La conferencia performativa

Planteamos el ejercicio de experimentar nuevas estrategias y estilos en la puesta en escena para reformular el género de la conferencia.

Sala principal de conferencias de la Sorbonne, París, 20 de marzo de 1914.

Sala principal de conferencias de la Sorbonne, París, 20 de marzo de 1914. Fuente: Wikipedia.

La conferencia magistral, entendida como una práctica académica en la que alguien al que se le atribuye una sabiduría o conocimiento sobre un determinado asunto desarrolla esas ideas frente a un auditorio ávido por asimilar esos conocimientos, es un formato que goza de buena salud. Sin embargo, también existen alternativas para reformular el género, tanto como método para estimular nuevos pensamientos como para simplemente transmitir información, por lo que programadores y creadores pueden plantearse el ejercicio de experimentar nuevas estrategias y estilos en la puesta en escena.

Presenté mi primera conferencia performativa, aún cuando entonces desconocía el término, en la librería del Centro Cultural Gabriel García Márquez de Bogotá, en el año 2009. La pieza la titulé Los críticos también lloran. Consistía en una falsa mesa redonda, o mesa redonda de ficción, en la que cuatro escritores encarnaban a los cuatro críticos que en la primera parte de 2666, la novela de Roberto Bolaño, se relacionan, en congresos y festivales literarios, por su interés en la vida del escritor Benno Von Archimboldi. Los escritores hablaban en primera persona. Traían sus papeles impresos con el texto de sus ponencias, que se combinaba con diálogos aparentemente improvisados con sus vecinos de mesa. Para los familiarizados con el libro el dispositivo era evidente desde el inicio. Todo lo que escuchaban lo habían leído. Los que no conocían la trama quedaban perplejos ante la honestidad brutal de los ponentes. Era un análisis sobre la obra de Bolaño, al mismo tiempo intelectual y frívolo. Presentamos la pieza en diferentes ciudades. En todas ellas el público seguía con atención la presentación y en el turno de preguntas, la primera cuestión siempre era: todo esto que contaron, ¿sucedió de verdad?

En su libro Theatrum Anatomicun (and Other Performance Lectures), el artista Pablo Helguera se pregunta: «¿No sería genial, pienso, si las presentaciones fueran trabajos teatrales, donde lo dramático va de la mano del mensaje? ¿Por qué no hay dramaturgos que colaboren con los conferencistas?». Desde 1998, Pablo Helguera ha ido creando con regularidad distintos tipos de conferencias performativas, incorporando actores y estrategias teatrales a eventos académicos. Helguera se sorprende de que los propios conferencistas asuman que sus presentaciones son aburridas, pero que de todos modos insistan en hacerlas, en un intento cada vez más fallido de perpetuar un modelo agotado, en lugar de preguntarse: ¿quién soy yo cuándo estoy delante de un público?

En España, más allá de experiencias aisladas, la institución cultural que ha apostado con fuerza por este formato es el MUSAC. El libro Conferencia performativa. Nuevos formatos, lugares, prácticas y comportamientos artísticos, editado por Manuel Olveira, su director, es una suerte de manual de referencia de esta práctica artística. El libro recoge amplias entrevistas con los artistas, coreógrafos, creadores escénicos y escritores que participaron del proyecto expositivo inaugurado en el museo a finales del año 2013. En su brillante prólogo, Olveira destaca que, concebida de esta forma, la conferencia se libera de su anacrónico estatus académico para convertirse en una práctica artística educativa, pero también en una puesta en escena, un espectáculo.

Una conferencia performativa puede impartirse cantando, como Cristina Blanco en Ciencia Ficción, bailando, como Aimar Pérez-Galli en Sudando el discurso, o caminado por las calles de Berlín, como Dan Graham en Outer-habitation-space. En definitiva, se trata de una forma mestiza que amplía el campo de formatos ya establecidos como la instalación, la performance o el happening.

El habla tiene poder performativo. La conferencia da autoridad a quien la imparte. Un conferenciante debe gestionar esos elementos de manera que los contenidos, finalmente la principal razón por la que fue invitado a compartirlos, lleguen de manera más nítida, sincera y atractiva a un público cada vez más exigente. Si bien es cierto que los auditorios siguen llenándose con presentaciones tradicionales, también lo es que, en muchos casos, ese público sale del evento aburrido preguntándose por las pocas habilidades expresivas del creador al que admiran. Ya en 1928 Ramón Gómez de la Serna, precursor en estas lides, mostraba en una divertida performance, seguramente una de las primeras de la historia del cine, las habilidades necesarias para ser un buen orador.

Qué duda cabe de que es necesario hacer pedagogía entre gestores, programadores y periodistas culturales. Siempre habrá resistencias, por comodidad o pereza, a cambiar lo que, aparentemente, funciona. Quizá vale la pena anticiparse a las demandas de un espectador con múltiples opciones culturales. Porque, lo queramos o no, la presencia de un creador delante de su trabajo es una puesta en escena. Lo explica Jean Echenoz en su texto para el libro colectivo El juego del otro (Errata Naturae, 2010).

«No hay literatura sin espectáculo. Sin importar qué forma tenga, la presencia del autor ante su trabajo, junto o detrás de su trabajo es una vez más, y lo será siempre, una puesta en escena. Lo queramos o no -y si uno lo quiere así, que lo haga de forma más o menos hábil; y si no lo desea, que se rompa la cara de manera más o menos catastrófica-, todo eso no es más que un buen y muy conocido espectáculo. Uno está ahí para eso, y, sin duda, habría que alegrarse de que siga habiendo un público para ese tipo de cosas. La forma que tome ese show no cambia nada de su naturaleza. Su no-forma tampoco, por cierto: incluso los que se retiran del mundo -evitaré mencionar nombres, siempre se citan los mismos en esos casos-,  incluso si la renuncia al mundo, con toda la virtud, la altura y la ausencia que eso supone, es un gran espectáculo. El miedo y el temblor son excelentes espectáculos. El silencio es un súper espectáculo. No hay escapatoria».

A pesar de que se han desarrollado proyectos exitosos que emplean Internet y las redes sociales (el más conocido de ellos sería Ted Conference), la presencia en directo aporta un valor añadido a esta práctica artística que la coloca en una línea de pensamiento político contemporánea, que aboga por formas de intercambio en las que trabajemos de manera conjunta, superando actitudes individualistas. En una época como la actual, donde el principal interés de las instituciones culturales más vanguardistas es el público, o sea la manera de lograr que el arte, la «cultura», sea un elemento central en la vida de las personas, la conferencia performativa se convierte en un género ideal para atrapar a esa audiencia. Como afirma Manuel Olveira, se trata de «un giro sistémico que va de la programación a la mediación». Dicho de otro modo:

«El arte, al igual que el porno, debería ser capaz de hacer que nos corriéramos cada vez, todo el tiempo. Deberíamos asumir que ir a ver un espectáculo implica siempre que vamos a ser penetrados, una y otra vez. Y que eso, no sólo va a desatar unos intensos procesos de placer, sino que además va a disolver los límites que nos separan de la obra.»
Jaime Conde-Salazar

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  • David Arellano | 15 septiembre 2015

  • David Arellano | 15 septiembre 2015

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