Nuevas comunidades políticas

Ni demócratas ni republicanas, ni socialistas ni capitalistas, ni anarquistas ni ultraliberales. Lo dicho: nuevas.

Banco de Selar crumenophthalmus, Kona Hawaii

Banco de Selar crumenophthalmus, Kona Hawaii. Fuente: Flickr.

«La política es una acción estratégica», escribe Byung-Chul Han en La sociedad de la transparencia (Herder, 2014): «Y, por esta razón, es propia de ella una esfera secreta. Una transparencia total la paraliza». Según se deduce de su argumentación, el filósofo de origen coreano se opone a los principios del Partido Pirata de Alemania, próximo a la ética hacker y a iniciativas como las de Anonymous. Pero no es difícil extender ese razonamiento a un marco global, que incluiría sobre todo a Wikileaks y sus consecuencias. Su defensa del secreto político necesario es uno de los muchos puntos discutibles de sus ensayos, donde afirma, por ejemplo, que Facebook elimina la intermediación, cuando en realidad lo que hace es hacerla más compleja a través de un algoritmo mutante. Si en el horizonte de nuestra época tuviera que buscar un libro opuesto a La sociedad de la transparencia, optaría por Futuro perfecto. Sobre el progreso en la era de las redes (Turner, 2013), de Steven Johnson. Su proyecto me parece mucho más certero y estimulante que el de Byung-Chul Han, quien insiste en la importancia de lo sublime y de la negatividad, en detrimento de la masa, de lo vulgar o de la democracia –que no puede ni tiene que ser sublime. Y eso puede ser significativo, pues uno es un profesor universitario de filosofía y el otro es un simple divulgador.

Pero ese escritor norteamericano que divulga ciencia y tecnología, además, es un teórico de los nuevos medios, diseña aplicaciones e impulsa sus propios proyectos políticos. Pues eso es su último libro publicado en España: una propuesta ideológica muy seria. Y absolutamente coherente con la trayectoria que comenzó con sus dos primeros libros, Interface Culture: How New Technology Transforms the Way We Create and Communicate (1997) y Sistemas emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software (2001; Turner, 2003). Desde aquellas dos obras en que Johnson analizaba los interfaces y los sistemas complejos, los modos en que los seres humanos estamos creando redes cada vez más sofisticadas, todos los libros subsiguientes han ido abordando la innovación tecno-científica como sinónimo del progreso, con una particular atención a la historia de las ideas durante el siglo XVIII, pues Johnson sitúa en esa época los pilares de su poética como autor.

Era una consecuencia casi predecible que llegara al concepto clave de Futuro perfecto: la red de pares. Así las define: «son descentralizadas en cuanto a sus sistemas de control; ningún individuo o grupo en particular se halla “al cargo” del sistema»; y añade que son redes densas, que van añadiendo participantes con un alto número de vínculos entre ellos; que son diversas, con diferentes opiniones y puntos de vista; que tienen más interés en el intercambio abierto de ideas que en la propiedad privada; que acostumbran a tener una estructura de estratos, añadiendo plataformas de colaboración a las ya existentes, y que «disponen de ciertos mecanismos capaces de poner en valor información que circula por la red, promoviendo las desviaciones positivas y frenando las negativas, creando incentivos a la participación, o dirigiendo el sistema hacia ciertos objetivos».

Los ejemplos se multiplican: instituciones educativas, organizaciones no gubernamentales, comunidades vecinales, movimientos de protesta, colectivos artísticos. Johnson también se distancia, como Byung-Chul Han, de esos autores y activistas a quienes llama ciberutópicos y de nuevas encarnaciones de la vieja idea de anarquía. Para él la izquierda puede creer en el poder del mercado, ser parte del sistema neoliberal. Desconfía, por supuesto, de los ejecutivos, de los consejeros, de los monopolios, de las multinacionales. «Al contrario que los neoliberales de antes», afirma, «los pares progresistas no creen que el mercado sea capaz de satisfacer todas las necesidades humanas». Por eso existe Google, pero también –poderosa– Wikipedia. Por cada fracaso relativo (Occupy Wall Street, la Primavera Árabe), existe al menos un éxito rotundo de esas estructuras horizontales, participativas, electrónicas y humanas, como Kickstarter, que, desde su fundación en 2008, ha conseguido más de 230 millones de dólares para financiar más de 23.000 proyectos creativos: «no es una plataforma para expresar el descontento hacia la lamentable carencia de subvenciones para el arte», sino «para conseguir que las cosas se hagan».

Existe una nueva zona, inestable y polimorfa, en que las comunidades creadoras se encuentran con sus mecenas, con sus públicos, con sus comunidades recreadoras o recreativas (si no hablamos, en realidad, de las mismas comunidades, que van cambiando sus roles según el momento del día o de la semana, de la lectura a la producción, de la subvención a la escritura, del coleccionismo a la creación en red). Pero son quizá aún más interesantes esas otras franjas fronterizas en que el crowdfunding se entremezcla con la planificación urbana, la solución de problemas sociales y la toma de decisiones. Emparentado con Kickstarter desde su propio nombre, la finlandesa Brickstarter, es una plataforma que pretende actuar como un interfaz entre los ciudadanos y las instituciones, aprovechando las nuevas tecnologías (sobre todo las apps y el social media), para localizar problemas y buscar soluciones que incluyan a vecinos, voluntarios, inversores, empresarios locales o representantes públicos. Entre pares progresistas. Una de las muchas iniciativas que, aquí y allá, apoyan la utopía de Johnson.

Existen estructuras corporativas como Facebook, cuya lógica en el nivel de los usuarios es de pares progresistas, pero que, en realidad, se rige por una estructura jerárquica, rígida, panóptica, que persigue el beneficio económico y practica el control de contenidos. «Los pares progresistas», prosigue Johnson, «desconfían del control y de la burocracia que concentra un poder excesivo en la cúpula; quieren más participación civil y más responsabilidad en temas del sector público que afectan a sus comunidades». Una implicación que va desde lo mínimo (el jardín de casa, el parque del barrio, un blog escolar) hasta lo máximo (las redes globales de comunicación, el derecho a la privacidad en la era de los superservidores). Y que supone una propuesta de renovación radical de lo que se ha entendido por izquierda, en el contexto tecnológico del siglo XXI: «Quieren que haya más variedad de elección y más experimentación en la educación pública (…). Creen que la brecha de riqueza e ingresos entre ricos y pobres debe volver a ser más o menos como era en la década de 1950. (…) Son ultraliberales en asuntos sociales, y consideran que la diversidad es un valor cultural clave. Creen que la arquitectura descentralizada, de par a par, de Internet ha sido una fuerza positiva, y que los gobiernos (y las grandes empresas) no deberían tocarla».

Mientras en España y América Latina los nuevos movimientos de izquierda se piensan en términos de cuerpos (asambleas) locales, que ponen en jaque al mercado y que precisan de un líder, Futuro perfecto propone un uso inteligente y responsable de las tecnologías de la información para localizar problemas sociales, discutirlos, solucionarlos, mediante la generación de redes humanas, localizadas o deslocalizadas, sin jerarquías previas, integradas en las dinámicas del capitalismo. Nuevas comunidades profundamente políticas. Ni demócratas ni republicanas, ni socialistas ni capitalistas, ni anarquistas ni ultraliberales. Lo dicho: nuevas. De una novedad posible, que está en nuestras manos convertir en probable.

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