Tonatiuh López: «El error de los museos es querer crear un público; la vida ya está creada, hazte cargo de ella»

Hablamos con Tonatiuh López del Museo Arte Contemporáneo Ecatepec, un proyecto que ocupa el espacio público para generar interacción con la comunidad. 

Tonatiuh López | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Tonatiuh López | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Ecatepec de Morelos, a tan solo veinte minutos de la Ciudad de México, es el municipio más grande del país y también el más inseguro; tiene el récord de feminicidios y está declarado zona de catástrofe ambiental. «Es un municipio que algunos periodistas describen como el peor lugar para nacer, pero también es el lugar donde muchos nacemos», señala el historiador del arte Tonatiuh López. Es una de las personas que hace funcionar el Museo Arte Contemporáneo Ecatepec (MArCE), un museo sin paredes, un proyecto comunitario que actúa a través del arte para poder generar cambios y un impacto en la comunidad.

¿Quién querría hacer un museo de arte contemporáneo en un lugar dónde más del 90 % de sus habitantes declaran vivir con miedo? En Ecatepec de Morelos, lo hacen quienes nacieron ahí, y justamente para abordar todo eso. «Se trata de pensar con qué estrategia creativa podemos atender el problema, y atender no significa solucionar, sino empezar a hablarlo entre todas», señala Tonatiuh López.

Es así como, por ejemplo, en el proyecto «Toco madera» salieron a la calle con un carrito de tamales para recoger las preocupaciones del pueblo de Santa Clara Coatitla ­–la región de Ecatepec en la que el museo desarrolla su actividad. Con el dicho popular «las penas con pan son menos» por bandera, ofrecían un pan a los vecinos y las vecinas que compartieran por escrito sus preocupaciones de forma anónima. Unos días más tarde realizaron una actividad en la calle en la que invitaron a todo el que pasaba a ilustrar esos problemas, y esas ilustraciones sirvieron para hacer uno de los tradicionales tapetes de aserrín que llenan las calles el día de Santa Clara. Como escribe Adriana Valdés, impulsora de «Las penas con pan son menos», en el libro que recoge la memoria de los primeros años del MArCE:

El tapete se convirtió en un modo en el que el pueblo retomó la calle para hablar de sus problemas, tanto personales como comunales, y, además de visibilizarlos, también pretendió darles una salida simbólica: cuando la Santa pasara sobre los dibujos, los borraría y se llevaría consigo todos los pesares.

El Museo Arte Contemporáneo Ecatepec (MArCE) nació en 2015 como una iniciativa del artista Federico Martínez, que reunió a amigos, artistas y gestores culturales para pensar su práctica artística como una práctica social desde la periferia. «Si ya de por sí suena complicada la situación en Ecatepec, imaginarte artista o creativo en un lugar así se vuelve doblemente complicado; si en un entorno más o menos privilegiado parece una profesión que no puede llevar a ningún lugar, partiendo de ese ningún lugar suena a una salida poco viable», apunta López.

«Ecatepec es el lugar donde muchos aprendemos a fiestear, a vivir, a defender la vida, pero también a avergonzarnos de la vida que tenemos», apunta el miembro del colectivo:

Cuando eres joven crees que lo normal de vivir aquí es salir, y entonces vivimos aquí no viviendo aquí. Yo nunca fui a una escuela en Ecatepec. Eso crea un desarraigo, no solo del cuerpo con la tierra, sino entre los cuerpos. No hay forma de echar raíces, porque antes del museo yo nunca supe que había una chica a tres cuadras de mi casa estudiando arte. El MArCE sirve para aglutinar gente que habla con cierto lenguaje, que no fue aprendido en este lugar sino en otro lado, y hoy nota que este es el único lugar que tienen para existir.

Lo que mueve el proyecto tiene mucho que ver con la incomodidad de vivir en el cruce. Porque quien abandona esta periferia también lo tiene difícil para encajar en los centros. Mariana García, en un texto sobre el colectivo del que también forma parte, escribe:

Al final, somos migrantes. Migrantes diurnos que no pueden permitirse pagar el precio de dormir allá, en la ciudad; migrantes que se delatan con sus gestos, con sus palabras raras, esas que aprendieron de sus abuelos, esas que son mezcla del español montado a fuerza y de la lengua madre que murió con los tatarabuelos… quizá antes.

