Jeanette Winterson: «Creo en el ser humano, a pesar de que ha hecho cosas terribles»

Con motivo de su último libro, conversamos con la escritora inglesa sobre algunos de los retos más importantes de la actualidad: la crisis climática, el brexit o el auge de la extrema derecha.

A finales de siglo XX, Jeanette Winterson se abrió paso en el mundo literario británico con libros como Fruta prohibida, Escrito en el cuerpo o La pasión, que se convertirían en títulos de culto y la coronarían como una autora de cabecera para la comunidad queer. En el siglo XXI, el ritmo y la calidad no han aminorado: The Guardian escogió ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? como uno de los cincuenta mejores libros del presente siglo y Frankissstein, su último trabajo, es un cóctel explosivo en el que la inteligencia artificial, el transfeminismo, el/los monstruo/s de Mary Shelley y la distopía post-Brexit convergen en una novela de ciencia ficción audaz y romántica. A raíz de la publicación de este libro, Jeanette Winterson visitó el CCCB dentro del ciclo de debates Las palabras que no tenemos todavía, paralelo a la exposición «¡Feminismos!»

Cuando piensas en Frankenstein, ¿en qué piensas? Yo pienso en una cinta de VHS donde estaba grabada la película de 1931 con interrupciones publicitarias. En un estuche negro decorado con un recorte del periódico con la programación televisiva. Abducido por aquella imagen de Boris Karloff magullado y con tornillos en el cuello, antes de ver Frankenstein, la soñé. Porque pensar en Frankenstein es pensar en un murmullo que nace en el salón de tus padres cuando tú ya estás en la cama acostado, que recorre el pasillo y permite intuir rayos y gritos a través de una puerta entreabierta. ¿Y si alguien envistiese aquella puerta con un mazo? «Frankenstein es una historia que estaba esperando a ser leída por nuestra generación –me dice ella–. Mary Shelley la escribió pensando en nosotros: los primeros seres humanos que tendrán que compartir el planeta con formas de vida no biológica. Frankenstein ya no es ciencia ficción: es el aquí y ahora. La única diferencia entre esta historia y nuestro presente, no obstante, es que hemos sustituido la profanación de tumbas por la programación de códigos en un sistema binario de ceros y unos.»

Ella es Jeanette Winterson (Mánchester, 1959), y retratar a la autora de Frankissstein empleando tan solo los cuarenta minutos que compartimos sería injusto. Se me antoja necesario ahondar, desenterrar, recoser: Jeanette Winterson es ella entrando en la sala de prensa del CCCB y plantándose sonriente, sin un riguroso photocall ni indicaciones previas, delante de los periodistas para que le hiciesen tantas fotos como quisieran; Jeanette Winterson es ella respondiendo en directo a las preguntas de Xavier Graset con un pin de Libertad presas (sí, presas) políticas; Jeanette Winterson es ella irrumpiendo con Bel Olid en el hall de conferencias levantando los brazos y apretando los puños, triunfal. La veo, y vuelve a mí aquella frase de su autobiografía, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?: «Para una mujer de clase trabajadora que aspira a ser escritora, aspirar a ser una buena escritora y creer que eras lo bastante buena no era arrogancia, era política.» La leo, y anoto una pregunta que le haré días después: ¿Qué le dirías a una chica de clase trabajadora que quiere ser escritora?

«Tienes que escribir. No hay alternativa: solo siéntate y hazlo. Y lo haces, y sigues haciéndolo. Lo de escribir es cuestión de práctica, y una de las cosas buenas que nos ha dado internet es que puedes encontrar muchas plataformas para que tu voz sea escuchada; ya no es necesario seguir las rutas tradicionales hacia la publicación en tal o cual diario o revista. Ahora existen muchas formas de encontrar un espacio donde escribir, y te digo una cosa: internet está lleno de gente ridícula que se llama a sí misma influencer, que no influye nada, totalmente idiotas. Por tanto, si tienes algo que decir, simplemente dilo –responde Winterson–. Y no pierdas el tiempo haciendo el idiota.» Este es mi segundo exabrupto favorito de la autora. El primero lo soltó en la rueda de prensa: «Odio Airbnb. Lo odio. Que se joda y se muera. La economía colaborativa es una mierda. Es bien sencillo: ¿verdad que te gusta esa librería de tu barrio? Pues compra los libros allí, no los compres en Amazon.» Escucho, y anoto una pregunta que le haré después: Como autora de La pasión, ¿qué opinas de la turistificación de Venecia?

«¿Sabes que cuando escribí La pasión aún no había visitado Venecia? –reconoce en relación a un libro espléndido en el que, en 1987, convirtió la ciudad del norte de Italia en un personaje más–. Venecia es una ciudad imaginada: da lo mismo que hayas estado o no. Desde la publicación de La pasión, he ido muchas veces, y es un lugar al que aprecio, pero no creo que vuelva. ¿Que qué pienso de la turistificación? El mundo entero ha enloquecido, porque todos quieren ir a todas partes para ver cosas que no son reales. En Barcelona ha pasado lo mismo: un lugar que era auténtico acaba convirtiéndose en Disneylandia. Muchas veces es mejor leer un libro sobre una ciudad que visitar un lugar que aparenta ser lo que no es», sentencia. ¿Cuál es el último viaje que nos propone la escritora británica? Hace escala en Génova: «Quería imaginar la etapa genovesa de Mary Shelley, los años que le inspiraron a escribir su obra maestra, y articularla en el momento presente –explica Winterson sobre su última novela–. Lord Byron, por ejemplo, reaparece en Frankissstein como un fabricante de robots sexuales.»

