Ciencia ciudadana: conocimiento al poder

La ciencia ciudadana, regresa a las esencias de la ciencia amateur del siglo XIX pero incorpora iniciativas de innovación social y de innovación abierta.

Clase de química, Parklands High School (Australia).

Clase de química, Parklands High School (Australia). Fuente: Tasmanian Archive and Heritage Office.

En medio de la revolución digital, las universidades están dejando de ser feudos exclusivos del conocimiento y del aprendizaje. Pero, entonces, ¿dónde queda ubicada la ciencia esencialista movida por la pura curiosidad? ¿Qué pueden decir y cómo pueden responder las actuales estructuras y dinámicas de la investigación científica? ¿Es posible concebir una investigación más horizontal? ¿Tiene sentido planteárselo? La ciencia ciudadana, encargando la investigación a la participación ciudadana, responde a todas estas preguntas.

El amateurismo y la curiosidad fueron el motor principal de la ciencia hasta bien entrado el siglo XIX. La astronomía y la botánica son fantásticos ejemplos de ello, en que la contribución desinteresada e inexperta de miles de personas posibilitó descubrir nuevas estrellas o nuevas especies. Durante el siglo XX, la ciencia se fue profesionalizando y tecnificando a una velocidad trepidante. Crecieron el número de disciplinas y especialidades para conseguir un conocimiento concreto y preciso.

Igualmente, creció la necesidad de divulgar y transferir los resultados de una investigación para que, según dicen, la pueda entender el ciudadano no experto o simplemente aquel que está fuera de su ámbito disciplinar. Al respecto, se observa una pérdida de vocaciones científicas en toda Europa. La Unión Europa pone de manifiesto su preocupación en el informe Rocard cuando pide otra forma de enseñar las ciencias, las ingenierías y las matemáticas sobre la base de la Inquiry Based Science Education (educación a través de preguntas). Y, mientras tanto, los museos de ciencia que velan por un patrimonio sobre todo propio de las ciencias naturales han ido dejando lugar a los centros de ciencia. Se propone en ellos una interactividad que ciertamente nos aproxima a los fenómenos estudiados por la ciencia, pero lo hace con botones y artefactos que activan una vez tras otra el mismo proceso dentro de un cubículo inmaculado.

Hacia una ciencia más «democrática»

No deja de ser curioso que, en un mundo hiperconectado enfervorizado por compartir y difundir, se mantenga una visión de la ciencia tan sólida. La democratización del conocimiento, tal y como es defendida por la cultura digital, ¿puede impregnar la investigación y el método científico?

Algunas instituciones culturales que se presentan como espacios de investigación y conocimiento responden afirmativamente a esta pregunta. De forma entusiasta y sin complejos, cada uno con sus peculiaridades, Ars Electronica y su Futurelab en Linz, FutureEverything de Manchester liderado por el profesor universitario Drew Hemmer, Waag Society de Ámsterdam, Science Gallery del Trinity College Dublin, Medialab Prado y su laboratorio ciudadano de Madrid o el propio CCCB son algunos ejemplos de trabajo con la ciencia de mayor espontaneidad y frescura. Son espacios con una libertad y flexibilidad que la universidad parece difícil que encuentre.

Ciencia ciudadana para y con la sociedad

Desde los espacios reglados, como las universidades y los centros de investigación, dar un paso como el de los anteriores centros es complicado. Sin embargo, con una efervescencia creciente, en los últimos cinco años, está surgiendo la llamada ciencia ciudadana, que aspira a estrechar la relación con y para la sociedad. La etiqueta tiene múltiples definiciones, pero el proyecto europeo Socientize liderado desde la Universidad de Zaragoza propone:

La ciencia ciudadana se refiere a la participación del público en general en las actividades de investigación científica, donde ciudadanos contribuyen activamente a la ciencia, ya sea con su esfuerzo intelectual, con conocimiento o con sus herramientas y recursos. Los participantes proporcionan datos y dispositivos experimentales a los investigadores, plantean nuevas preguntas y co-crean una nueva cultura científica. Los voluntarios adquieren nuevos conocimientos, nuevas habilidades, una comprensión más profunda […]. Como resultado de este escenario abierto, en red y transdisciplinar, las interacciones ciencia-sociedad-política […] conducen a una investigación más democrática basada en una toma de decisiones que se sustenta en la información.

El nombre de ciencia ciudadana parece ser que se utilizó por primera vez en el Cornell’s Laboratory of Ornithology hacia los años ochenta. Se refería al creciente y desbordante número de naturalistas que observaban y recogían datos de población de las más diversas especies. Este origen nos remite directamente al amateurismo del siglo XIX pero ahora reforzado por un activismo conservacionista de la biodiversidad de nuestro planeta.

Sin embargo, el verdadero boom de la ciencia ciudadana ocurre bien entrado el siglo XXI. Se inicia con el éxito de participación de Seti@home que, empezado en 1999, utiliza los ordenadores de aquellos voluntarios que se conecten a la plataforma para encontrar trazas de inteligencia artificial extraterrestre. El proyecto motivó la creación de una plataforma de computación voluntaria por parte de la University California Berkeley comparable a cualquier supercomputador (en marzo de 2013 tenía una capacidad de 9,2 petaFLOPS, ocho veces superior al actual MareNostrum del Barcelona Super Computing Center). La plataforma BOINC, creada en 2002, actualmente nutre unos ochenta proyectos científicos. La computación voluntaria, gracias a Internet, ha resultado ser la punta de lanza para multiplicar la participación ciudadana, pasando de los cientos o pocos miles de voluntarios en los proyectos naturalistas a los cientos de miles de voluntarios de la era digital.

