Ngũgĩ wa Thiong’o: «Europa y Occidente también deben descolonizarse»

Hablamos con uno de los grandes referentes de la literatura africana contemporánea sobre el imperialismo del lenguaje y la importancia de descolonizar las mentes y la imaginación.

El escritor Ngũgĩ wa Thiong’o siempre ha cuestionado la tradición literaria escrita en lenguas coloniales, y ha analizado las dinámicas y los funcionamientos de las sociedades colonizadas y su relación con los colonizadores. Thiong’o reivindica la lengua materna como un arma contra el imperialismo del lenguaje, y recomienda descolonizar las mentes y la imaginación, tanto en África como en Europa. Charlamos con él con motivo de la publicación de su obra La revolución vertical (Raig Verd, 2019).

Ngũgĩ wa Thiong’o llega un poco tarde a la cita. Aparece con un atuendo casual: unos pantalones y una camisa –una especie de dashiki blanco con cremallera y motivos africanos bordados al cuello–, también lleva una chaqueta y una boina. Camina algo más lento que la última vez que nos visitó; sin embargo, nadie se molesta, nos adaptamos a su ritmo.

Es su tercera visita a Barcelona, y la segunda al CCCB. Viene a presentar La revolución vertical (Raig Verd, 2019), un cuento que escribió para su hija. «Tenemos la costumbre de contarnos cuentos en vez de hacernos regalos en las celebraciones importantes.» El libro constituye un tributo a la oratura y a su lengua materna, el kikuyo, aunque ha sido traducido a ochenta y tres idiomas, incluido el catalán. Se trata de un relato apabullante, que explora la importancia de la cooperación y la igualdad.

A pesar de haber nacido como James Thiong’o en Kamirithu, Kenia, en 1938, en pleno dominio colonial británico (1895-1963), es conocido como Ngũgĩ wa Thiong’o, que significa Ngũgĩ ‘el hijo de Thiong’o’. Sus experiencias durante la época colonial, las luchas de liberación de los Mau Mau (1952-1962) y la crítica radical a las desigualdades e injusticias de la Kenia independiente han marcado su vida. En 1977 estuvo en una cárcel de máxima seguridad, en 1982 se exilió en Inglaterra y más tarde en Estados Unidos, donde reside actualmente y donde ejerce de profesor de Literatura Comparada en la Universidad de California.

Ngũgĩ es desafiante, subvierte las reglas del juego una y otra vez. Busca estrategias para cuestionar las hegemonías de poder y, como buen storyteller, las palabras son su gran arma. Su prosa de no ficción –novelas, ensayos, cuentos y obras teatrales– critica el eurocentrismo y las consecuencias del colonialismo y el neocolonialismo en África, explorando la destrucción y la infravaloración de las culturas de los pueblos africanos –sus artes, sus danzas, sus religiones, su historia, su geografía… Sus escritos nos permiten entender hasta qué punto el control político, económico y cultural no puede ser ejercido sin la dominación de las mentes.

La obra de este perpetuo candidato al Nobel de Literatura se sitúa dentro de las batallas ideológicas por las libertades culturales: «Hay que liberar la cultura del eurocentrismo y del imperialismo del lenguaje.» El hijo de Thiong’o analiza las dinámicas y el funcionamiento de las sociedades colonizadas y su relación con los colonizadores, por ello considera que hay que luchar para desplazar el centro hacia múltiples centros, hacia la pluralidad de culturas y lenguas como medios legítimos con los que amplificar la imaginación humana y liberarse de las opresiones contra los más débiles. De ahí que, a principios de los ochenta, renunciara al inglés y priorizara el uso del kikuyo, su lengua materna. Según plantea, «la escritura es una forma de autoexploración. Vivimos en sociedad e intento investigar y entender el histórico social que me ha conformado, las experiencias nacionales y otras externas que me impactaron».

El pensamiento de Ngũgĩ, y su idea de desplazar el centro, no solo atiende a las poblaciones del nombrado tercer mundo, sino también a las minorías establecidas en el interior de cada nación. Habla de la clase trabajadora en condiciones de igualdad racial, religiosa y de género. Porque, en el fondo, «el mundo entero, incluyendo Occidente, está sometido a una minoría burguesa, eurocéntrica, blanca y masculina».

Siempre ha cuestionado la tradición literaria escrita en lenguas coloniales. Dicha resistencia la aprendió siendo joven y nunca la ha abandonado: «Existe un problema con las literaturas africanas, ya que gran parte de ellas están escritas en lenguas europeas. Los escritores de mi generación usábamos el inglés, el francés o el portugués. Esta tendencia continúa en el presente. La lucha actual es que la escritura africana deje de atracarse a sí misma.»