«A la hora de resucitar a Mary Shelley, y teniendo en cuenta su obsesión por las nuevas formas de vida, decidí convertirla en un personaje trans: dos cuerpos, dos vidas, un cuerpo autogenerado –añade–. Era una oportunidad para crear un personaje trans que fuese positivo, de la misma manera que con Fruta prohibida creé uno homosexual. Eso fue en 1985; entonces era difícil encontrar protagonistas homosexuales que no fuesen un guirigay de clichés. Como ahora tampoco es habitual encontrar buenos personajes trans dentro de la ficción moderna, me dije: ya es hora de empezar a incluirlos. Tenemos que hacer de lo trans una nueva normalidad.» Sobre cómo hacerlo desde la estrecha cosmovisión cisgénero, más tarde evocaremos Orlando: «Virginia Woolf era una mujer hetero y escribió esta novela maravillosa, emocionante, divertidísima, protagonizada por el primer personaje trans de la ficción. En el mismo año, 1928, la autora homosexual Radclyffe Hall publicaba El pozo de la soledad, un libro repugnante sobre una mujer que ama a otra mujer. Es de esos libros que hacen que te entren ganas de suicidarte.»

Jeanette Winterson. Conversación con Bel Olid | CCCB
Jeanette Winterson. Conversación con Bel Olid | CCCB

No queremos saber nada de libros con los que nos podrían entrar ganas de suicidarnos. Dinos uno, el último, que te haya hecho llorar: «H de halcón, de Helen Macdonald. Es un libro precioso que gira en torno a temas como la aflicción, la vida, la muerte y, claro está, el adiestramiento de aves rapaces. La poesía, y leo poesía todos los días, siempre me hace llorar, me llega directa al corazón. Descubrir a T. S. Eliot con dieciséis años me hizo comprender que el lenguaje es mucho más que simple información o simples datos. El lenguaje funciona al mismo nivel que la música: nos genera una respuesta emocional instantánea. Me niego a pensar que los seres humanos lo inventásemos solo para transmitir información. Creo que inventamos el lenguaje para poder hablar de cosas complejas y dolorosas; para poder hablar del mundo tal como es.» O de cómo evolucionará: «Los humanos serán la clase alta en decadencia. –augura Frankissstein–. Y tendremos bonitos atuendos y muchas historias. Seremos la aristocracia evanescente. Seremos Blanche Dubois luciendo un vestido de seda apolillado. Seremos María Antonieta sin pasteles.» (Traducción de Laura Martín de Dios de Frankissstein, publicado por Lumen.)

«En realidad, soy optimista por naturaleza –se contradice Winterson–. Creo en el ser humano, a pesar de que ha hecho cosas terribles; siempre nos libramos en el último minuto. Y probablemente lo volveremos a hacer. Sin embargo, cuando observo la Historia, me doy cuenta de que a todo invento nuestro se le acaba dando el peor uso. ¿Qué haremos con la inteligencia artificial, por ejemplo? –se pregunta Winterson acerca de uno de los ejes centrales de Frankissstein–. ¿Utilizaremos esta IA para hacer el bien o, por el contrario, generaremos un nuevo problema?» Cuando piensas en Frankenstein, ¿en qué piensas? Porque volvemos a Frankenstein: «En el libro de Mary Shelley encontramos muchas lecciones sobre qué significa crear una nueva forma de vida sin hacerte responsable. A Víctor Frankenstein su monstruo se le va de las manos, se vuelve malicioso, salvaje; un asesino. Y lo hace por una razón: porque siente que lo han abandonado, que se le niega el amor, que se encuentra aislado del resto de la sociedad… ¡Ni siquiera le dan un nombre! ¡¿Qué forma de tratar a una pobre criatura es esa?! ¿Cómo pueden negarle una educación?»

«La educación era muy importante para Mary Shelley –concluye Winterson–. En su época, las mujeres no recibían formación. Ella no recibió ninguna; leía a todas horas, pero nunca fue a la escuela porque se suponía que las mujeres no iban a la escuela. En la novela, la decisión narrativa de exponer al monstruo a la falta de educación es una alegoría de lo que pasa cuando haces de la ignorancia una imposición. O peor todavía: cuando la educación se concibe como algo que siempre ha de resultar utilitario. Aquello que, como individuo, te convierta en una persona útil en la vida. Como queriendo decir: escoge una carrera de ciencias o una ingeniería, ponte a trabajar, produce y, sobre todo, no pienses. La visión que Mary Shelley tenía de la educación, no obstante, era mucho más elástica: creía que necesitábamos cultivar mentes que fuesen tanto capaces como críticas. Es esto mismo lo que le falta al monstruo de su libro. A mí también me gustaría un mundo en el que la gente tuviese derecho a una educación en el sentido más amplio y esencial de la palabra. Frankenstein no deja de ser una advertencia de lo que pasa cuando dejas la educación en manos de la derecha.»

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