El sujeto precario. Trabajadores culturales en la era digital

El capitalismo cultural se alimenta del entusiasmo de aquellos que buscan vivir de la investigación y la creatividad en ocupaciones culturales o académicas.

Músicos callejeros. Londres, 1877 | John Thomson, LSE Library | Domini públic

Músicos callejeros. Londres, 1877 | John Thomson, LSE Library | CC BY-NC-SA 3.0

Ya hace tiempo que se instrumentalizan la vocación y el entusiasmo para justificar la deriva hacia la precariedad laboral. La tendencia va en aumento en los contextos dedicados al arte, la cultura y el conocimiento, donde conviven las ventajas de un mundo hiperconectado con el mantenimiento de viejas formas de poder que vulnerabilizan a las personas y les niegan espacios donde repensar la lógica laboral en que se inscriben. Una lógica que incluye desde la falacia de igualar la vida al trabajo hasta la burocratización de la vida laboral, pasando por la feminización de las bases de la cultura o el individualismo inducido por la competencia feroz, entre otros.

«Nos han hecho creer que somos libres», que con esfuerzo podremos convertir nuestra vocación creativa en un trabajo digno. «No es cierto». Tampoco lo es que la cultura esté feminizada. Lo están los hilos que la tejen, pero no quienes mandan ni quienes desde un suelo estable cobran y proyectan su futuro en el trabajo cultural. La expectativa es mi mayor frustración. Día a día escucho que mi trabajo es una afición, que su ejercicio es ya mi pago.

Diario de La Pusilánime

La sala resplandecía. La luz salía de todas partes, incluso de las personas que allí se congregaban. Eran luces eléctricas que les conferían un aire robótico a los asistentes. Era tanta la luz que apenas se divisaban siluetas ni rasgos, sombras o irregularidades. Vestidos de lo mismo presentaban sus papers midiendo sus palabras entre tablas y estadísticas y a ellos mismos arropados por sus competitivos índices de impacto. Todo con la impasividad de quien ha sido despojado de alma o está entrenado en contener la rabia. Al otro lado de la pared una multitud de solos congregados dibujaba una escena repleta de claroscuro. Cada individuo iluminaba su cara con una pantalla y se fotografiaba o emitía en streaming con entusiasmo, vanidad, emoción y alma. Había manchas en sus ropas, restos orgánicos entre los cables. En conjunto la palabrería amontonada sobre millones de «uno mismo» sonaba excesiva, como un ruido pegajoso e inhumano.

Notas sobre las redes y el declive de la academia

Tienen que ver (sujeto precario, cultura contemporánea, libertad, declive de la academia, Internet…). Intentaré argumentarlo sin cerrar las líneas, buscando hacer la cosa pensativa, fragmentándola, mirando y poniendo espejos. Mientras escribo pasan varias horas y días, tres evaluaciones de proyectos, cuatro evaluaciones de teleoperadoras, dos de técnicos. Mis estudiantes me evalúan a mí y yo a ellos. Intercambio formularios, leo en la máquina y la máquina me lee. Siempre restan tareas por hacer. (Fin de) semana. Límite de palabras inclumplido.

El futuro (pospuesto)

Abro la ventana y observo que el mundo cultural se nutre y mantiene hoy de entusiastas becarios sin sueldo, críticos culturales en línea, colaboradoras a tiempo parcial que evitan embarazos, investigadores que buscan méritos, creadores de gran vocación, autónomos errantes, polivalentes artistas-comisarios, jóvenes que siempre «compiten», evaluadores que son evaluados, profesores contratados por horas e interinos, sujetos precarios movidos por la ilusión de que la vida es lo que hay «después».

Desde hace tiempo advierto cómo se ha asentado en las personas que dinamizan la vida cultural y académica cercana un aplazamiento de lo que consideran «verdadera vida». Movidos por la expectativa que iguala vida a trabajo y el deseo de plenitud e intensidad creativa futura, muchos navegan en un presente de precariedad. Unos, entre prácticas, colaboraciones y becas por las que no cobran o pagan ellos, y otros (a veces los mismos) entre tutoriales y redes, soñando con estabilidad y tiempo para ejercer aquello que les punza, o con la visibilidad necesaria para convertir su práctica en línea en un trabajo remunerado con el que pagar alimento de cuerpos y computadoras, sintiendo que la vida es algo pospuesto que nos merodea pero nunca se brinda plenamente.

