Refugio conectado: repensar el hogar a la luz del virus

La COVID-19 nos ha recordado la importancia del hogar al tiempo que ha propiciado profundos cambios en los modos de habitarlo. 

Chico con un telégrafo. Washington, D.C., c. 1921

Chico con un telégrafo. Washington, D.C., c. 1921 | Shorpy | Dominio público

Una casa no está hecha solo de ladrillo y mortero. Sus habitantes la transforman y le dan sentido, así como los cambios sociales que suceden a su alrededor. Desde hace décadas, los hogares experimentan una revolución tecnológica que ha diluido las barreras entre lo público y lo privado, lo colectivo y lo individual. El coronavirus ha acelerado este proceso, derribando los tabiques que separaban descanso, consumo, producción, ocio, aprendizaje… Como en otras transformaciones profundas, sus consecuencias tardarán en cristalizar, pero ya es posible identificar sus primeros impactos físicos y simbólicos en la vida doméstica actual.

¿Qué es exactamente una casa? En todas las culturas, la vida transcurre en torno a un lugar en el que refugiarse, cocinar, asearse, descansar, tener relaciones sexuales… Ese espacio puede tomar las formas más diversas y sus usos no siempre coinciden, pero la humanidad lleva a cabo algunas actividades esenciales en torno a un espacio, central en la vida de las personas, que ellas consideran su hogar.

La casa nunca es un objeto acabado. Es un work in progress continuo en dos ámbitos: el físico ­–decoración, reformas– y el cultural, según los usos y costumbres cambiantes de sus habitantes y sus sociedades. Esta relación entre la producción del espacio y su reproducción simbólica fue ampliamente analizada en los años sesenta por pensadores como Henri Lefebvre, el movimiento situacionista o Michel Foucault, que la describe así: «No vivimos en un espacio homogéneo y vacío, sino, por el contrario, en un espacio que está cargado de cualidades, un espacio que tal vez esté también visitado por fantasmas; el espacio de nuestra primera percepción, el de nuestras ensoñaciones, el de nuestras pasiones».

Por todo ello no es de extrañar que, desde la segunda mitad del siglo XX, los medios de comunicación de masas primero, Internet después y ahora la pandemia del coronavirus estén modificando la forma y el significado de la vivienda de una manera radical.

El fin de la intimidad

La idea del hogar como lugar esencialmente privado es un invento moderno. En la Edad Media, el concepto de intimidad no tenía vigencia salvo para la vida monástica y palaciega. Todo en la vivienda era espacio común, por lo que mesas, bañeras o camas se sacaban y se guardaban según convenía. Las habitaciones diferenciadas surgen con el ascenso de la burguesía urbana y de la individualidad como valor cultural. Esto modifica la estructura de las casas, creándose baños, dormitorios, comedores, etc. Compartimentos que garantizan la privacidad al tiempo que ordenan cómo debe desarrollarse el día según las normas de la sociedad liberal.

Esta noción de intimidad se ha visto alterada por la revolución comunicativa y tecnológica de las últimas décadas, que desdibuja la barrera entre lo público y lo privado, atravesando también las estancias del hogar. Como analizó en su día el filósofo Javier Echevarría, la radio y la televisión convirtieron las viviendas del siglo XX en lugares en los que se representa la vida pública. Aunque solo fuese de manera pasiva, la información y el entretenimiento se instalaron en las salas de estar y, con ellos, la política y el consumo. Hace veinticinco años, Echevarría anticipaba que con la llegada de Internet surgiría una nueva forma de cosmopolitismo, el cosmopolitismo doméstico, dada la importancia creciente de los domicilios en la economía y la opinión públicas.

Windows | Jason Allen Lee
Windows | Jason Allen Lee

Un cuarto de siglo después, el desarrollo tecnológico y de infraestructuras ya ha permitido que Internet sea un recurso disponible en millones de hogares. Si bien esta expansión no es equitativa (recordemos que cerca del 45 por ciento de la población mundial no tiene acceso a Internet; un 13 por ciento en el caso de Europa), todo hace pensar que la progresiva expansión de la tecnología móvil acabará por conectar todas las viviendas a escala planetaria en un futuro cercano.

En la casa conectada, todas las estancias –y no solo una– se llenan de noticias, amistades, compras, teletrabajo, chats… Los teléfonos, altavoces y otros electrodomésticos inteligentes abren la vida doméstica al exterior de un modo permanente. Si los medios de masas llevaron lo de fuera hacia dentro, la tecnología digital ha creado una red de dentros y fueras que se mezclan e interactúan entre sí de manera asíncrona. La crisis del coronavirus ha acelerado de forma brusca esta evolución, sacudiendo los hogares en términos especialmente de consumo, producción y cuidados; con repercusiones en la vivienda que se prevén físicas, pero también simbólicas y culturales.

La digitalización del refugio

Ponerse bajo un techo es una necesidad física y psicológica. Las casas existen porque los seres humanos tienen que descansar y reponer fuerzas, a poder ser con comodidad. Si el hogar es un lugar al que se vuelve para reposar, ¿qué ocurre cuando se debe permanecer en él de manera forzosa? La pandemia ha obligado a millones de personas a afrontar este contrasentido, bajo la consigna decretada por los poderes públicos y económicos de seguir produciendo, consumiendo, estudiando, socializando… a esperas de un eventual regreso a la normalidad.