BOINC está empezando a recoger sus frutos más valiosos. Los resultados se están publicando en las mejores revistas científicas. Einstein@home, iniciado en 2005, utiliza los ordenadores de 250.000 voluntarios para buscar señales de púlsares a los datos de los detectores de ondas gravitacionales LIGO y GEO600. En marzo de 2009, el ordenador de Helen Colvin de Iowa detecta una señal de púlsar desconocida y tres días después es corroborada por el ordenador del Music Informatics Department de la Universidad de Mainz. El hallazgo se acaba publicando en Science el 12 de agosto de 2010.

Fabricación colectiva de un contador de abejas para una colmena. Taller abejas urbanas 2.0.

Fabricación colectiva de un contador de abejas para una colmena. Taller abejas urbanas 2.0. Fuente: Open Systems.

Más allá de la computación voluntaria

Los éxitos obligan a la comunidad científica a reflexionar. La infraestructura y la metodología asociada tienen poco que ver con las maneras de hacer ciencia actuales. Tanto en la ciencia ciudadana como en la computación voluntaria, ante todo hay que motivar a los voluntarios y hacerlos partícipes del conjunto del proceso de investigación. Las estrategias clásicas unidireccionales de comunicación de la ciencia hacia la sociedad no funcionan. La investigación científica queda contaminada desde el primer momento por la comunicación científica e, inversamente, si no se logra transmitir el latido de la investigación científica, el proyecto será un fracaso de participación. La sociedad valida así todos y cada uno de los pasos de la investigación, la hace más transparente al no experto y el voluntario combina su contribución a la investigación con un proceso de aprendizaje constante.

En cualquier caso, hay alternativas a la participación pasiva y no consciente de la computación voluntaria. El proyecto Foldit, por ejemplo, busca encontrar los plegamientos de proteínas correctos y va un paso más allá y evoluciona a partir de los comentarios de los participantes. Estos afirmaron que su ojo era capaz de encontrar las estructuras moleculares correctas más rápido que la máquina y sus procesos iterativos. En 2008 Foldit se transforma en un juego en línea con 240.000 jugadores que acumulan puntos y superan niveles. Los voluntarios compiten y colaboran en una iniciativa que replantea de arriba abajo la ingeniería de las enzimas gracias a técnicas de gamificación. El 22 de enero de 2012 se publica un artículo en Nature Biotechnology con un nuevo enzima terapéutico generado por una inteligencia colectiva. Los jugadores están ahora buscando inhibidores de proteínas más potentes para bloquear la pandemia de la gripe H1N1 o el H1V (sida). Otro caso similar es Galaxy Zoo, que, iniciado en 2007, clasifica las galaxias del banco de imágenes del telescopio Hubble. El proyecto acumula más de veinte publicaciones científicas y tiene un archivo de más de un millón y medio de galaxias catalogadas.

Barcelona, en el mapamundi de la ciencia ciudadana

En Barcelona ya existen varias iniciativas, aunque queda mucho camino por recorrer. Coordinados por OpenSystems de la Universidad de Barcelona, nos hemos reunido cinco equipos de investigación y ocho proyectos de diferentes instituciones para compartir recursos y experiencias. La plataforma Barcelona Lab, impulsada por la Dirección de Creatividad e Innovación del Ayuntamiento de Barcelona, nos ha permitido crecer. El Ayuntamiento ha recibido una ayuda de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología para la primera Oficina de Ciencia de Ciudadana del Estado regida por un ayuntamiento. El grupo de ciencia ciudadana del Barcelona Laboratorio también acaba de recibir una ayuda RecerCaixa para dos años con el fin de explorar la fértil convivencia entre investigación y educación dentro de la ciencia ciudadana. Los primeros resultados científicamente relevantes en áreas como la movilidad humana y en cooperación en humanos están al caer e imaginan la ciudad como espacio para la experimentación colectiva. Se quiere optimizar y compartir los recursos en la práctica de la ciencia ciudadana, los nuevos métodos científicos asociados, la política de datos abiertos que se exige. Y además se propone un espacio común para una intermediación fluida con el ciudadano. Los objetivos coinciden plenamente con la conclusión de un artículo publicado en Science: «Next Steps for Citizen Science».

Regreso al futuro, la ciencia como pasión compartida

La ciencia ciudadana, en gran medida, regresa a las esencias de la ciencia amateur del siglo XIX pero mezclada con los estilos contemporáneos de la cultura digital. Las iniciativas de ciencia ciudadana más radicales remiten a iniciativas de innovación social y de innovación abierta que incluyen a makers, hackers, artistas y todas aquellas subculturas del mundo digital.

Safecast, por ejemplo, es una red de sensores de radiactividad que trabajan sobre Arduino y nace con el objetivo de entregar a la comunidad aquella información sobre los niveles de radiactividad de Japón después del terremoto de 2011 cuando el gobierno no informaba de ello. El proyecto surge de una necesidad ciudadana que converge radicalmente en intereses y pericias múltiples. Una ciencia ciudadana en estado puro que otorga el poder del conocimiento a la ciudadanía, sin ninguna mediación.

David Anderson, fundador de BOINC, admite que: «Existe la idea de que, con estas prácticas, [los científicos] han cedido el control y que su importancia disminuiría». Muy lejos de ello, el Citizen Cyberscience Centre de Ginebra anima y forma a los científicos para poder vivir la ciencia como una pasión compartida capaz de cambiar el mundo si es necesario. Los equipos investigadores serán heterodoxos y la gestión cultural se hibridará con la gestión de proyectos de investigación. Los centros de investigación se confundirán con los espacios culturales y los considerarán infraestructura científica tan poderosa como el propio CERN. ¿Te atreves? ¿Quieres participar?

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  • Steve | 27 abril 2014

  • Equip CCCB LAB | 28 abril 2014

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