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África desde Occidente: una mirada sesgada

África sufre un sesgo sistémico: está subrepresentada a nivel de contenido, de participación y de perspectiva.

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Pixabay. CC0 Dominio público.

La exposición «Making Africa» invita a reflexionar acerca de lo poco que conocemos el continente africano y cómo lo observamos históricamente desde un prisma occidental o eurocéntrico, utilizando nuestras categorías y nuestros códigos. ¿Qué sabemos de África? ¿Quién nos habla de ella? ¿Cómo y por qué lo hace? ¿Por qué no sabemos más cosas? ¿Cómo la miramos?

Cuestionemos el mapa

Un mapa es una representación simbólica que destaca relaciones entre elementos dentro de una superficie o un espacio. Durante muchos años el mapa africano fue descrito y diseñado bajo la influencia del colonialismo europeo u occidental. Esto provocó un sesgo histórico en la forma de ver el continente, en la manera de conocer una realidad que nos ha sido presentada como muy lejana: Europa como punto de referencia que señala y define otros códigos, otras categorías, otras realidades. África como el otro, como cuota de alteridad. Como todo lo que nosotros no somos: como aquello que nos ayuda a definirnos.

Los humanos usamos divisiones contradictorias, geográficas o conceptuales, según nos convenga. Utilizamos el concepto Europa para definir el continente humanista por excelencia, posicionándonos en el centro del conocimiento, con las consecuencias que ello tiene en nuestro mapa mental respecto al resto del mundo. Por otra parte, a menudo usamos el término América cuando queremos decir Estados Unidos, y creamos el subconjunto Latinoamérica, países árabes, África negra o Países Catalanes para hablar de una serie de países o territorios con una lengua o cultura compartidas. Pero, en cambio, no usamos conceptos como «países cristianos». ¿Por qué? Otro ejemplo curioso es el uso de la palabra Mediterráneo, que ha pasado de utilizarse como centro a usarse como frontera. Considerar el Mediterráneo como cuna de civilizaciones, como un todo que une tres continentes, a emplearlo conceptualmente para definir una orilla, la de los países del sur de Europa, que se comparan con los países nórdicos, o incluso como una frontera que nos separa de otro mundo, que no es el nuestro.

Incluso empleamos conceptos asimétricos como Global North y Global South, donde casualmente Australia forma parte del norte global y China, del sur. Estos conceptos, junto con otros como países en vías de desarrollo, países emergentes o tercer mundo, solo ayudan a jerarquizar otras realidades, situándolas en otra categoría, otro nivel, otro plano, donde se hace más difícil la interacción de iguales. Son formas más o menos afortunadas de evitar decir la palabra inferior.

Dicho esto, ¿cómo y cuándo usamos el concepto África? ¿Puede considerarse África como un todo? ¿Es conveniente utilizar África como una unidad cultural, geográfica o económica? Si un sintagma es un conjunto de palabras que mantienen una relación de sentido en el momento de su pronunciación o escritura, como conjunto, África no actúa como tal. Ni como una división homogénea ni como una unidad de conocimiento. Los diversos grupos humanos habitantes presentan diferencias culturales, lingüísticas y económicas evidentes. Uno de los puntos que sí comparten buena parte de los países africanos es su herencia colonialista, como herederos o víctimas de un mismo pasado. África es un sistema dividido en elementos que se relacionan entre sí. Para analizarlo, pues, hay que estudiar estas relaciones y cómo afectan la globalidad, que adquiere un significado más allá de la suma de las partes.

Así pues, repensemos el mapa. Vamos a cuestionarlo. Si todas las palabras importantes son polisémicas, pensemos qué sentido se quiere dar cuando usamos o usan el término África.

Repensemos la historia

Como dice la activista feminista nigeriana Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, la época moderna se caracterizó por un número de procesos históricos que incluyen la colonización europea de África, Asia y América Latina. Este proceso evocó el desarrollo del capitalismo y la industrialización, así como la creación de estados nación, el aumento de las disparidades regionales en el sistema mundial y la estratificación de la población mundial según su raza y su género, lo que provocó una hegemonía cultural euroamericana a nivel mundial.