El objetivo, sin embargo, remarca López, no es arrastrar las lógicas del centro a la periferia:

La idea que tenían las personas que estaban en el origen del MArCE era crear un espacio para la difusión del arte contemporáneo en Ecatepec y para Ecatepec, pero, a pesar de la crítica institucional, replicaban el cubo blanco con un texto a muro en corte de vinilo, con un folleto… Solo se movía el cubo a otro lugar. Eso es lo que vemos siempre, esa idea de que el arte limpia, o educa, o reduce esa violencia. Eso es una fantasía burguesa, porque en realidad no está limpiando nada, lo único que hace es quitar a la gente de ahí, permitiendo que gente limpia llegue a habitar alrededor del arte limpio en el espacio limpio. Cuando se reformuló el colectivo dijimos que esto tenía que ser un espacio que permitiera a la gente poner en valor su propia producción cultural, una suerte de museo comunitario, que tenía que suceder en las calles, porque es donde vivimos la gente. No hay un espacio público y el único lugar para estar con tus amigos es en la calle; no «en la calle» queriendo decir en el parque, literalmente en la calle.

Ante los debates sobre la democratización del arte, López, que durante años ha trabajado en temas de educación en museos, asegura que no es posible un arte para todos:

Es posible que todos generen su propio arte, quizá, pero no un arte para todos, porque eso es una idea capitalista, fabril, globalizante. Los museos de arte contemporáneo son como H&M’s que salen por todas las ciudades pasándose la misma exposición de uno a otro, para que todos consumamos el mismo tipo de cultura elitista y nos tomemos una selfi en el Yayoi Kusama o en el Jeff Koons de turno. Y eso silencia voces que valdría la pena que fueran escuchadas. A mí me sirve mucho más saber de un periódico impulsado por mujeres en un entorno rural de India, Khabar Lahariya, que sobre la historia de Jeff Koons. Yo nunca en mis posibilidades voy a poder hacer lo que hace Jeff Koons, pero en cambio la historia de Khabar Lahariya me sirve.

El periódico indio inspiró un proyecto que desarrolla actualmente el MArCE: crear un periódico comunitario para abordar la problemática de la violencia hacia las mujeres y otros tipos de cuerpos feminizados.

Otra de las líneas que desarrollan tiene que ver con el rescate de un espacio natural cada vez más amenazado, el Cerro Gordo, y de su historia. «El Ejército del Trabajo, una organización anarquista comunitaria, decidió organizar el lugar y ocupó el cerro, pensándolo como un parque natural protegido en el que solo habría una escuela secundaria, una iglesia y un centro de salud», cuenta el historiador del arte. A partir de 1984, sin embargo, tras el terremoto de la Ciudad de México, mucha gente se vio forzada a desplazarse a las periferias, y el cerro, que había sido el centro de la vida culinaria o deportiva de Santa Clara Coatitla, ha ido perdiendo espacio natural desde entonces.

Hay muchas historias de resistencia que el museo viene a aglutinar y que acaba solamente sacándolas como un comentario con un gesto artístico. En el caso del cerro fue una acción que hicimos con escuelas públicas de dar talleres de bombas de semillas, generar unos estandartes y organizar una procesión a la cima. Son pequeñas acciones que me gusta no pensar como piezas, porque lo que sucede cuando un artista piensa un trabajo como una pieza es que se acaba ahí: lo importante es tener un buen registro de esa actividad, que los niños sigan las instrucciones, que la pintura quede bonita y sacar unas cuantas cosas que pueda vender en una galería. Lo importante aquí no es eso, sino que esa actividad se diluya en algún grado de porcentaje con la vida del lugar y pueda generar impactos futuros. Seguramente perderemos el cerro, pero que al menos esa memoria no desaparezca, sobreviva.

La cuestión de los museos, dice López, es quién tiene el poder: «Si lo tiene el curador, la importancia está en hacer una exposición; si lo tienen los artistas, está en generar una pieza; si lo tienen los patronos, está en quién dona qué o el nombre que lleva cada sala; si la importancia está en el recinto, el poder es del arquitecto; y muy pocas veces la importancia la tiene el público». En el caso del MArCE buscan que sea lo principal, «porque nuestro público son nuestros amigos, nuestra familia y nuestros vecinos, somos nosotros mismos y el lugar donde crecemos».

Pero ¿cómo es central el público cuando nadie pedía un museo de arte contemporáneo en Ecatepec?

El pueblo no lo pedía, y entonces la cuestión es cómo convertir ese lugar, justamente porque el pueblo no lo está pidiendo, en algo que le sirva. No tienes que crear un público, te pones donde el público está. Pon el cine en la calle oscura, y entonces esa calle que antes daba miedo se transforma en un cine al aire libre donde la joven puede regresar a casa tranquila después de la escuela. No construyes el público, te pones ahí y se sientan. O vas caminando rumbo al cerro y te preguntan qué vas a hacer, o pones un huerto o un comedor y te van a decir: «¿Aquí qué hay?». El público es curioso, solo tienes que crear una situación que llame la atención de forma no violenta. Los cubos blancos, o esos elefantes blancos, llaman la atención, pero de una forma muy violenta. Llegan a romper con la estética del lugar para que otra estética sea implantada. Acá llamamos la atención desde lo familiar. El público no se crea, se le atiende. El error de los museos es querer crear un público, y no, la vida ya está creada. Simplemente hazte cargo de ella.

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