Curadurías digitales o la explosión prescriptora

Con unos fondos digitales cada vez más grandes, las instituciones culturales buscan nuevas formas de organizar y preservar los contenidos digitales.

La experta en identificación de plumas Roxie Laybourne, rodeada de coloridas aves

La experta en identificación de plumas Roxie Laybourne, rodeada de coloridas aves | Smithsonian Institution, National Museum of Natural History, Division of Birds. Fotografía de Chip Clark

Las galerías, las bibliotecas, los archivos y los museos han sido las instituciones que tradicionalmente han preservado los contenidos y han hecho posible acceder a ellos, aunque la forma de hacerlo haya ido cambiando a lo largo de los años. En los albores de Internet, los miembros de GLAM vieron en la web la oportunidad de comunicar a bajo coste la agenda de actividades, de guardar la memoria y de poner las grabaciones a disposición del público, lo que puso fin a los límites físicos y temporales de la institución. Ya ha pasado más de una década e Internet se ha convertido en una selva infoxicada donde todos luchamos por la atención del usuario. En el contexto actual, las instituciones se están transformando para promover la consulta de contenidos, pasando de la búsqueda a la invitación proactiva y convirtiendo la web en una sala más del museo.

Los diez libros que debes leer, las mejores conferencias para entender el cambio climático, siete películas para un día de lluvia, las canciones más escuchadas durante este mes… La red está llena de listas. Son el síntoma de un mundo superpoblado de contenidos. Si bien la puerta de entrada a Internet continúa siendo un buscador (cada vez menos neutro), las grandes plataformas de contenidos se estructuran a partir de selecciones. La competición constante por nuestra atención y nuestro tiempo libre ha acentuado la necesidad de los diferentes actores de la red de hacernos llegar el contenido. El proactivo navegar de los inicios se ha convertido en la contemplación pasiva de un gran escaparate. Y es que Internet se ha vuelto tan vasto que parece que necesitamos que alguien escoja por nosotros. Pero ¿quién?

Una de las grandes tareas de las instituciones culturales en los últimos años ha sido la digitalización del fondo. La creación de estos grandes archivos ha ido acompañada de interfaces de búsqueda que permiten a los usuarios consultar los contenidos. Al abrir las instituciones en línea, un público menos experto y menos familiarizado con el fondo ha comenzado a hacer uso de estas herramientas; es un perfil que no utiliza el archivo como un fondo de investigación, sino que lo entiende como una fuente de conocimiento y aprendizaje, un espacio de educación permanente, a menudo vinculado al tiempo de ocio. Y aquí es donde los buscadores presentan un punto débil: ¿cómo encontramos lo que no sabemos que buscamos?

Una cuestión fundamental para entender cómo se han diseñado los fondos digitales de las instituciones es preguntarse por sus referentes. Cuando los centros culturales llegan a Internet, al menos desde el punto de vista teórico, se impregnan con fuerza del optimismo de la cibercultura temprana. De esta forma, adquieren valor conceptos como horizontalidad, datos abiertos, participación, inteligencia colectiva, no-autoría o Do It Yourself. Por el contrario, jerarquía o prescripción toman connotaciones negativas. Así pues, las arquitecturas de navegación se diseñan con la voluntad de ser herramientas neutras que permitan la personalización y la libre navegación a los usuarios.

Tal como señala Mike Pepi, «no podemos buscar datos en el museo de la forma en que los buscamos en la base de datos», pero los edificios digitales que se han construido siguen una lógica de base de datos. Toda clase de instituciones, al entrar en el mundo digital, se han convertido en archivos. De esta manera, han digitalizado y clasificado los contenidos, pero no los discursos y los relatos que les proporcionaban sentido. Tal vez toca, pues, trazar el mismo camino que ha recorrido la museología: pasar de un espacio anónimo, neutro y abarrotado de obras a un discurso curatorial según el cual cada objeto es seleccionado y colocado con una intención. Es necesario volver a dar valor a la preservación de contenidos, y para hacerlo hace falta encontrar la manera de digitalizar los relatos que los atraviesan, teniendo en cuenta que la naturaleza de Internet es dispersa y fragmentada.

Mal de archivo | Soy Cámara online | CCCB
Mal de archivo | Soy Cámara online | CCCB

Esto no significa impedir que el usuario encuentre su propio camino, pero la prescripción de un experto puede resultar una buena guía. Ahora bien, es importante saber quién y por qué prescribe. Un amigo que nos descubre un nuevo grupo de música, una plataforma de contenidos que nos sugiere contenido similar que ha gustado a otros usuarios o una librera que nos recomienda una obra del género literario que le hemos pedido: cada prescripción puede tener significado en diferentes contextos, pero si no es transparente en las fuentes y en los criterios, ni mantiene cierta coherencia, pierde valor. De hecho, en nuestro día a día tenemos acceso a distintos expertos y personas que nos aconsejan, y es que es importante no equiparar prescripción a una única voz. De la misma manera que los centros culturales han incorporado una diversidad de miradas, también la curaduría de sus contenidos digitales ha de ser diversa: tanto en cuanto al quién como en cuanto al qué y al cómo. Las combinaciones de voces, temas y formatos son inmensas y no solo reflejan mejor la complejidad del mundo, sino que también permiten llegar a públicos con diferentes sensibilidades y preferencias.

