Afrofuturismo, ciencia ficción e identidad africana

El afrofuturismo es una corriente artística y cultural que reivindica una nueva identidad a través de la ciencia ficción y la fantasía histórica.

El grupo de funk Parliament, 1976

El grupo de funk Parliament, 1976. CC BY-SA. Wikimedia Commons.

La visión occidental sobre África y la diáspora africana está plagada de tópicos que incluyen pobreza, segregación, guerra o, más recientemente, terrorismo. Rompiendo con los estereotipos, el afrofuturismo es una corriente artística y cultural que desde hace décadas reivindica una nueva identidad a través de la ciencia ficción y la fantasía histórica. En el marco de la exposición «Making África» en el CCCB, que aporta un enfoque creativo del continente, analizamos un género que recupera las raíces precoloniales para proyectarlas en futuros posibles.

Pirámides voladoras y faraones extraterrestres conviven en armonía en el afrofuturismo, una tendencia estética que cuestiona los estereotipos, positivos o negativos, asociados a la identidad africana. Usando elementos de ciencia ficción, cosmologías no occidentales y tecnología, este género se basa en el pasado para criticar el presente e imaginar futuros alternativos, todo ello desde una perspectiva cultural afrocéntrica.

Aunque el término se usó por primera vez en 1994 en el artículo «Black To The Future» de Mark Dery, sus manifestaciones se pueden rastrear a lo largo de la cultura del siglo XX, especialmente en Estados Unidos. Una manifestación primitiva del género se encuentra en los relatos de W.E.B. Du Bois, panafricanista y activista de los derechos civiles estadounidense. En uno de sus primeros textos de ficción, La princesa de acero (1908), un sociólogo afroamericano inventa una máquina para ver a través del tiempo y el espacio, con la que descubre a una princesa africana hecha de acero a la que secuestran y separan de su madre; una metáfora sobre la colonización y explotación de África.

Vinculado al desarrollo de la ciencia ficción en general, el afrofuturismo literario se desarrolló de manera más amplia después de la Segunda Guerra Mundial y especialmente en los sesenta y setenta, con autores como Jewelle Gomez, Octavia Butler y Samuel Delany. La popularidad del género se incrementó, sin embargo, cuando encontró espacio en otra expresión cultural de masas: la música popular estadounidense.

El pionero indiscutible del afrofuturismo en el campo musical es Sun Ra, artista de jazz que, desde la década de los sesenta, envolvió a su personaje artístico de elementos del antiguo Egipto y la ciencia ficción. El músico afirmaba haber viajado a Saturno de niño, donde unos seres le pidieron que dejase de ir a la escuela (sic), y la práctica totalidad de su repertorio incluye referencias a viajes espaciales y mitología precolonial. Entre las personalidades del jazz que también adoptaron aspectos del afrofuturismo se incluyen John Coltrane, Miles Davis y Alice Coltrane.

La iconografía excéntrica de Sun Ra tuvo continuidad con el pionero del funk George Clinton, que en los años setenta consideraba su música el «hogar de los hermanos extraterrestres», hacía aterrizar ovnis de cartón piedra en sus conciertos y recreaba una era espacial en la que los afroamericanos son los protagonistas. A partir de los ochenta, y con la expansión del hip hop y más tarde la música electrónica, grupos como Afrika Bambaataa, Public Enemy, Deltron 3030 y disc jockeys como DJ Spooky continuaron con este legado. Desde la década de los 2000 y hasta la actualidad, multitud de músicos han adoptado elementos afrofuturistas, destacando los casos de Janelle Monáe y Erykah Badu, de la que se hablará más adelante.

Muhsinah – Yiy (Vídeo musical). By Phetogo Tshepo Mahasha.

