Laura Pando: «Las instituciones culturales deben ser un lugar seguro para debatir sobre el cambio climático»

Hablamos con Laura Pando sobre la huella ecológica de las instituciones culturales y la importancia de la conciencia ambiental.

Laura Pando. Ilustración de José Antonio Soria, CC-BY

Laura Pando | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY.

La cultura, el consumo cultural, también deja una huella de carbono. Laura Pando lo sabe bien, desde hace una década se dedica a calcular esa huella y a hallar maneras de rebajarla. Comenzó haciéndolo como directora de sostenibilidad en Festival Republic, y ahora sigue en Julie’s Bicycle, una entidad londinense sin ánimo de lucro que trabaja con instituciones culturales para conseguir sostenibilidad ambiental. En Julie’s Bicycle Pando se ocupa, entre otros, del Programa Ambiental del Consejo de las Artes, y trabaja codo con codo con organismos culturales, como el National Theatre, para ayudarlos a mejorar su repercusión ambiental.

Publicamos la primera de las entrevistas a cada una de las miembros del jurado en la segunda edición del Premio Internacional de Innovación Cultural, convocado por el CCCB, y que en esta ocasión tenía como tema central, justamente, el cambio climático.

Comencemos por algo que parece evidente, o no tanto. Visitar una exposición en un museo, asistir a un concierto o una obra de teatro tiene un impacto ecológico.

Por supuesto. Antes de Julie’s Bicycle, era gestora medioambiental en una empresa que se llama Festival Republic, que lleva ahora mismo unos 16 festivales, principalmente en Reino Unido, y algunos también en otros países de Europa. Mi trabajo consistía precisamente en reducir la huella de carbono de esos festivales, que se debía, entre el 60 y el 70 %, al transporte que usaba la gente para ir y volver del festival. En museos ese impacto medioambiental es probablemente menor, porque en general los museos suelen estar en núcleos urbanos donde hay sistemas de transporte público; no obstante, acogen exhibiciones, y estas suelen ser itinerantes y se mueven constantemente de un centro a otro.

¿Qué otros factores ecológicos debemos considerar cuando consumimos cultura?

La energía. Sonido, luz y vídeo, en general, de salas de conciertos, por ejemplo, consumen un montón. Y si te llevas un concierto a una plaza de toros o a un parque, necesitas, además, llevar generadores, que tienes que transportar y luego devolverlos al lugar de origen. Y normalmente, esos generadores consumen diésel, un combustible muy contaminante. Es más, lo que suele ocurrir muchas veces, también en salas de conciertos, es que se tienen generadores alternativos que están constantemente funcionando por si acaso se fuera la luz. La huella ecológica es altísima.

En los centros culturales, como el CCCB, ídem. Tienes que iluminar las exposiciones, obviamente. Y luego están los materiales que usas. Si los vas a reutilizar más adelante, la huella de carbono disminuye. Si, en cambio, los vas a usar en una exhibición solamente y después los vas a tirar, la huella es monumental.

Se pueden reciclar…

Solemos pensar que con reciclar los materiales que empleamos hay bastante, pero esa acción es también parte del problema. Y no se trata solo de los folletos informativos. También hay que tener en cuenta qué se vende en el restaurante del centro o museo, por ejemplo, si los vasos que se usan son de plástico o de papel desechables, o si, por el contrario, se ofrecen utensilios que se pueden reusar. Incluso la comida que se ofrece influye, la basura que genera el empaquetado de esa comida; cómo se separan las basuras. O el consumo de agua, por ejemplo, que es clave. Hay muchísimas cisternas de inodoro que usan una cantidad absurda de agua cada vez que se tira de la cadena. Hablamos de cosas que no parecen muy interesantes o muy relacionadas con el arte, pero todos vamos al baño varias veces al día. Y hay muchas maneras de influir y de reducir esos impactos.

Gestión cultural sostenible. Conferencia de Laura Pando en el CCCB
Gestión cultural sostenible. Conferencia de Laura Pando en el CCCB

En Julie’s Bicycle asesoráis a empresas culturales para que, precisamente, reduzcan su impacto medioambiental.

En un inicio, nuestra intención no era esa. Empezamos ofreciendo al sector cultural una herramienta, la calculadora de la huella de carbono, que cuenta con versiones distintas que se adaptan tanto a festivales como a teatros o museos, para ofrecer resultados muy específicos de la naturaleza de cada actividad. Es una herramienta gratuita, disponible a través de nuestra web. Y fue a partir de ofrecer esa herramienta cuando empezamos con el servicio de consultoría. Nos encontrábamos que los distintos actores nos decían: «Queremos hacer más. Sí, estamos midiendo nuestros impactos, sabemos la huella de carbono, estamos reduciéndolos porque hemos hecho A, B, C. Pero, ¿y ahora qué?».

¿Quién viene a veros?

Ahora estamos con una institución que se llama Somerset House, que es una de las principales instituciones culturales no solamente de Londres, sino también de Inglaterra. También trabajamos con National Theatre, con Royal Albert Hall, con muchas instituciones muy importantes.

¿Por qué quieren reducir su huella de carbono?

No hay una respuesta única. Supongo que, para empezar, por ética personal y profesional, sobre todo en el caso de organizaciones que se nutren mucho de financiación pública, que conlleva una responsabilidad social. También por reputación, porque no hacer nada cada vez más entraña un riesgo; al menos ahora mismo en el Reino Unido, es así: al que no hace nada se le mira mal. Y esa reputación influye sobre dónde tienes los fondos de pensiones, con qué banco trabajas o quiénes son tus patrocinadores. En este sentido, el sector cultural se ha unido para colaborar y eso ha sido el motor que ha propiciado este cambio.