Han pasado más de cincuenta años desde la Conference of African Writers in English, que tuvo lugar en 1962 en la Universidad Makerere, en Kampala, Uganda. «Fue el primer encuentro de escritores africanos en lengua inglesa que se celebró en África, y reunió a las plumas más importantes del momento, como Chinua Achebe, Wole Soyinka, J. P. Clark y muchos otros. También participaron numerosos escritores de la diáspora africana, entre ellos Langston Hughes. Su participación fue crucial porque conectó la conferencia de Makerere con el renacimiento de Harlem.» No obstante, lo más relevante de este encuentro fue que sucedió en el continente africano, algo que no había pasado anteriormente.

La literatura africana tiene un problema: está escrita sobretodo en lenguas europeas.
Ngũgĩ wa Thiong’o

En aquellos tiempos apenas había escritores africanos: «Las generaciones más jóvenes vienen cargadas de escritores, por ejemplo, mis cuatro hijos son escritores.» Ngũ̃gĩ sostiene que «debe diferenciarse la literatura africana escrita en lenguas africanas de aquella literatura surgida de África pero que usa idiomas europeos, a la que denomino literatura eurofónica».

En 1977, la representación de su obra teatral Ngaahika Ndeenda (‘Me casaré cuando quiera’), escrita en kikuyo y muy crítica con las desigualdades e injusticias de la sociedad keniana, hizo que le encerrasen durante un año en la prisión de Kamiti (Nairobi). Tras esta experiencia abandonó el inglés y se comprometió a escribir en kikuyo. Estando en la cárcel escribió en papel higiénico la novela Caitani Mutharabaini (1981), traducida al castellano como El diablo en la cruz. «En prisión usé la literatura en kikuyo como la manera de conectarme con el exterior, mientras que en el exilio la he utilizado como una forma de conectarme con Kenia.» Su férrea defensa de la lengua materna es, desde luego, un ataque al imperialismo del lenguaje.

Durante sus años en la Universidad de Leeds, en Inglaterra, descubrió a otros autores no occidentales e inició el desplazamiento de la tradición literaria occidental hacia otros centros. Allí reconoció el papel de la literatura de la diáspora africana como espacio de resistencia frente al imperialismo del lenguaje y como motor para el desarrollo de una escritura africana en el continente. «Es muy importante para mi conectar colectivamente la literatura africana con la caribeña o la afroamericana. Esta literatura fue básica cuando volví en 1967 a Kenia como profesor de la Universidad de Nairobi. Entonces empecé a desafiar el dominio de la literatura inglesa, ya que en esos días el estudio de la literatura suponía necesariamente el estudio de la literatura inglesa y de las lenguas europeas.»

En ese tiempo descubrió a Frantz Fanon y a su obra Los condenados de la Tierra. De hecho, Ngũgĩ habla de Fanon como del profeta de su tiempo. Igualmente, tal vez sin ser consciente del todo, también él se ha convertido en un profeta de las palabras: «Recuerdo que en 1965, cuando estudiaba en la Universidad de Leeds, uno de mis compañeros vino de París con un libro de Fanon, fue muy importante para nosotros.» Por aquel entonces muchos países africanos, incluido Kenia, estaban independizándose: «En la era de la post-independencia nos costaba entender lo que ocurría. Y Fanon nos dio el vocabulario que nos permitió comprenderlo.» Frantz Fanon les hizo ver la conexión entre la independencia económica, política y cultural: «Se podía ser políticamente independiente, pero no era necesario ser económicamente independiente.»

Su obra es más actual ahora que hace veinte años. Su pensamiento y sus ideas son inspiradoras para toda una generación de africanos que consideran a Ngũgĩ, a Fanon, a Angela Davis y a tantos otros como los grandes faros de este tiempo. Además de formar parte de una generación irrepetible, fue uno de los pocos que denunció abiertamente el racismo en la literatura. El texto «Su cocinero, su perro: el África de Karen Blixen», leído en Copenhague en 1981, provocó una enorme polémica, ya que cuestionaba la figura de Isak Dinesen en su propio país de origen, donde gozaba de una verdadera mitificación: ¿Cómo una auténtica santa podía ser racista?

Otra de las grandes luchas del hijo de Thiong’o es descolonizar las mentes y la imaginación. «Descolonizar la mente es muy importante tanto para África como para Europa. Porque el Occidente que tenemos se ha creado con el comercio de esclavos y la colonización de otros pueblos. Europa primero se tiene que descolonizar a sí misma, debe entender que muchas de sus ciudades se han construido con los beneficios generados a través de los cuerpos de los africanos.»

Su propuesta de descolonización mental pasa por la capacidad de la imaginación. «La imaginación nos permite proyectar posibilidades y mundos diferentes. Los regímenes autoritarios quieren limitar la capacidad de las gentes para imaginar futuros distintos, obligándoles a pensar que lo que tienen ahora es el mejor de los mundos posibles.» En los momentos en que las civilizaciones se agotan, como ahora sucede con la occidental, cabe reinventar el papel de la imaginación, cabe aprender de su potencia transformadora y de sus energías de cambio.

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