El aprendizaje en la red (2): entre la acción preventiva y educativa

Hablamos de la dependencia que puede generar el uso abusivo de las redes por parte de los adolescentes y los problemas asociados a su vertiente relacional.

Illustración dentro String Figures and How to Make Them, de Caroline Furness Jayne (1906).

Illustración dentro String Figures and How to Make Them, de Caroline Furness Jayne (1906). Fuente: Wikipedia.

Existe una preocupación sobre el uso adolescente del entorno 2.0. Difícilmente se puede dudar de sus oportunidades y ventajas, pero ciertos casos aparecidos en los últimos años han hecho saltar las alarmas sobre la necesidad de un discurso preventivo. En el post anterior contextualizamos el uso adolescente de las redes sociales desde una perspectiva teórica; en el siguiente texto nos centramos en dos cuestiones fundamentales: la dependencia que puede generar el uso abusivo de las redes y los problemas asociados a su vertiente relacional.

Hace diez años, el programa «30 minuts» emitía un documental titulado El misterio del milión de desaparecidos, en el que presentaba el fenómeno japonés de los «Hikikomoris»: adolescentes y jóvenes asiáticos que, debido a su adicción a Internet, se encerraban durante largos periodos en su habitación con el único fin de estar permanentemente conectados. Poco después, algunos medios se preguntaban si esta realidad estaba sucediendo en nuestro país. Hace un par de años nos alarmábamos con la despedida de Amanda Todd (15 años) por YouTube, y a partir de este caso surgió un goteo de adolescentes que han manifestado haber sido víctimas de acoso en la red. Fruto de estos trágicos sucesos, han ido surgiendo una retahíla de noticias y alertas acerca de los riesgos de determinadas prácticas en torno a Internet.

No es pretensión de este texto reflexionar sobre el motivo de estas situaciones de desesperación, ni por qué ciertas lógicas de aislamiento son incapaces de afrontar algunas situaciones. Tampoco pretendemos convertirnos en altavoz de alarmas sobre los peligros de la red, que solo ayudan a saturar nuestras angustias adultas. Deben servirnos para reflexionar y estamos obligados a realizar un análisis crítico. Todo ello pasa por entender que Internet solo ha sido el medio (y no el fin) para que algunas personas hayan tenido problemas en su gestión, en condición o no de «víctimas». Por todo ello, resulta conveniente proponer un conjunto de ideas para la reflexión. Nos centramos básicamente en dos cuestiones:

1. Las nuevas formas de comunicarnos, relacionarnos y presentarnos al mundo que nos propone Internet se han convertido para muchos adolescentes y jóvenes en fuente de felicidad, pero también de problemas. Ciberbullying (acoso escolar, entre amigos, etc.), sexting (envío de mensajes con contenido sexual), grooming (ciberacoso a menores)…, son palabras cada vez más frecuentes en los medios, pero que al mismo tiempo precisan de un acompañamiento y una reflexión en su explicación. Contar con algunas pautas y conocer algunos riesgos puede ayudarnos a gestionar mejor todas estas relaciones.

El acoso, desde un contexto tecnológico, es un fenómeno relativamente nuevo en nuestra sociedad. La expansión del uso civil de Internet durante las dos últimas décadas –consolidándose en esta– ha provocado diferencias importantes en cuanto a las relaciones. En el caso de los adolescentes, ha modificado sustancialmente las formas de relación. A todo ello, la irrupción de los smartphones y la eclosión de las redes sociales han provocado un aumento de las demandas por dificultades relacionales en adolescentes en edad escolar.

Muchas de estas relaciones suelen ser vividas desde la alarma adulta como un problema. Y el ciberacoso ha sido un concepto a menudo recurrente. Cowie (2013) habla de la existencia de «pánico moral» en torno a estas situaciones. Los estudios sobre ciberacoso empiezan a ser frecuentes en el inicio de este siglo. Surgen en el momento en que se conceptualiza esta práctica a partir del concepto clásico de acoso. El primero en hablar de acoso fue Olweus (1989), que lo definió como «una conducta de persecución física y/o psicológica que realiza un/a alumno/a contra otro/a, que elige como víctima de sus repetidos ataques. Esta acción, repetida e intencionada, sitúa a la víctima en una posición de la que difícilmente puede escapar por sus propios medios. La continuidad es este tipo de relaciones provoca en las víctimas efectos claramente negativos: descenso de la autoestima, estados de ansiedad, e incluso estados depresivos, lo que dificulta su integración en el medio escolar y el normal desarrollo de los aprendizajes». En cuanto a la versión tecnológica, Avilés (2009) define que «existe ciberacoso cuando, de forma reiterada, un sujeto recibe de otros, a través de soportes móviles o virtuales, agresiones (amenazas, insultos, ridiculizaciones, extorsiones, robos de contraseñas, suplantaciones de identidad, vacío social…) con mensajes de texto o voz, imágenes fijas o grabadas, etc., con la finalidad de socavar su autoestima y dignidad personal y dañar su estatus social, provocándole victimización psicológica, estrés emocional y rechazo social».

