Murray Hopper y Frances Elizabeth Allen. Incluso la actriz Hedy Lamarr ocupa un lugar significativo en esta imparable revolución científico-tecnológica, que aún no sabemos adónde nos llevará. Merecen ser recordadas cuanto menos para certificar que, a día de hoy, el progreso es, por suerte para todos y todas, el fruto de un esfuerzo compartido.

Eudora Welty fue una escritora norteamericana nacida en Misisipi a principios del siglo XX y autora de novelas como La hija del optimista, con la que ganó el premio Pulitzer, y también de un buen puñado de relatos consagrados a retratar el universo sureño. Uno de ellos («Por qué vivo en la oficina de correos») cautivó al ingeniero de software Steve Dorner, de la Universidad de Illinois, quien, con el nombre de la autora, Eudora, bautizó a finales de los años ochenta a un cliente de correo electrónico para Apple y Microsoft, destinado a guardar los correos en formato mbox y que incluso derivó en una webmail.

Acostumbrados a manejarnos a la sombra de gigantes masculinos como Bill Gates, Steve Jobs o Mr. Facebook (es decir Mark Zuckerberg), que nos llevan a pensar que las mujeres tienen prohibida la entrada en Sillicon Valley, es fácil caer en la tentación de barruntar que los ordenadores, y con ellos ese gran invento que es Internet, son el resultado de inteligencias exclusivamente varoniles, propiedad de aquellos que, como quiere el tópico aún vigente, poseen más capacidad de concentración y tienen más desarrollado el hemisferio izquierdo del cerebro, y con él las aptitudes espaciales y de orientación (de ahí aquello de que las mujeres no sabemos leer los mapas). Pero Eudora no es la única huella femenina en la evolución de esa sabia alianza entre software y hardware, y del mismo modo que hay mujeres más que relevantes en la historia de la química (Marie Curie), de la física nuclear (Lise Meitner), de la genética (Barbara McClintock) o mismamente de ingeniería electrónica (Edith Clarke), han sido unas cuantas las mujeres que han descollado en el proceso de gestación de la vida digital, aunque hallarse en minoría numérica haya contribuido a invisibilizarlas.

También está vinculada con la literatura la que se considera la primera programadora informática, Ada Lovelace (1815-1852), pues era la hija del poeta Lord Byron, aquel que escribió que era fácil morir por una mujer, pero muy difícil vivir con ella. Aunque en su época no existían los ordenadores, y tardarían en llegar, esta matemática consagró su trabajo a la calculadora mecánica y se le atribuye el primer algoritmo codificado destinado a ser procesado por una máquina (ella proponía que a través de tarjetas perforadas), lo que le brinda un lugar destacado en la historia de la computación. Como justo homenaje, en 1979, el Departamento de Defensa de Estados Unidos creó un lenguaje de programación que lleva su nombre, Ada.

Retrato de Ada Lovelace, primera programadora de la historia de las computadoras. Autor: William Henry Mote, 1838.

Retrato de Ada Lovelace, primera programadora de la historia de las computadoras | William Henry Mote, 1838. The Ada Picture Gallery | Dominio público

El siglo de la computación

Pero está claro que, junto a otros avances como la erradicación de las pandemias (lamentablemente tan solo en el mundo desarrollado) y el uso masivo del automóvil (a expensas del aumento de la contaminación), el siglo XX ha sido el de la ingeniería informática, que ha hecho posible, entre otras cosas, la actual democratización en la transmisión de la información. En primer lugar, tenemos a la húngara Rózsa Péter (1905-1977), que es una de las fundadoras de la teoría de la recursividad y que acabó aplicando las funciones recursivas a los ordenadores. Algo después, allá por los años cincuenta, la miembro del ejército Grace Murray Hopper (1906-1992) fue pionera en servirse del ordenador electromecánico y más tarde inventó el lenguaje de programación COBOL destinado a usuarios neófitos.

También en el ecuador del siglo un grupito de muchachas con ajustadas rebecas y vestidos pin-up contribuyeron a que la primera computadora de la historia, llamada ENIAC (presentada en sociedad en 1946), se convirtiera en realidad. Se trataba del equipo de Adele Katz (1920-1946), quien fuera la redactora de su manual de uso, y la enérgica brigada la formaban Kay McNulty, Jean Bartik, Betty Snyder, Marlyn Wescoff, Frances Bilas y Ruth Teitelbaum, entonces poco más que veinteañeras. Capitaneadas por Katz, de casada Adele Goldstine, fueron ellas quienes desarrollaron los primeros programas de software.

Y quién no recuerda a la actriz vienesa y de origen judío Hedy Lamarr (1914-2000), que, en plena Segunda Guerra Mundial, inventó la tecnología precursora del wifi, que hoy sirve a casi todos los usuarios de las múltiples pantallas con que convivimos. Superdotada e ingeniera de telecomunicaciones, Lamarr fue una de las bellas más bellas de Hollywood, cierto, pero al mismo tiempo una gran aficionada a los inventos. De ahí que, entre otros ingenios, inventara un sistema de comunicación secreto a base de frecuencias y que en los años ochenta empezó a emplearse en ingeniería civil: serviría de base a la comunicación inalámbrica que hoy nos parece el pan de cada día y se aplica a móviles, módems y también, cómo no, a los útiles GPS. ¡Qué ironía, nos acusan de no saber leer los mapas e inventamos el GPS! Cada 9 de noviembre debiéramos acordarnos de Lamarr, pues en su honor ha sido designado Día del Inventor, ¿o sería mejor decir de la inventora?