En el carácter precario de los trabajos disponibles radica la situación ventajosa de quien contrata hoy movido por la maximización racionalista de «menor inversión y mayor beneficio». Pero también ahí se acomoda la excusa de temporalidad de quien trabaja cargado de vocación y expectativa soñando con algo mejor. En un marco profundamente neoliberal, el trabajo cultural sigue esquivando la contratación estable y se presenta bajo eufemísticas propuestas de formación, experiencia o prácticas acogidas bajo bellos epígrafes foráneos que irán cambiando y envejeciendo a la velocidad con que se pudre una manzana bajo un sol acelerado.

Si este sujeto apostara hoy por iniciar el largo camino hacia un trabajo estable en el ámbito cultural o académico, su entusiasmo podrá ser usado para legitimar su explotación, su pago prolongado con experiencia o su apagamiento crítico, conformándose con dedicarse gratis a algo que orbita la vocación, invirtiendo en un futuro que se aleja con el tiempo, o cobrando de otra manera (inmaterial), pongamos: méritos certificados, influencia, visibilidad, reconocimiento, seguidores y likes que le entretengan y sostengan mínimamente su expectativa vital.

El tiempo, sin tiempo

No ha sido algo puntual. La tendencia va en aumento y cada vez más en los contextos cercanos dedicados al arte, la cultura y el conocimiento, los tiempos tienden a ser fagocitados por infinitas burocracias digitales que se apropian de los viejos tiempos de «vida que no es trabajo» y engullen la posibilidad de crear e investigar desde la concentración, un bien valioso pero escaso.

Remedios Zafra. Espacio privado, relaciones online, identidad y deseo en Internet | CCCB

Generar memorias, difundir actos, contabilizar interés de los medios, dar cuentas de la mínima inversión realizada, pedir recibos, hacer informes y cumplimentar periódicamente cambiantes bases de datos, sí. Como si, afectados por la mala conciencia de derroche de grandes cantidades de dinero no justificado donado a la libre disposición de quienes mandan, se intentara desviar todo el esfuerzo de justificación a los niveles más bajos de contratación, a los más precarios. Días y días para justificar el pago de cien euros por una conferencia frente a miles de euros gastados en dietas y libre disposición que no precisan un mínimo esfuerzo, un mísero papel reciclado que rece «justificación»; como si siglos más tarde se rememorara la desigualdad que provocaban los viejos modelos feudales, tan parecidos a estos, ahora más tecnificados.

Creo que la burocratización de esta vida laboral arrastra el riesgo de apagamiento, anulando a los sujetos que debieran dedicarse a investigar y crear y que orientan sus tiempos a justificar y encajar conceptos en números, números en casillas, cumplimentando infinitos trámites, cansándolos de antemano como para recuperar su concentración, como para hacer la revolución, rebajando su pasión intelectual, dificultando su pasión política. Y me parece que esta inercia es peligrosa, que el riesgo es la pérdida de lo más valioso: la libertad que convierte a la creatividad humana en algo transformador, algo que nos permitiría conocer más y mejor, investigar, resolver, imaginar, entender, alimentar igualdad.

Los lazos

Aquellos que eran nuestros amigos, ¿recuerdan?, se sientan en algún lugar de la oficina, en otro despacho similar o al otro lado de la pantalla en una habitación extremadamente parecida, tan llenos sus tiempos de las mismas tareas. Tienen idéntica estantería barata al lado o enfrente, el mismo ordenador personal, y hacen cosas que nos igualan de manera sorprendente. Publican, crean, presentan y difunden en los mismos sitios y redes que nosotros, miramos sincrónicamente las noticias en las redes que compartimos, aspiran a trabajos tan parecidos que son los mismos. Sin embargo, me parece que lo que les caracteriza no es solo el individualismo inducido por la competencia feroz y la conformación de nuestras vidas frente a las pantallas, sino la aceleración del péndulo que estimula a pasar más rápidamente de la presión ante la expectativa a la resignación que desmoviliza.

Rotos los lazos, cínico el sistema, obligados a competir y siempre ocupados, las redes de apoyo, solidaridad y denuncia de los trabajadores se dificultan o se desarman y caen de las manos. Vestidos de activismo de salón, cortesía, fiesta de departamento o sexo rápido, una enésima forma de individualismo se hace fuerte. Precarizados y faltos de tiempo, no solo los pactos de confianza con quienes mandan sino también los lazos entre iguales tienden a fracturarse, difuminadas las prácticas en una variedad de roles y tareas siempre burocratizadas, siempre objetivables y, sobre todo, siempre competitivas.

Feminización y trabajo cultural

«Ha sido apasionante, lo de ser emprendedora, digo. Lo logré cuando me despidieron por enfermedad y me alié con mi hermana a la que despidieron tras su baja por maternidad», rezaba en un muro de Facebook.