En el Estado español contamos con datos difusos sobre el estado de la cuestión. Los estudios realizados concluyen que reciben ciberacoso sistemático aproximadamente entre el 4% y el 6% del alumnado y que se dan diferencias importantes en cuanto al género: las chicas suelen ser víctimas mientras que los chicos son agresores (Avilés, 2009).

Hikikomori , Hiasuki, 2004.

Hikikomori , Hiasuki, 2004. Fuente: Wikimedia Commons.

2. Por otro lado, existe un debate acerca del concepto de adicción o sobreutilización de la red. Aunque la realidad en nuestro país difiere de muchos ejemplos procedentes del mundo asiático (como el caso de los Hikikomoris), hay que entender que algunas formas de usar la red pueden plantear problemas desde la lógica de dependencia o incapacidad para controlar su uso. Contamos con indicadores y pautas de abordaje que pueden ayudarnos a detectarlo y posteriormente trabajarlo, y es recomendable no caer en reduccionismos. Si en algo coincide la comunidad científica internacional es en la necesidad de entender estas tecnologías como síntoma de un problema de base y no causa del mismo. Es decir, nos enganchamos al móvil o a las relaciones en línea para suplir otras carencias a menudo, nuevamente, vinculadas al yo y a la cuestión social. Muchos estudios proponen que aquellas personas que acaban utilizando las pantallas problemáticamente correlacionan con sintomatología afectiva y ansiosa. Dicho de otro moso, aspectos como estar triste, deprimido, sentirse solo o ponerse muy nervioso ante el contacto social son factores de riesgo que hay que tener presentes.

La adicción a Internet es un tema complejo. Si bien es cierto que existen numerosos ejemplos de uso problemático, faltan validaciones consensuadas hacia qué se considera o no un uso que responda a los criterios de adicción. De hecho, aunque la última revisión del manual diagnóstico DSM-5 recoge aspectos relacionados con su uso problemático, no contempla el fenómeno en su globalidad: no quedan clasificados, por ejemplo, algunos usos relacionados con las redes sociales, entendemos que debido a la rapidez y velocidad tanto de su aparición como de su desarrollo.

El debate se sitúa en si estos problemas se convierten en causa o síntoma de un trastorno de base. En el caso de la primera hipótesis (la adicción a Internet cumple diferentes problemas que lo clasifican como trastorno con entidad propia), lo que implica que Internet se convertiría en elemento causal para la aparición de unos determinados problemas (Young, 1997; Muñoz-Rivas, Fernández y Gámez-Guadix, 2010, Griffiths, 2010). En el segundo caso (existe un trastorno de base que desarrollaría el uso problemático), representaría síntoma de otra psicopatología o un problema de salud mental que le precedería (Carbonell, Fuster, Chamarro y Oberts, 2012).

Estudios recientes (Bernardi, 2010) sitúan este problema con una prevalencia reducida, al mismo tiempo que con difícil estimación en Occidente (Europa y Estados Unidos): entre el 0,3 y el 0,7% en Estados Unidos, aproximadamente. Paralelamente, en estudios realizados en Japón o China, en que la presencia de redes sociales y juegos en línea es mucho más alta que en nuestro país, se cifra en un 5%.

Entre la acción preventiva y educativa

Como educadores, se nos abre un nuevo mundo de intervención que precisa de una reflexión seria y un posicionamiento consensuado. Afortunadamente resurgen palabras tan nuestras como trabajo cooperativo, participación, horizontalidad, etc. En un rumbo distinto al que probablemente estamos acostumbrados a trabajar, con los correspondientes matices por hacer. Avanzaremos a medida que experimentamos y participamos de este entorno. El reto no es tan solo adaptarse a la revolución tecnológica, en cuanto a la adquisición, dinamización y conocimiento de tecnologías de la información y comunicación, sino sobre todo en cuanto a las nuevas categorías que conforman ese marco:

  • Relaciones que se alargan mucho más allá del horario e itinerario profesional, en un contexto de interconexión permanente en una red que incluye diversos agentes;
  • Con información abundante; que se complementa entre el espacio físico y digital;
  • Y que genera conocimiento a partir de la experimentación, participación, producción y creación colectiva.