En los últimos meses, las compras por Internet han crecido en cifras de dos o incluso tres dígitos. Según la consultora McKinsey, el aumento del comercio electrónico en Estados Unidos alcanzó en noventa días lo que en condiciones normales hubiera requerido diez años. Las medidas de higiene y distancia social siguen disuadiendo la visita a tiendas físicas, por lo que todo hace pensar que esta tendencia se consolidará en los próximos meses, haciendo aún más porosa la relación entre vivienda y mercado digital. La materialización más evidente de este proceso es la presencia generalizada de repartidores y riders en las calles de las ciudades, que también señala cómo la casa conectada, sobre todo en su experiencia confinada, no podría existir tal y como la conocemos sin la precarización laboral que imponen algunas empresas de la economía digital como Amazon, Deliveroo, Glovo, etc.

La tecnología también ha facilitado la transformación precipitada del hogar en un centro productivo para cierto tipo de profesiones y siempre que se disponga de una buena conexión a Internet. Esto ha provocado tres tipos de tensiones: la primera, sobre el espacio, que, como se detalla más adelante, ha generado cambios importantes en los usos y distribución de la vivienda; la segunda, sobre el tiempo, poniendo en tela de juicio la ya de por sí frágil división estatal entre el horario laboral y el de ocio, que la comunicación digital lleva décadas resquebrajando; la tercera, que bebe de las dos anteriores, sobre los cuidados, ya que el teletrabajo con personas menores o mayores dependientes introduce en casa el conflicto aún no resuelto entre el mandato de la producción y el de la atención a las personas. Estas disputas tienen un impacto especialmente severo en mujeres y niñas de todo el mundo, que durante la pandemia han aumentado el tiempo dedicado a tareas domésticas y que, entre otras desigualdades, sufren en mayor grado la brecha digital.

Mudar la casa ante el virus

Se puede interpretar una vivienda como un símbolo de la sociedad que la rodea, una metáfora de sus leyes no escritas. «Los edificios no nos obligan a actuar de una forma determinada», escribió el historiador Peter Burke, «pero dan “indicaciones” a las personas que viven en ellos, fomentando cierto tipo de comportamientos». La experiencia de la pandemia, sus retos y necesidades sobrevenidas, ya han transformado de manera evidente el espacio público, pero también el privado, tanto en lo físico como en lo cultural.

En el plano material, el confinamiento y el teletrabajo han revalorizado la utilidad de galerías, patios, terrazas, balcones y otro tipo de espacios abiertos que multiplican, aunque sea de manera simbólica, el horizonte habitable de los hogares, y que la presión del mercado inmobiliario ha ido reduciendo. Esa necesidad de perspectiva respecto al entorno inmediato y la posibilidad del trabajo remoto se ha traducido en un renovado interés por viviendas fuera de las grandes urbes, una tendencia que probablemente no se deba a la búsqueda de más metros cuadrados, sino de una menor densidad urbana que proporcione una sensación de control e independencia del exterior.

The reality of confinement with a four-year-old | BBC REEL
The reality of confinement with a four-year-old | BBC REEL

Los espacios interiores cambiaron y cambiarán mientras la amenaza de un nuevo confinamiento domiciliario siga latente. En el plano laboral, una encuesta de HP constató que, a raíz del coronavirus, los trabajadores europeos han gastado una media de 500 euros para habilitar un espacio de trabajo en casa. El dispendio se reparte principalmente entre mobiliario de oficina, impresoras, auriculares con micrófono y la mejora de la conexión a Internet. Parece sensato pensar que estos nuevos espacios conectados se harán permanentes, alterando la estructura de la vivienda en beneficio de salas versátiles y flexibles, en las que la tecnología permita trabajar, estudiar o desarrollar aficiones, según sea necesario y con cierta comodidad. Esto es, la metamorfosis del hogar como centro productivo, educativo y lúdico online.

Política domiciliaria

Estos cambios de uso y costumbres facilitados por la tecnología anticipan una transformación también en lo cultural. La consultora Accenture ha bautizado los años por venir como «la década del hogar», porque, según una encuesta en la que han participado cerca de 9.000 personas en 20 países, la sensación de incomodidad y la desconfianza en la higiene de los espacios públicos, el fin de los viajes no esenciales, el temor a la crisis financiera y un descenso de los ingresos familiares podrían provocar que las personas pasen cada vez más tiempo en sus viviendas y opten por el consumo local.

Las consecuencias políticas de este repliegue tienen un potencial tanto distópico como emancipador. El filósofo Paul B.Preciado advertía a inicios del estado de alarma en España que el confinamiento era la importación hasta la misma puerta del domicilio privado de las políticas securitarias y de protección de fronteras ensayadas durante años con personas migrantes. Por el contrario, otras voces buscan entre la maleza el germen de nuevas posibilidades de acción individual y colectiva: una revalorización de los cuidados, el surgimiento de redes locales de apoyo mutuo, una revisión del consumismo y una mirada renovada hacia la naturaleza y el medio ambiente.

Como suele suceder en estos casos, el carácter final de estos cambios dependerá de la capacidad de las personas para anticiparse a ellos y fiscalizar a sus gobernantes. El afianzamiento de la vivienda como un espacio económico, político y cultural expandido por la tecnología parece ya inevitable, por lo que el reto es mantener una sociedad civil que vive ahora interconectada pero forzosamente refugiada en el hogar.

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