Ha sido Occidente quien ha definido y explicado la historia de África, su relato, y con ello ha provocado un sesgo obvio en nuestra percepción sobre el continente, que se ha centrado en la visión histórica de un continente necesitado, más que en las colaboraciones africanas a la historia de la humanidad. Queda claro que África sufre un sesgo sistémico: está subrepresentada a nivel de contenido, de participación y de perspectiva. Partimos, pues, de un apriorismo incorrecto. Tenemos que incrementar, entonces, el número de voces que hablan de y desde África, así como su contextualización dentro del discurso global. Y hay que hacerlo evitando caer en un reconocimiento de cuota, sin una aproximación paternalista, sino buscando un interlocutor válido, con una aceptación sincera del otro. Es por eso que hace tiempo que se está reclamando un proceso de descolonización del conocimiento. En 1984 el escritor nigeriano Chinua Achebe lo reclamó en una entrevista, con una frase que se incluye en la exposición: «Mientras los leones no tengan a sus propios historiadores, los relatos de caza siempre glorificarán a los cazadores».

Pero Occidente tiene unos sistemas de gestión social y del conocimiento muy definidos, y la academia solo acepta la existencia de otros grupos cuando estos se adaptan a su forma de hacer. Por desgracia, a menudo entendemos la multiculturalidad o integración como colectivos que se adaptan a nuestro canon.

Así pues, ¿cómo podemos hacer que las instituciones africanas puedan contribuir al canon global sin ser asimiladas? ¿El propio concepto de canon es aún vigente? ¿Las universidades africanas deben poder hablar de contenidos locales, pero no son válidas para hablar de ciencia? ¿Daríamos el mismo valor a una publicación científica publicada en Harvard que en la Universidad de Nairobi? ¿Cómo nos relacionamos con otras formas de conocimiento, algunas incluso sin tradición escrita? ¿Cuáles son los puntos reales que favorecen el intercambio epistemológico? Quedan, pues, muchas cuestiones por resolver.

En la Wikipedia hay cien veces más artículos georreferenciados sobre Francia que sobre toda África. Y solo un 25% de los contenidos sobre el África subsahariana se editan desde allí.

En la Wikipedia hay cien veces más artículos georreferenciados sobre Francia que sobre toda África. Y solo un 25% de los contenidos sobre el África subsahariana se editan desde allí.

La doble mirada

En esta línea, Oyěwùmí hace unas reflexiones muy interesantes sobre el análisis de género desde una perspectiva africana, eliminando algunos conceptos preestablecidos por el pensamiento occidental. Por ejemplo, cuestiona la propia dicotomía hombre-mujer, relacionándola con el rol central de la familia nuclear como espacio aislado dentro de la sociedad europea, donde la identidad y el rol de la mujer están predefinidos históricamente y donde la mujer lucha por la liberación. Oyěwùmí nos aporta esa necesaria doble mirada, cuando nos cuenta que nuestra realidad no es la única posible, y tampoco lo son nuestras categorías, y pone como ejemplo los diversos sistemas de organización social y familiar de varias comunidades africanas, en el que el rol histórico de las mujeres no tiene nada que ver con la realidad occidental.

Otro ejemplo, no africano pero que nos sirve para conocer el mundo islámico, es Sirin Adlbi Sibai, investigadora arabista hispanosiria que estudia los feminismos islámicos y hace de ellos una revisión, proponiendo la construcción y el desarrollo de un pensamiento islámico descolonial. Sirin Adlbi Sibai nos cuenta otra forma de ver el Islam y en particular a las mujeres, partiendo de la tesis de que el pensamiento islámico contemporáneo también ha sido influido por las formas clásicas de poder, importadas de la modernidad occidental. También denuncia la dificultad del diálogo intercultural, cuando desde Occidente asumimos las mismas categorías como universales para intentar entender otra cultura, otro sistema de valores.

En un momento de crisis identitaria, Europa necesita a África más que nunca. Estamos en un momento de reafirmación y cuestionamiento de nosotros mismos, pero estamos reforzando los códigos propios negando el resto, construyendo muros y fronteras que delimiten nuestra identidad, intentando convertir a Europa en el espacio seguro y el resto, por definición, en un espacio no seguro. Esta percepción de la propia fragilidad ha dado pie a los populismos que están en las puertas ‒o dentro‒ de varios parlamentos, con discursos identitarios en que se niega y se criminaliza al otro por ser diferente.

Podemos combatir este discurso del miedo conociendo mejor al otro. Tal y como explica Carlos Bajo en un interesante artículo en este mismo blog, Internet y las redes sociales están haciendo que miles de nuevas voces africanas reclamen su espacio de atención. Han surgido cientos de colectivos que inciden en acciones políticas y sociales para desmantelar el actual statu quo de los diversos estados africanos. Después de siglos de silenciarlos, lo menos que podemos hacer es prestar atención. Todos podemos ampliar la diversidad del número de voces que digerimos diariamente en nuestros timelines, y buscar esa necesaria doble mirada. África como espejo que nos interpela, nos define y nos cuestiona.

Bibliografía

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