Alienígenas en un mundo inhumano

La identificación del afrofuturismo con el arquetipo del extraterrestre ha sido vista por algunos ensayistas como una metáfora sobre la diáspora africana, siendo el comercio de esclavos un símil trágico de la abducción de personas a otros planetas. En palabras del escritor Kodwo Eshun, la trata de esclavos «significa que todos hemos estado viviendo en una nación alienígena desde el siglo XVIII». Para este autor británico-ghanés, ese desarraigo forzoso habría obligado a millones de personas a experimentar la pérdida de referentes claros y sólidos típica de la postmodernidad, solo que trescientos años antes de que se acuñase el concepto.

La profesora de estudios culturales Marlo David coincide con esa pérdida de la condición moderna en el afrofuturismo. Según esta autora estadounidense, este refleja el fracaso del proyecto humanista blanco occidental, puesto que el comercio de esclavos, la colonización y el racismo convirtieron esa utopía y sus valores en algo inasumible para la población africana. En ese contexto, la ciencia ficción aporta nuevas subjetividades posibles como las del extraterrestre o el androide, que pueden ser al mismo tiempo corpóreas e incorpóreas, humanas y posthumanas.

Del «orgullo negro» a una identidad fluida

El afrofuturismo se mueve en un terreno, el de la identidad africana, que ha evolucionado durante décadas, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX. Un buen ejemplo es el significado cambiante del término «negro». Usado de manera despectiva en las metrópolis coloniales para designar a toda persona no blanca, su uso con connotaciones positivas empezó a reivindicarse en todo el mundo a partir de los años sesenta, con la lucha por los derechos civiles y los procesos de desconolonización. Ser negro dejó de ser un insulto para convertirse en un orgullo. A finales de los ochenta, sin embargo, académicos como Stuart Hall pusieron en cuestión el adjetivo porque implicaba asignar a las personas una identidad esencial solo sobre la base del color de su piel, algo que no tiene ningún fundamento biológico.

El afrofuturismo es, sin lugar a dudas, reflejo de esa evolución identitaria, ya que en términos de D. English y A. Kim, «imagina una subjetividad negra menos limitada en el futuro y produce una crítica profunda de los órdenes social, racial y económico actuales». Coincide en el análisis Marlo David, considerando que «en un universo posthumano gobernado por ceros y unos, el cuerpo deja de importar, fracturando y finalmente disolviendo las ataduras de la subjetividad racializada». Aportando otro ángulo sobre el tema, Ytasha Womack destaca que una función del afrofuturismo es desmontar «la raza como tecnología», es decir, la construcción del mito de las diferencias biológicas entre humanos como herramienta al servicio del colonialismo europeo y la esclavitud estadounidense.

Erykah Badu, en el Umbria Jazz, 2012.

Erykah Badu, en el Umbria Jazz, 2012. CC BY-SA SunOfErat. Wikipedia.

Erykah Badu: «Analog girl in a digital world»

Buen ejemplo de todo lo expuesto es el caso de la artista de neo-soul Erykah Badu, una de los referentes del afrofuturismo actual. El neo-soul es un género musical que, como su nombre indica, recupera el legado del soul estadounidense de los años sesenta y setenta y, en cierto modo, también su contexto cultural: la lucha por los derechos civiles y la idealización de la vida comunitaria afroamericana. Badu, sin embargo, combina esa recuperación con un cuestionamiento y reinvención continuos de la identidad.

Ambos aspectos quedan patentes en sus dos últimos discos, New Amerykah Part One (2008) y New Amerykah Part Two (2010). El primero, repleto de crítica social, hace referencia a las problemáticas de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos actuales, enmarcándose en el sueño de un humanismo negro. El segundo, aunque centrado temáticamente en las relaciones personales, explora la faceta íntima e identitaria en lugar de la social, y juega con la iconografía de una Erykah Badu robótica habitando un mundo onírico y fantástico. Los dos discos unidos constituyen un díptico sonoro que ejemplifica a la perfección esa convivencia flexible entre pasado y futuro característica del afrofuturismo, que, en lugar de ofrecer la esperanza de un mañana mejor, crea una identidad sin tiempo ni espacios definidos, y da protagonismo a los que no lo tuvieron.

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