¿Cómo?

Tienen claro que no es un tema de competencias de audiencias, sino que unir esfuerzos para reducir el impacto medioambiental que tienen es algo que beneficia a todos. Además se generan oportunidades de patrocinio.

¿En qué sentido?

El patrocinio tradicional era «Yo tengo esta empresa y quiero, con tu buen nombre, mejorar el mío. Te doy dinero y tú me pones mi nombre y quedamos todos de lujo». Eso está pasando a la historia, porque hay opciones de patrocinio donde el valor es mayor. «Tú me das el dinero y te meto en este grupo de colaboración y te presento a estas personas y creamos y programamos juntos eventos. O incluso yo te presento a mis audiencias. Si yo tengo fe plena en que esta energía es 100 % renovable, tú me reduces el precio de la factura y yo me aseguro de presentarte a todos mis potenciales clientes». No hay obligación, es una especie de publicidad basada en que ambas partes coinciden en ciertos valores y en cierta dirección de visión.

Laura Pando | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Laura Pando | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

La conciencia medioambiental de las instituciones y empresas, ¿cala en los usuarios?

Creo y confío en que sí. Un buen ejemplo es el festival Shambala, que se ha convertido como en el ethos de la ética. Empezó casi como una fiesta entre amigos, fue creciendo y ahora mueve a unas diez mil personas. En un momento dado, los organizadores empezaron a plantearse el impacto ecológico que tenía el festival y tomaron medidas muy arriesgadas pero interesantísimas. Para empezar usan energías 100 % renovables, no tienen absolutamente nada de huella de carbono en el tema de electricidad y eso es impresionante, muy difícil de conseguir en un festival que tiene lugar fuera de un entorno urbano.

Durante el festival, han eliminado todos los plásticos, no venden botellas de agua, sino una botella que se puede rellenar en cualquiera de los muchos grifos que hay repartidos por el espacio.

Pero ahí pierden negocio.

Hay empresas que se arriesgan y dicen «voy a ganar un poquito menos aquí, pero yo creo que lo que estoy haciendo socialmente tiene un valor que va mucho más allá de lo que yo me hubiera metido en el bolsillo por haber vendido esas botellas de agua». Hacen el cálculo y no es solamente un cálculo económico en contra de unos presupuestos, es un cálculo que tiene en cuenta también la repercusión social. El año pasado hicieron una cosa muy interesante. ¿Te la cuento?

Adelante.

Quitaron de los puestos de comida toda la carne y el pescado. Y la gente se volvió loca. Por Internet, en las redes sociales, la gente entró en cólera. Estaban tocando algo muy personal que es la dieta, la comida, algo que la gente considera como una libertad de elección, poder elegir lo que come y lo que no come.

No todo el mundo es vegano.

Aquella acción generó un debate intenso e interesante. El festival programó charlas alrededor de cómo se produce la carne, cómo son las granjas, cómo tratan a los animales. Además, seleccionaron muy cuidadosamente quién venía a hacer la comida, para que la gente disfrutara de la experiencia culinaria. El éxito fue increíble: el 40 % de los asistentes salió de allí diciendo que se iba a replantear su dieta.

Pero este tipo de debates, ¿le corresponden a entidades culturales que no se dedican a ello?

Existe un informe llamado «Perceptions matter», algo así como “la percepción importa”, que se realizó en el Reino Unido. Los resultados muestran que el sector cultural es el único sector del que la mayoría de personas piensa que tiene la obligación moral de retratar y de representar valores a favor de las causas sociales. Eso indica claramente que hay una expectativa social respecto a este tipo de instituciones, de las que se espera que reflejen un poco los valores más humanos y lo que nos hace un poco mejores con respecto a nosotros mismos. Las instituciones culturales tienen que proporcionar un lugar seguro donde poder tener esa conversación tan difícil como es el cambio climático.

¿Qué quiere decir un lugar seguro?

Quiere decir que lo presentas de una manera que no es polarizada y que permites a la gente expresarse con libertad, sin miedo a ser juzgados; donde la gente se puede entender; donde tú puedes ser vegana y yo puedo ser super carnívora y podemos tener una conversación y ni tú me juzgas a mí ni yo a ti, porque está moderado en un espacio como puede ser una obra de teatro, por ejemplo, que trata de la producción cárnica. Y tú y yo salimos del teatro y acabamos de ver una obra que nos ha dejado la mente llena de ideas, y lo comentamos, mientras yo me como mi filete y tú te comes tu trocito de lechuga. Y esta conversación nos la llevamos a casa, y de casa te lo llevas al trabajo.

A la gente, en general, no le suele gustar que la aleccionen. ¿Funcionan las obras de teatro sobre cambio climático para remover consciencias y provocar esa conversación?

Las obras medioambientales que han tenido una resonancia muy grande no han ni mencionado el cambio climático ni me han dicho lo que tengo que hacer o lo que no tengo que hacer. Pero sí han tocado una fibra dentro de mí. Ésta es la belleza del arte y de la cultura, y su verdadero poder, que no es formalizada y estandarizada y te la pueden meter a cuchara. De ninguna manera. No tiene intereses políticos, sino un hambre voraz de inventar un futuro mejor para la humanidad.

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