A diferencia de otros fenómenos que nos ha tocado abordar, no tiene sentido plantear posiciones resistencialistas, que no acríticas. Muy al contrario, es ahora que se necesita una reflexión acerca de la ética en la red, y profundizar en las nuevas realidades con que nos encontramos como profesionales. Estamos obligados a repensarlo todo. Debemos cuestionarnos aspectos básicos: ¿cómo usarlas para mejorar el acompañamiento educativo a niños y jóvenes? ¿En el mundo digital se precisan educadores? ¿Hay que utilizar las mismas herramientas/perfiles como profesionales que como ciudadanos? ¿Cómo enfatizar y propiciar las buenas prácticas, que son muchas? ¿Qué discurso hay que potenciar para evitar usos problemáticos? Y, en cualquier caso, para aquellos que plantean una visión crítica, tomando la parte más reflexiva: ¿cuáles van a ser los efectos de tanta hiperconexión e hipervirtualidad? ¿Cómo ayudar a construir comunidades en la red? La eficiencia y la inmediatez de la red, ¿son contraproducentes a medio y largo plazo? ¿Una sociedad más rápida y con más proximidad pero cada vez con menos contacto físico?

Es necesaria una reflexión seria y de carácter muy global que nos enseñe a convivir con esta nueva realidad asumiendo que es un nuevo fenómeno que ha venido para quedarse y que estamos en plena fase de experimentación. Vayamos con mucho cuidado en generar alarmas innecesarias, que acaban generando un efecto llamada: se habla más de ello, prima la desinformación y hay ciertos discursos que se acaban institucionalizando y configurando como modus operandi de nuestra opinión colectiva.

Avisos para la intervención preventiva

1. Detengámonos a pensar sobre cuál debe ser el sentido del mensaje que acompañe cualquier discurso de fin preventivo.

  • ¿Hay que priorizar que vigilemos con los móviles estableciendo controles a menudo imposibleso trabajar desde la lógica sana de la convivencia y la autonomía? Existen experiencias en centros educativos cuyo fin es integrar el móvil como herramienta pedagógica. Hay que buscar el equilibrio entre el uso pedagógico y el uso «recreativo» o relacional. Experiencias positivas deben servirnos para ayudar a desarrollar usos complejos, positivos y que establecen modelos asociados a buenas prácticas.
  • ¿Debemos empezar a prohibir según qué a qué edades o debemos ayudar a adquirir responsabilizaciones progresivas? En el campo educativo tenemos tendencia a dar respuesta aplicando normativas y regulaciones para el control ante cualquier innovación tecnológica que nos pueda colocar en situación de conflicto y «desigualdad» hacia el educando. Usamos excusas legales para justificar según qué usos, y en nuestro campo estas son poco adecuadas. No es realista pensar que niños y adolescentes deben cumplir las condiciones de acceso a Facebook (14 años) o Whatsapp (16 años). Y más cuando estos muchas veces entran por demanda, deseo o intención de los propios adultos de referencia. Tiene más sentido participar de estos entornos acompañando en su entrada a partir de la observación y detección de pautas no adecuadas del uso que «toca» por edad: mejor, como adulto, conocer y estar presente en Facebook en una clase de segundo de ESO (la gran mayoría del alumnado está ahí independientemente de las normas de acceso) que dar como respuesta que su uso es ilegal. Y punto.
  • ¿Debemos aprender a desconectarnos de noche o debemos enseñar que no es preciso estar las 24 horas pendientes? Uno de los aspectos que habrá que trabajar es ayudar a encontrar momentos de desconexión: enseñar a huir de la hiperconexión, aunque desde una postura adolescente. Es decir, enfocar el mensaje a «no es necesario que respondas a un Whatsapp a las 2 de la noche si estás durmiendo», más que «apaga el móvil cuando duermas». Sin embargo, «si el domingo por la mañana no miras el móvil y te dedicas a otros temas, tampoco pasa nada».

2. La discreción, que no pasotismo, también puede dar resultados. Esto es, atender de forma personalizada y/o colectiva los conflictos huyendo de magnificaciones y generalizaciones inútiles, velar por trabajar cuidadosamente las audiencias que directa o indirectamente participan o se ven afectadas y trabajar en un clima de tranquilidad relativa. Si bien ciertos casos pueden ayudarnos a pensar, no usamos grandes titulares para mimetizar según qué problemáticas. Y si queremos transmitir una información lo más cuidada posible, ponemos en el mismo orden de importancia el sensacionalismo en torno a las 28 millones de relaciones rotas del Whatsapp y la noticia del día después desmintiendo el mismo estudio apelando a una falta de rigor en la fuente y la propia interpretación. Reduciendo estas prácticas a nuestros modos de comprensión, obviamos algunos errores que nos afectan directamente: detrás de graves problemas como el suicidio de la adolescente canadiense Amanda Todd y otros acosos en nuestro país, han faltado profesionales referentes detrás y procesos básicos de detección, acompañamiento e intervención de situaciones problema.