Las bases de la cultura están feminizadas no solo porque estén ocupadas por mujeres (que en su mayoría lo están), sino también porque están expuestas a la vulnerabilidad y la temporalidad, incluso cuando el cuerpo desde el que hablan se dice a sí mismo: soy hombre.

La práctica cultural se feminiza y nutre de un excedente de mujeres formadas en lo que en este lugar del mundo aún llamamos ciencias sociales y humanidades (viejas y nuevas). Un excedente que conforma una bolsa de mujeres creativas desempleadas a las que pronto les salpica la abdicación de los poderes públicos en sus responsabilidades sociales de cuidado y atención social a las personas dependientes.

Y no es trivial que, paralelamente a la tendencia de los poderes públicos a subordinar política a economía, entrelazándose en un marco neoliberal de mayor desigualdad donde todo se compra y se vende y las viejas formas de poder se repiten, las mujeres se vean interpeladas a asumir (como antes, como siempre) los trabajos no siempre considerados empleo. Justamente los cuidados y atención social, como mucho envueltos en leyes de dependencia que feminizan su tarea y se les presentan como única o más viable alternativa laboral.

Pero si acaso miramos las tareas de dirección de los museos, universidades y centros culturales, allí donde estos trabajos comienzan a estar prestigiados, mejor remunerados y a suponer un poder explícito (pongamos a esta idea, por ejemplo, cargos de director o catedrático) la cosa cambia. Entonces a nadie extrañará que (como antes, como siempre) estos trabajos, este poder «como abstracto», sigan siendo para los hombres.

Puede que algún día con gesto fruncido alguien se pregunte: ¿por qué esas mujeres que leen y piensan van precedidas de una expectativa de «renuncia», de vínculos familiares, de un cuerpo y una apariencia que les antecede?, ¿por qué ese científico, ese director de museo, pareciera «no tener cuerpo»? Y recuerdo a Yourcenar cuando sugería que un hombre que lee o piensa, un hombre que manda, ha pertenecido a la especie y no al sexo, un hombre que lee o piensa ha podido aspirar incluso a escaparse de lo humano. No ha pasado así con las mujeres que leen y piensan, cuyo escrutinio orbita siempre sus vínculos, su cuerpo y su imagen, más en una época excedentaria en lo visual. Su consideración en cualquier ámbito público sigue yendo precedida de una imagen sobre la que opinar, un cuerpo sobre el que tomar partido. El pasado no ayuda sino como ejemplo de rechazo, pues la presentación de las mujeres en los ámbitos del saber, la creación y la ciencia ha ido adelantada de su presentación en relación a un hombre (esposa, hija, hermana o amiga), mientras la producción de los hombres parece hecha por seres que no han tenido ni cuerpo ni vida privada.

El entusiasmo

En el capitalismo cultural el entusiasmo alimenta la maquinaria productiva, el plazo de entrega, los procesos de evaluación permanentes, el agotamiento travestido, convirtiéndose en motor para la cultura y la precariedad de tantas y tantos que buscan vivir de la investigación y la creatividad en trabajos culturales o académicos. Esto acontece en un sistema donde a menudo la donación frente al pago hace a la persona creadora dependiente de un sistema de auspicio derivado del poder y la riqueza. Sean ricos benefactores, sean contemporáneos bancos rescatados, siempre me ha parecido que eclipsan en sus dádivas los delitos que toda gran fortuna esconde.

Y creo que en este sistema el entusiasmo anuda una de las dificultades del mundo actual cuando hablamos de sujeto precario y de formas de movilización creativa, apagamiento crítico y conflicto contemporáneos. Me refiero no solo a aquellas potencias derivadas de habitar un mundo conectado, mediado por pantallas y por la posibilidad constante de crear y compartir ideas, sino también al mantenimiento de viejas formas de poder travestidas que vulnerabilizan y neutralizan a las personas. Y lo hacen incentivando la relación competitiva y la hiperactividad con todo tipo de estrategias apoyadas en la motivación y mantenedoras de la ansiedad productiva de quien teme o se resiste (no está claro) a dejar espacios vacíos entre sus prácticas. Espacios que puedan hacer pensativas y quizá hacer saltar la lógica laboral donde se inscriben.

 

Espacio intencionadamente vacío


Este texto está inspirado en el libro El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital, de Remedios Zafra que el 27 de septiembre de 2017 recibió el 45º Premio Ensayo de Anagrama y próximamente será publicado por esta editorial.

El autor de este artículo se reserva todos sus derechos

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  • Maria Rico | 02 Octubre 2017

  • Administrador | 02 Octubre 2017

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