Llama también poderosamente la atención que fuera asimismo una mujer, con su hemisferio cerebral derecho a cuestas, quien desarrollara el primer procesador de textos, aunque acaso no debiera extrañarnos siendo como siempre ha sido la mujer un ser pegado a un costurero o, en su defecto, a una máquina de escribir. Evelyn Berezin (1925) era una empleada de la empresa Underwood cuando inventó el primer ordenador de oficina. Eso sucedió en 1953, pero no fue hasta el revolucionario año 1968 cuando pergeñó un programa que permitía tanto almacenar como editar textos. Por su parte, Lynn Conway (1938), transexual hoy mujer, profesora emérita de ingeniería eléctrica y de ciencias de la computación, dedicó su atención a los chips de silicio y en los años sesenta formó parte del equipo responsable del primer ordenador superescalar. Aunque por exótico que parezca fue una religiosa, la hermana Mary Kenneth Keller (1914-1985), quien recibió el primer doctorado en computación o ciencias informáticas a mediados de dicha década. Trabajó después en un laboratorio only for men, donde contribuyó al desarrollo del lenguaje de programación BASIC.

Sentadas las bases de la informática, fue una vez comenzada la carrera destinada a acelerar y perfeccionar el funcionamiento de las computadoras cuando las mujeres se incorporaron en mayor medida al sector. Así, la investigadora de IBM Frances Elizabeth Allen (1932), pionera en la optimización de compiladores e integrante del grupo PTRAN, consagró su trabajo a mejorar el rendimiento de aquellos. Con tan buenos resultados que mereció tanto el nombramiento de IBM Fellow (siendo la primera mujer en recibirlo) como, en 2007, el prestigioso y millonario premio Turing, considerado el Nobel de la informática y que Intel y Google financian con la friolera de 250.000 dólares.

Ya antes del cambio de siglo, comenzó el proceso de rescate de los méritos de esas aguerridas aliadas de los ordenadores, en un intento por establecer una genealogía femenina que determinara en qué medida habían contribuido a los adelantos de que gozamos hoy. Por poner un caso, los nombres de «las chicas» de Adele Katz salieron a la luz en los años ochenta gracias a la investigación realizada por Kathryn Kleiman en Harvard. Fue uno de los primeros pasos destinados a desvelar el papel que habían desempeñado las mujeres en la historia de la computación.

Del siglo XXI al cielo tecnológico

Una vez desarrollada la computación hasta cotas antes impensadas, y extendido su uso allende de mares y fronteras, no podía no nacer la «filosofía hacker», inspiradora del espíritu WikiLeaks y destinada a poner en jaque el imparable flujo de información, así como a inspirar personajes como la Lisbeth Salander de la célebre trilogía Millenium. Y aunque el mundo de los piratas informáticos parece exclusivamente reservado a tipos melenudos y tatuados, que exhiben por Skype ojerosos y pálidos semblantes, existió, entre otras, la llamada «Saint Jude». Jude Milhon (1939-2003) fue hacker y fue también activista feminista. A ella le debemos el movimiento ciberpunk y también un buen impulso en lo que a la participación de las mujeres en la red se refiere. Siempre en defensa de lo políticamente incorrecto, allí donde iba gritaba: «Girls need modems!» (las chicas necesitan módems).

A partir de aquí, se abren caminos impensados en esta evolución trepidante que traspasa los límites de nuestra imaginación, relegando a George Orwell y compañía al terreno de la ucronía. Sea como sea, este será un avance compartido, donde hombres y mujeres trabajen codo con codo tanto en California como en los centros investigadores de países emergentes que hace unos lustros no estaban ni siquiera en el mapa de la computación.

Y dado que las nuevas tecnologías no viven en el limbo, es decir no son neutrales, sino que pueden tanto difundir las bondades de la democracia como servir de coadyuvantes a la igualdad de género, no estará nunca de más recordar estas aportaciones clave que hemos citado y las muchas otras que merecían ser citadas aquí. De Ada Lovelace, madre de la programación informática, a las ciber que han pasado a engrosar el término ciberfeminismo (entre cuyas exponentes destaca la filósofa británica Sadie Plant), son muchos los puentes tendidos por mano de mujer en este universo tan aparentemente masculino que es la tecnología informática.

Una tecnología que nos ayuda de un modo incuestionable a fomentar el diálogo entre las culturas y donde las pistas de la información se revelan caminos abiertos a la búsqueda de esa humanidad común de que habla Bauman. Que las manos que moldearon su arcilla sean masculinas y femeninas, femeninas y masculinas, a diferencia de las que ingeniaron artilugios como los automóviles o los aviones, no deja de ser la señal inequívoca de que nuestro tiempo es ya el fruto de una tarea compartida que no puede más que anunciar un futuro mejor, donde avancemos juntos hacia el cielo tecnológico sin tener que salvar ningún techo de cristal.

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  • Jose Fernández | 06 marzo 2014

  • Mariona | 20 octubre 2014

  • Equip CCCB LAB | 20 octubre 2014

  • xavi | 31 enero 2015

  • Equip CCCB LAB | 02 febrero 2015

  • andrea cas | 17 mayo 2015

  • Miguel Parada | 16 agosto 2017

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