Es muy probable que tenga más sentido trabajar en los institutos para una mayor y mejor convivencia que realizar charlas de tipo tecnológico o priorizar visitas de la policía para alertar de los problemas. Dicho de otro modo, si hay riesgos es porque también hay beneficios. No nos podemos quedar solo con la amenaza y hay que potenciar las oportunidades. Tiene mejor pronóstico trabajar cómo construir un buen perfil de Facebook o Instagram y las ventajas de una buena identidad digital que los riesgos de las fotos de perfil y ciertas imágenes expuestas en cualquiera de las redes sociales.

En otra dimensión, desde la perspectiva familiar hay muchas dudas sobre cómo «tratar» la cuestión tecnológica en casa. Son demandas comunes las que preguntan cuál es la mejor edad para tener un smartphone, entrar en Facebook o jugar en red. Y, como en cualquiera de los demás temas que afectan a la relación educativa en el ámbito familiar, serán claves el sentido común, la prudencia y/o moderación y la capacidad afectiva, de observación y de comunicación. En definitiva, del «no te conectes en la habitación» al «ven a conectarte en el comedor y así nos vemos», del «estás enganchado al Whatsapp» al «¿qué tal si un día hablamos? ¿Y aparte me escribes algo bonito?», del «cuando estudies cierra Facebook» al «tú sabes mejor que nadie lo que te distrae y lo que no», del «no te compro el móvil» al «regalártelo implica aceptar unos pactos», del «no te dejes controlar» a «quiérete y conoce qué te hace daño y qué no», etc.

Fuente: Stefan Klauke

Fuente: Stefan Klauke.

3. Nos encontramos con casos en que nos movemos en un terreno no exento de problemas desde la perspectiva legal. Conocer qué limitaciones y huecos existen nos puede ayudar en nuestra práctica profesional: con relación a los contenidos ilegales, lo que podamos considerar apropiado o no por cuestiones de edad, el tipo de contactos establecidos o bien por lo que respecta a los delitos y problemas legales existentes.

4. Estamos obligados a ajustar nuestra mirada (adulta) a estas nuevas formas de relación, comunicación y convivencia adolescente. También habrá que educar en línea, estar ahí y convertirse en referentes en la red. No se trata de deshumanizar el contacto clásico, ni pasarnos totalmente a la escena digital, sino de complementar nuestro trabajo como educadores en sus propios espacios de relación. Espacios que, como decíamos, no se convierten en paralelos, sino que son totalmente fusionados y complementarios. Dicho de otro modo, somos nosotros, los adultos, quienes nos encallamos en la eterna separación del llamado mundo digital del mal denominado mundo real.

Breve propuesta de ideas para el trabajo preventivo

Una buena propuesta de acción preventiva debería trabajar desde diferentes ejes, en torno a varios temas. Os proponemos un esquema:

1. ¿Cómo construir identidad en la red? ¿Qué implica estar ahí y participar?

  • La reputación y/o el rastro digital: buenas y malas prácticas.
  • La privacidad e intimidad como elementos troncales que se replantean.
  • El desarrollo de usos complejos: la participación, en la creación de contenidos.

2. ¿Cómo trabajar la cuestión relacional, teniendo en cuenta que adultos, adolescentes y jóvenes convivimos? ¿Cómo ayudar a crear comunidad?

  • Enfoque desde una perspectiva de convivencia y ciudadanía, que no tecnológica.
  • Trabajo de experiencias positivas y exposición de problemas conocidos.

3. ¿Hay pautas que ayudan a hacer usos más seguros?

  • Propuestas de control que pueden ayudar en la seguridad: geolocalización, sobre las contraseñas, etc.

4. ¿Cómo detectar e intervenir frente a una posible dependencia?

  • Trabajo y detección de los factores de riesgo que pueden ayudar a detectar conductas vinculadas a la adicción: soledad, dificultades de relación, excesiva timidez, inversión social (diferencia significativa entre la actividad en la red y en el mundo «físico»), problemas asociados (descenso del rendimiento académico o de las actividades de tiempo libre en favor de la conexión), etc.
  • Pautas de funcionamiento a establecer ante un uso dependiente y problemático: control de los dispositivos, normas y límites, tipos de conductas alternativas, controles progresivos.

5. ¿Cómo presentar un discurso crítico en torno a nuestra privacidad, el control de nuestros datos y el efecto sobre nuestros derechos de la mayoría de empresas vinculadas a las rede sociales?

  • Análisis de los elementos que determinan qué gestión de nuestros datos y derechos realizan las empresas vinculadas al mundo tecnológico puede ayudarnos a desarrollar capacidad crítica.
  • Trabajo sobre los contratos de aceptación en las aplicaciones.
  • La gratuidad en el entorno 2.0: concepto e implicaciones.

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