Cuando hablamos de variedad de prescriptores no nos referimos únicamente a diversos perfiles que puedan hacer una lectura propia del archivo. También tenemos en mente otras opciones, como la curaduría social, que nos permite establecer relaciones de manera colectiva, valorando y etiquetando contenidos, o creando y compartiendo listas personales. O, incluso, utilizar la inteligencia artificial para leer y vincular materiales de modos que quizá no imaginamos, como hizo la Tate con el proyecto Recognition, que buscaba en el conjunto de su vasto fondo obras similares a imágenes aparecidas en las noticias.

El espacio digital posibilita múltiples arquitecturas simultáneas, en las cuales un mismo contenido puede formar parte de infinitas colecciones diferentes. Por eso puede ser un buen lugar para explorar aproximaciones «no imaginadas» a los fondos de archivos. Se abre, entonces, la oportunidad de releer materiales y enlazarlos de formas nuevas que no se producían en los espacios presenciales. El único límite es el fondo del que disponemos. Ya hace tiempo que a las clasificaciones más obvias y clásicas se han añadido otras más creativas. Una buena muestra de esto sería el catálogo de películas de Filmin, donde encontramos más de 500 agrupaciones que van mucho más allá de los géneros cinematográficos clásicos.

El formato también tiene que ser una variable con la que jugar. Además de elaborar agrupaciones de contenidos, es posible hacer nuevas creaciones que partan del material disponible para resignificarlo y presentarlo al público de maneras diferentes. Un ejemplo de esta resignificación sería Cachitos de hierro y cromo, un programa musical que remezcla fragmentos del archivo histórico de TVE y que utiliza la ironía para llegar a un público más joven.

¡Carpe Diem, sofá y Cachitos! | Cachitos Nochevieja | La 2
¡Carpe Diem, sofá y Cachitos! | Cachitos Nochevieja | La 2

Y es que también hay que tener en cuenta a quién nos dirigimos. El discurso lo puede pensar la institución, pero debe tener presente al usuario al que se dirige, al cual guía entre su inmenso fondo. Por eso hay que encontrar un equilibrio entre la propia identidad y los intereses del usuario, entre la prescripción y la personalización. Por ello, las guías y las recomendaciones no pueden eliminar formas de búsqueda más libres y neutras. La duda es cómo se puede establecer un diálogo con el usuario para ofrecerle una atención más personalizada, tal como haríamos al consultar a un bibliotecario. Una opción pueden ser las recomendaciones personalizadas de TED, en las que el feedback del usuario va afinando las propuestas de una inteligencia artificial. La otra, más próxima al contacto humano, es la creación de comunidades virtuales alrededor del fondo, como sucede en el caso de Medialab Prado.

Llegados a este punto, nos preguntamos sobre los límites de la curaduría. ¿Hay que establecer el fondo propio como un perímetro o es posible ir más allá e incorporar contenidos externos? Proyectos como Europeanna o Google Arts & Culture demuestran las enormes posibilidades de integrar en un mismo archivo obras de diversa procedencia. Pero también las propias instituciones pueden utilizar materiales de otras procedencias, tal como hacen Walker Reader o ICA Daily, para tejer discursos más ricos y completos.

Más allá de su fondo, lo que otorga valor a una institución y configura la identidad es su capacidad de crear discursos. Esta idea nos lleva a pensar en un modelo en el cual, más que los contenidos, sean los relatos los que se sitúen en el centro. Cuando estos relatos no son simplemente una técnica para rescatar un fondo de archivo y aumentar las visitas, sino que son el motivo que guía toda la actividad, la fuente de los recursos que utilizamos para crearlos deja de ser tan significativa. De esta forma, incorporar materiales de terceros pasa de ser un inconveniente a convertirse en una virtud.

Las instituciones culturales conviven en la red con otras plataformas de contenidos (música, vídeos, series, libros, podcasts, etc.) que afrontan retos semejantes, y con las que comparten usuarios. Deben plantearse, con los recursos de que disponen, cómo pueden nadar en este ecosistema salvaje y fragmentado. Preguntarse por su propia esencia puede ser un buen punto de partida para redescubrir aquello que las hace singulares y fundamentales.

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